jueves 17 de noviembre de 2011

Razones para mandar todo (y a todos) a tomar por culo (I)

Desde que en 2008 estalló la crisis mi vida ha ido dando tumbos mucho más de lo habitual. Y eso que a mí lo de la crisis nunca me ha impresionado demasiado. Yo miraba (y miro) a mi alrededor y sigo viendo lo mismo de siempre: gente y más gente que continúa gastando dinero en cosas superfluas. Puede que menos que antes pero se sigue haciendo. Lo que la gran mayoría de gente está viviendo como crisis es exactamente la misma situación que yo he estado viviendo toda mi puta vida. Por tanto, la crisis que yo estoy viviendo sí que es de terror.

Por otro lado yo he sido de esas idealistas que llevaba mucho tiempo hablando de crisis pero no de una económica sino de una crisis moral, emocional, cultural, de ideas… Todo va en el mismo saco pero es que el dinero siempre hace más pupa. Aunque luego digan que no es lo más importante. Que hay cosas que lo son más. Pues bien, si yo ahora tuviera dinero (y ya no hablemos de cantidades millonarias sino de un miserable sueldo de mileurista a final de mes) me la sudaría todo. No viviría con el estado de nervios con el que (mal)vivo. Y a todas las personas que, intencionadamente o no, me están haciendo polvo las podrían dar mucho por el culo.

Pero no tengo dinero y sí mucha frustración, mucha rabia y mucho sentimiento negativo. Harta de poner la otra mejilla, de aquello de “a mal tiempo buena cara”, de mirar siempre hacia adelante y no dejarme llevar por la tristeza ha llegado el momento de decir basta y cagarme en la puta madre que parió a todos. No sólo he llegado al límite sino que lo he sobrepasado hace ya tres o cuatro pueblos. No puedo más. Estoy harta de callarme todo, de ser políticamente correcta, de lamerme las heridas en un rincón para luego volver a la calle y que me vuelvan a reventar la cara a hostias. Ya no más. No pienso volver a ser el saco de arena de nadie ni volver a callarme nada para no herir los sentimientos de quien continuamente hiere los míos. No pienso dejarme juzgar tan duramente por quien no podría soportar la dureza de su propio juicio. A tomar por culo todo. Tratando de ser una persona coherente, buena y justa todo el mundo me ha dado de lado así que, ¿qué puede importar convertirme en la hija de puta que muchos están convencidos que soy?

Esto va dedicado a todos los que se han preguntado qué coño me pasaba, no con preocupación sino con asombro (porque se supone que no tengo motivos para ser infeliz). A todos los que me odian (y que seguro van a encontrar muchos más motivos para hacerlo). A todos los que han sido incapaces de utilizar la empatía y comprenderme (pero a los que yo he tenido que comprender en todo momento y situación). A todos aquellos vampiros emocionales que se lo van a pasar pipa viéndome sangrar (menudo festín, ¿eh?) y también al resto que, a juzgar por la parrilla televisiva, lo único que les interesa es la carnaza y el barrillo, los detalles obscenos y las miserias personales. Hace mucho que dejé de tener pudor y ya todo me importa una mierda. Aquí todo el mundo se queja. Llevo años escuchando las quejas de los demás. Por qué parece ser que a mí no se me permite y, para colmo, se me critica que lo haga es algo que todavía no comprendo. Pero ya me da igual, quien no quiera escuchar quejas, que no lo haga. Pero que luego no me pida a mí que sea quien escuche porque lo único que haré será mandarle a la mierda.


FAMILIA NO HAY MÁS QUE UNA

¡Y menos mal! Porque lo que es yo no creo que hubiera podido soportar tener varias como la mía. Y menos mal también que son pocos, que si no hace tiempo que hubiera cometido parricidio.

Mi familia se compone de, por seguir el orden lógico que todos conocéis (aunque a mí me resulte ajeno):

- Un padre que pasó de mí nada más nacer pero al que quince años después le picó la curiosidad y me buscó para conocerme. Tras verle no más de media docena de veces y comprobar que era el desequilibrado dipsómano cabrón que siempre me dijeron que era, le mandé a la mierda. Ya tenía bastantes problemas que manejar por aquel entonces como para añadirle a la lista.

- Una madre que me abandonó no una sino varias veces y que sobrevivió, siempre por este orden, a los ochenta, la heroína y un cáncer de pecho pero que sucumbió a un segundo cáncer por creerse inmortal y pasar olímpicamente de hacerse revisiones. Tensa y desquiciante son palabras que se quedan cortas para definir nuestra relación. Fue como la típica tía loca que tienen todas las familias y que aparece y desaparece sin previo aviso, con la salvedad de que no era mi tía sino mi madre. Siempre fue la oveja negra de la familia y se la criticó hasta la saciedad. Pero, chico, fue morir y subir a los altares con una rapidez pasmosa. Claro que ya había una sustituta, una ovejita a rayas negras y rosas que les venía de perlas para proyectar todas sus frustraciones: YO. Y todo porque yo, harta de chantajes emocionales, mierdas ajenas y humillaciones de todos los colores durante más de treinta años, me negué a verla antes de morir. Hecho del que ni me arrepentí en su momento ni creo que me arrepienta nunca.

- Unos abuelos maternos que voluntariamente se hicieron cargo de mí al ver el panorama creado por los sujetos anteriormente mencionados pero que se pasaron las siguientes tres décadas recordándome constantemente cuánto habían hecho por mí y la gran cantidad de sacrificios realizados por el bien de un estorbo como yo. Malos tratos físicos y psicológicos que, al no ser constantes (me refiero a los físicos porque los psicológicos nunca decayeron ni un ápice), no parecían tan graves. Cuando tenía dieciséis años, una media de sobresaliente y no pisaba la calle ni por asomo me dijeron que me largara de casa porque, según me argumentaron, iba a acabar con ellos. A partir de ese momento me lo decían cada quince días. Y todavía se extrañaron de que acabara haciéndoles caso. Su máxima era que, ya que me habían criado, tenían derecho a decirme todo lo que quisieran, aunque yo no tuviera culpa de nada.

- Unos tíos (él, hermano de mi madre; ella, su mujer y parte de esta puta familia desde que tenía quince años; ella, claro, no yo): Hasta mi adolescencia adoptaron el papel de guays fingiendo ser mi soporte (claro, ellos eran jóvenes, fumaban porros, hablaban de sexo sin tapujos…) pero se les cayeron las máscaras el día que vieron confirmada (porque, me digan lo que me digan, ya lo sabían puesto que mi tía había leído mi inédita y bisexual primera novela) mi condición de desviada. Su reacción sólo puede calificarse de infantil e histérica, muy poco acorde con la madurez de la que ellos se jactaban. A partir de entonces se alinearon con el enemigo, aleccionándome cada vez que tenían oportunidad. Cuando comencé a publicar se dio una curiosa circunstancia: presumían y se jactaban de su sobrina escritora pero, aduciendo falta de tiempo y costumbre, no leían ninguno de mis libros. Curiosamente mi tío ha tenido el santo cuajo de explayarse durante media hora hablándome de lo mucho que le había gustado El código Da Vinci. Y mi tía finalmente tuvo que hacer el esfuerzo de leerse uno casi por vergüenza, al ver que una amiga suya tenía más interés por leerme que ella misma.

-Dos primos, hijos de los anteriores. Por edad el mayor ha ejercido funciones de hermano (dos años menor que yo) y el pequeño ha ejercido funciones de sobrino (dieciocho años menor que yo). El mayor, parece ser que no contento con haberme sacado a patadas del armario hace quince años porque a él se le puso en la punta de la polla, llegó un día en que que decidió que mantener contacto conmigo no le era necesario y por no tener ni siquiera tenía mi número de teléfono en la agenda del móvil. Pero como él lleva una vida normativa, con novia, hipoteca, trabajo de mierda y dos coches pues no se le puede criticar. El pequeño, influido por el otro, llegó un momento en que se permitió el lujo de darme lecciones de moral con doce años. Condicionado por la gran sarta de gilipolleces sobre mí que debe escuchar en su casa, me faltó el respeto de formas tan variadas que, presa del estupor, casi fui incapaz de creer aquello. Para colmo me tacharon de infantil por quejarme, aduciendo que él era “sólo un niño”. Cuando yo era “sólo una niña” por mucho menos que eso me cruzaban la cara con efecto.

Ya está. No hay más familia. Y los dos primeros ni siquiera engrosan el equipo actualmente. Hace cerca de dos años, exhausta de chantajes morales y emocionales y de faltas de respeto, cesé el contacto con ellos. Tardaron más de tres meses en darse cuenta. Y sólo para redoblar sus esfuerzos contra mí.

Hace unos meses volví a ponerme en contacto con ellos. ¿Resultado? Para mis abuelos estoy literalmente muerta y a mis tíos se la trae floja si duermo en un banco, una esquina o debajo de un puente. Los mismos que pontificaban sobre las segundas (y terceras y cuartas) oportunidades, los mismos que me obligaron a dárselas a mi madre o a ellos mismos, a la hora de la verdad, no predicaban con el ejemplo. ¿Pero es que acaso podía esperar algo distinto de ellos?


QUIEN TIENE UN AMIGO, TIENE UN TESORO

Una payasa (porque no tiene otro nombre) escribió una vez, pensando que yo no lo leería, que “trataba mejor a los amigos que a mi propia familia”. Bueno, teniendo en cuenta la clase de familia que tengo, creo que es más que comprensible que haya hecho grandes esfuerzos por buscarme una horizontal y elegida formada por amigos. Durante un tiempo el apaño pareció funcionar y conseguí engañarme a mí misma lo suficiente como para pensar que, al menos, había creado mi pequeña familia supletoria. Claro que esto sucedía cuando yo era una respetable persona con trabajo y que, aún con dificultades para llegar a fin de mes, tenía dinero en mi cuenta corriente. Cuando los problemas me acuciaban puntualmente y no estaban sobre la mesa todo el tiempo. Cuando la gente se plantaba en mi casa sin avisar o venía a pasar el fin de semana o el puente o las vacaciones y yo era una excelente anfitriona, guía de Madrid o colega para salir de copas. Entonces molaba tenerme como amiga. Ya no tanto cuando alguna novia hija de puta me dejaba sin explicaciones (literalmente sin explicaciones) y el resto del grupo, aún dándome la razón a mí, pasaba de mi culo pero no del de ella. Ya no tanto cuando no tenía dinero o fuerzas para estar de marcha hasta el amanecer y más allá y ya no era tan apetecible llamarme. Y, sin duda, ya no tanto cuando me cansaba de escuchar necedades sobre mi persona y, tras haber pedido en reiteradas ocasiones que depusiera su actitud, mandaba a paseo a quién ya había puesto a prueba mi paciencia demasiadas veces.

Decidí estar un tiempo sin llamar a nadie (el mismo tiempo que estuve sin llamar a mi familia, apenas tres meses) y en ese tiempo me quedó claro que mientras yo llamase y llevase las riendas de una amistad que, a tenor de lo visto, sólo existía por mi parte, todo estaba bien. El paroxismo llegó cuando murió mi madre. Haya sido o no una hija de puta conmigo, fue un momento que me descolocó y lo mínimo que puedo esperar por parte de aquellos que se llaman amigos míos es un poquito de empatía y respeto. Así que llamé a mi supuesto mejor amigo (supuesto mejor amigo desde más de una década atrás, que no lo acababa de conocer precisamente), el cual, además, la conocía y había tratado bastante con ella. Y este señor tan cabal y tan moral y tan ético (por su profesión), quizá jodido porque me aconsejó que me replanteara mi negativa a no verla antes de morir y yo le contesté que estaba segura de que no me iba arrepentir (cosa que sigo manteniendo), me despachó con un frío e impersonal pésame y me colgó argumentando que estaba haciendo la cena. El mismo tío con el que, curiosamente, he mantenido intrascendentes conversaciones telefónicas mientras ambos hacíamos la comida, la cena o lo que hiciera falta, nos la comíamos, preparábamos café y pasábamos la sobremesa sin despegarnos del auricular. El mismo tío que, hace unos meses, al pedirle que me dejara quedarme en su casa unos días porque me quedaba en la puta calle me soltó tan pancho que no, que ya no dependía sólo de él porque claro, vive con su novio. Pero es que resulta que con el novio lleva viviendo ocho años y no sería la primera vez que paso unos días en su casa. Por otro lado ese mismo novio, tan cumplido para con los demás, todavía, a día de hoy, no se ha dignado a darme el pésame por la muerte de mi madre (pero sí a quejarse y ofenderse como un niño chico porque no le envío chorraditas del CityVille) cuando en vida de ésta no le importaba lo más mínimo ponerse ciego a porros con ella.

Sí, sin duda tengo una gran familia horizontal. Lo que no sé es cómo sigo viva con semejantes “amigos”.

La payasa de la que hablaba al principio de este apartado proseguía su frase con lo siguiente: “Tratas mejor a tus conocidos que a tus propios amigos”. Y sigue yendo el cántaro a la fuente. ¿De verdad resulta tan difícil de creer que trate mejor a mis conocidos que a amigos que se han portado de ese modo conmigo (y lo que se queda en el tintero por falta de espacio y que podría llenar la guía telefónica)? Mis conocidos son aquellos que han estado ahí para darme cobijo, comida, prestarme dinero, cuidar de mi perro durante los dos meses en los que yo no pude hacerlo o invitarme a una cerveza y hablarme de tonterías cuando yo no podía más. Y no será porque estos conocidos no estén tan al tanto como mis propios “amigos” de mí y de mis circunstancias, que a la vista está el poco pudor que tengo para enseñar las tripas.

Sin embargo los conocidos siguen siendo sólo conocidos. En el momento en que alguno de ellos pasa a ser amigo, estaríamos en las mismas. Así que al final de todo lo único que tengo es una gran y bonita lista de contactos de Facebook.


CONTINUARÁ...

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Leyéndote das la impresión de tener un serio familia. Y no, no me estoy refiriendo a tu familia. Rezumas demasiada negatividad para atraer nada positivo. No pretendo darte consejos, nunca se los doy a nadie, pero con semejante perspectiva ante la vida me temo que "lo mejor" aún está por venir. Suerte.

Anónimo dijo...

Perdón. Un serio problema quise decir.