jueves 17 de noviembre de 2011

Razones para mandar todo (y a todos) a tomar por culo (II)

LO IMPORTANTE ES TENER SALUD

Qué gran verdad es esta, ¿no? En el fondo lo único importante es tener salud porque con salud lo puedes hacer todo. Mi salud ha sido siempre estupenda, oigan. No he tenido cirugías mayores (salvo la que corrigió mi estrabismo a los cinco años), nunca me he roto un hueso y no he pasado más que el sarampión y la varicela. Mis análisis de sangre muestran a alguien más sano que una manzana. Mis pruebas salen siempre limpias y no tengo síntomas de nada. Claro que lo de no tener síntomas no sabía yo que también podía ser síntoma de padecer una enfermedad asintomática…

Desde el inicio de la veintena hasta hace poco más de año y medio he mantenido un arduo peregrinaje de especialista en especialista explicándoles una serie de situaciones y dolencias que no podían más tarde verificar con ninguna prueba. Estoy segura de que muchos me creyeron una simple hipocondríaca gastando dinero del erario público.

Pero no. Después de más de once años mis crecientes dolores óseos, musculares y cefálicos, mis intermitentes depresiones, mi ansiedad, mis desórdenes gastrointestinales, síndromes variados y demás afecciones tenían por fin un diagnóstico: fibromialgia. Una enfermedad canalla que aparece bien por factores genéticos, bien por factores ambientales (como producto de grandes tensiones emocionales) o bien como una combinación de ambas. Mi abuela la padece y creo que de tensiones emocionales ando bien servida a estas alturas así que está muy claro de dónde me sale (es curioso cómo todo lo malo que tengo a nivel físico —fibromialgia, antecedentes de cáncer, problemas en la visión y otras tantas afecciones— me vengan única y exclusivamente por mi familia materna. Y porque a la paterna no la conozco, que si no…).

Sin embargo, aunque a pie de calle se sigue sabiendo algo más que antes sobre la fibromialgia, se la continúa considerando una enfermedad de débiles mentales. O incluso personas que ya conocen a alguien que la padece llegan a creer erróneamente que todos los enfermos son iguales.

A mí se me ha llegado a acusar de pensarme a mí misma como enferma, es decir, como si me gustara estarlo. A los veinte años era una persona perfectamente capaz de tener dos trabajos, intentar estudiar, dirigir un programa de radio semanal, hacer voluntariado, salir de copas dos o tres días a la semana y el resto no llegar a casa antes de medianoche y eso sin contar con que limpiaba la casa, hacía coladas, planchaba y doblaba mi ropa y hacía la compra. Con el tiempo y siempre lenta y progresivamente —pero sin pausa— toda esa actividad fue disminuyendo a ojos vista. Yo sabía que no era normal, ni siquiera aludiendo a esa socorrida frase de “ya no tengo veinte años”. Pero nadie me hacía caso, me tomaban por débil y pasaban a otra cosa. Y, mientras, yo continuaba empeorando.

Cuando llevas años sin poder descansar, cuando llevas años en los que la cama se ha convertido en tu peor pesadilla porque da igual cómo te pongas que no conseguirás estar cómoda, cuando suena el despertador y hace apenas un par de horas que te has dormido del mero agotamiento de dar vueltas y te levantas peor de lo que te acostaste tal vez puedas ir a trabajar pensando que a la noche podrás descansar. Pero esa noche tampoco podrás hacerlo. Ni a la siguiente. Ni a la otra. Y al cabo de un tiempo hay mañanas en las que no puedes ni levantarte de la cama. Es más, es que ya eres incapaz de verle un sentido. Y tu vida se vuelve una espiral de dolor agravada además por el hecho de que nadie te apoya ni te cree (pese a saber de tu enfermedad) y que la mayoría sólo es capaz de acusarte de debilidad y de que es que te resulta más fácil actuar así que echarle valor.

Para joder más, el único tratamiento que existe es meramente paliativo. Así que cada día tengo que ingerir entre diez y quince pastillas (antiepilépticos, antidepresivos, ansiolíticos, analgésicos de tipo medio… amén de un protector de estómago, claro) con lo cual no sólo las dolencias y afecciones no remiten del todo sino que además tengo que vivir la vida como un puto zombie.

ASI QUE, HIJOS DE LA GRAN PUTA, ¿DE VERDAD CREEIS QUE ME GUSTA TODO ESTO? ¿DE VERDAD CREEIS QUE ES UN GUSTAZO ESTAR ASÍ Y NO SER CAPAZ DE LLEVAR LA VIDA QUE LLEVABA ANTES? ¿DE VERDAD PENSÁIS QUE ES UNA BICOCA VERTE CON POCO MÁS DE TREINTA AÑOS Y SIN FUERZAS? MAL RAYO OS PARTA Y OS MANDE LO MISMO A VOSOTROS PARA QUE VEÁIS LO DIVERTIDO QUE ES.


EL TRABAJO ES SALUD

El trabajo es básico para todo: organizar tu rutina, llenar tu cuenta corriente e incluso, con suerte, sentirte realizada como persona. Para mí los empleos que he tenido hasta ahora han cumplido sólo las dos primeras funciones ya que el trabajo que cumple la tercera, hoy por hoy, no me da de comer (y no me refiero a escribir sino al trabajo editorial que ya estoy haciendo).

Durante toda mi vida laboral he ido encadenando como he podido decenas de trabajos temporales. Y todavía, a día de hoy, tengo que soportar que las propias entrevistadoras de las ETT me pregunten que a qué se debe tanto cambio. Que a ninguna les haya hecho una cara nueva es muestra de la gran paciencia y autocontrol que poseo.

He trabajado en lo que he podido y en todos esos empleos he tratado de aprender algo confiando en que al final, ese continuo aprendizaje me sirviera para que en alguno de esos trabajos decidieran pedirme que me quedara un ratito más.

Yo, persona sin títulos, pero con experiencia me quejo de que ahora no me cogen en ningún sitio. Otros, personas con títulos y con o sin experiencia se quejan de lo mismo. ¿Dónde está el problema aparte de en la recurrente crisis? Hace unos años existía la misma precariedad laboral y se cebaba en los mismos que ahora, la gente joven, pero a nadie le preocupaba. Yo presentía que tarde o temprano toda esa burbuja (inmobiliaria, económica, laboral) que propiciaba que las empresas se gastasen un dineral en sub-sub-subcontratar a una persona para que llevase a cabo tareas de lo más peregrinas (y que deberían haber sido obligaciones de una plantilla fija que solía rascarse la barriga) nos terminaría explotando en la cara. Pero en aquel momento nadie salía a la calle a manifestarse. Es más, aunque muchos también andábamos “indignados” ya por aquel entonces, parecía de mal gusto protestar en medio de semejante estado de bienestar.

Y ahora quienes arreamos con las consecuencias somos los mismos de siempre. Yo no tengo trabajo y no consigo uno pese a que me apunto hasta en ofertas de sexadora de pollos, por tanto no tengo dinero y sin dinero no puedo pagar el alquiler ni comprar comida. Como no puedo pagar el alquiler ni comprar comida estoy muy débil físicamente y es posible que me echen del piso. Y como no tengo ni familia ni amigos a quiénes recurrir, me convertiré en una sin techo. Pero, por supuesto, para muchos la culpa será sólo mía porque me quejo por nada. Ojalá, os lo deseo fervientemente y con todo mi corazón, algún día os pase la misma “nada” que a mí y tengáis que pasar por lo mismo que yo estoy pasando. Y que para entonces, yo esté en vuestra posición presta a pisaros la cabeza como ahora lo estáis vosotros conmigo. No deseo nada más, de verdad.


MONEY, MONEY, MONEY… MONEY MAKES THE WORLD GO ROUND

Ya hablé de esto al principio. No tengo dinero. Nunca lo he tenido. Mi infancia se rigió por la máxima del “No se puede”. Nunca se podía. Y cuando, por algún milagro o alineación de planetas, recibías algo siempre te hacían sentir culpable, dejándote muy claro que en absoluto lo merecías.

Después, cuando ya estaba por mi cuenta, nunca he tenido un trabajo lo suficientemente estable ni un sueldo lo suficientemente generoso como para ahorrar. Si una vez descontados los gastos del alquiler, las facturas y la comida me quedaban cien o ciento cincuenta euros, ¿qué iba a hacer? ¿Ir de casa al trabajo y del trabajo a casa sin un momento de respiro día tras día, mes tras mes para ahorrar un par de miles? Sí, claro que podría haberlo hecho y estar a día de hoy igual de jodida pero mucho más frustrada porque el par de miles tampoco hubieran durado mucho. Curiosamente todas las personas que han criticado mi incapacidad para ahorrar son las que nunca han tenido problemas de dinero, tienen trabajos estables, sueldos abultados y todavía pretenden que sus padres les paguen gastos extra como la visita al dentista o el cambio de carburador del coche.

Pero el problema estriba en que ahora, sin dinero, he perdido mi condición de ser humano. Ahora, para muchos, tan sólo soy un despojo que no merece ni la pena ni una puta mirada. Por el contrario, si mañana me tocasen los EuroMillones y mi cuenta de repente pasara a tener diez dígitos (o siquiera cinco) volvería a ser, milagrosamente, una persona de nuevo.

Así que, a quien me juzga por lo que tengo en lugar de por lo que soy, que le den mucho por el culo. Pero que mucho. Y que la vida le acabe dando lo que tanto asco le da.


CONTINUARÁ...

2 comentarios:

Yuleida dijo...

Hola ...sabes mi hermana padece esa horrible enfermedad, creo que entiendo un poco cómo pudiras "estar". Me encantó tu escrito. Y si estas haciendolo bien!

susana guzner dijo...

Querida Libertad, se me ha encogido el corazón al leerte. Lo jorobado es la impotencia de la lejanía y no poder echarte una mano en algo, por mínimo que sea.
Doy por sentado que tienes muchas amistades que te confortan y ayudan. Podría decirte que muchas personas de peores han salido, pero cuando se está en el baile hasta da grima oír consejos.
Si crees que algo puedo hacer desde mi país escríbeme a direct@susanaguzner.com o me dejas mensaje en mi Face.
No te des por vencida ni sientas lástima de ti: tienes un par de ovarios como dos melones!!!
Te mando un abrazo enorme, enorme.