Abel Arana cuenta últimamente en su blog que se ha convertido en un "nazi de la felicidad". Y creo que yo estoy yendo por el mismo camino, aunque a veces me cueste horrores no sucumbir a mi lado sarcástico y vuelto de todo. Y no puedo negar que estoy muerta de miedo, sobre todo cuando pienso en la incertidumbre y fragilidad en la que estoy inmersa ahora mismo. Siento como si caminara sobre una fina cuerda y debajo de mí no hay ninguna red, sólo el frío y duro suelo.
La semana pasada comencé a trabajar. Bastante antes de lo que auguraban ciertas personas que nunca creyeron en mí ni en mis posibilidades. Pero tampoco canto victoria porque es algo tan temporal y efímero que tal vez la semana que viene haya terminado. Por supuesto, sigo enviando choporrocientos currículums al día y estoy en un par de procesos de selección que tienen buena pinta. Acudo a las entrevistas con la mejor de mis sonrisas y con toda la disposición del mundo, confiando en caer en gracia y no resultar sólo graciosa.
En el trabajo, pese a haberme dado de bruces con una ex compañera de otro curro (de hecho, mi último curro de oficina, en donde empecé integrándome a los quince minutos con extrema facilidad y donde acabé, sólo el diablo sabrá por qué, viendo cómo mis compañeros se negaban a dirigirme la palabra), me limité a ignorarla —y ni siquiera responderle cuándo me preguntó qué hacía yo allí— aprovechando la circunstancia de que ni siquiera compartimos sala. Con los compañeros de mi sala me llevo bien (incluso uno era cliente de Lío, cuánto nos ha marcado la efímera vida que tuvo el bar) y al menos el rutinario trabajo que llevamos a cabo se hace más llevadero. Durante las largas horas que permanecemos recluídos en nuestra sala, me marco breves monólogos cargados de optimismo y buen humor; tanto que mis compañeros ya no saben sin llevarme al Club de la Comedia o al psiquiátrico de Ciempozuelos.
Debo irradiar tales vibraciones que esta tarde, cuando he acabado de tomarme un café cerca de la casa en la que me estoy quedando, el camarero me ha dicho que al próximo me invita él.
Así que, a pesar de la mala situación (objetivamente hablando) en la que estoy, a la vez me siento muy afortunada. Afortunada de tener los amigos que tengo. Afortunada de —esta vez sí— haber caído en gracia a tantas personas que, apenas conociéndome, me están haciendo favores por los que les estaré eternamente agradecida. Afortunada de estar rehaciendo mi vida en una de las mejores ciudades (para mí) que hay para vivir. Afortunada de haber soltado un lastre que llevaba treinta y dos años amargándome la existencia. Afortunada, en definitiva, de estar viva y seguir disfrutando de las pequeñas y grandes cosas que me depara el día a día.
Me estoy reinventando del mejor modo que puedo. Y reinventarse es algo que siempre se ha apreciado mucho. Que se lo digan a Madonna.
Y esta semana he vuelto a echar la primitiva. Que si no se flirtea con la suerte, no te sonríe. Y aunque a mí no suele sonreírme, a veces me hace algún guiño y me mira con ojos golosones.
La semana pasada comencé a trabajar. Bastante antes de lo que auguraban ciertas personas que nunca creyeron en mí ni en mis posibilidades. Pero tampoco canto victoria porque es algo tan temporal y efímero que tal vez la semana que viene haya terminado. Por supuesto, sigo enviando choporrocientos currículums al día y estoy en un par de procesos de selección que tienen buena pinta. Acudo a las entrevistas con la mejor de mis sonrisas y con toda la disposición del mundo, confiando en caer en gracia y no resultar sólo graciosa.
En el trabajo, pese a haberme dado de bruces con una ex compañera de otro curro (de hecho, mi último curro de oficina, en donde empecé integrándome a los quince minutos con extrema facilidad y donde acabé, sólo el diablo sabrá por qué, viendo cómo mis compañeros se negaban a dirigirme la palabra), me limité a ignorarla —y ni siquiera responderle cuándo me preguntó qué hacía yo allí— aprovechando la circunstancia de que ni siquiera compartimos sala. Con los compañeros de mi sala me llevo bien (incluso uno era cliente de Lío, cuánto nos ha marcado la efímera vida que tuvo el bar) y al menos el rutinario trabajo que llevamos a cabo se hace más llevadero. Durante las largas horas que permanecemos recluídos en nuestra sala, me marco breves monólogos cargados de optimismo y buen humor; tanto que mis compañeros ya no saben sin llevarme al Club de la Comedia o al psiquiátrico de Ciempozuelos.
Debo irradiar tales vibraciones que esta tarde, cuando he acabado de tomarme un café cerca de la casa en la que me estoy quedando, el camarero me ha dicho que al próximo me invita él.
Así que, a pesar de la mala situación (objetivamente hablando) en la que estoy, a la vez me siento muy afortunada. Afortunada de tener los amigos que tengo. Afortunada de —esta vez sí— haber caído en gracia a tantas personas que, apenas conociéndome, me están haciendo favores por los que les estaré eternamente agradecida. Afortunada de estar rehaciendo mi vida en una de las mejores ciudades (para mí) que hay para vivir. Afortunada de haber soltado un lastre que llevaba treinta y dos años amargándome la existencia. Afortunada, en definitiva, de estar viva y seguir disfrutando de las pequeñas y grandes cosas que me depara el día a día.
Me estoy reinventando del mejor modo que puedo. Y reinventarse es algo que siempre se ha apreciado mucho. Que se lo digan a Madonna.
Y esta semana he vuelto a echar la primitiva. Que si no se flirtea con la suerte, no te sonríe. Y aunque a mí no suele sonreírme, a veces me hace algún guiño y me mira con ojos golosones.
1 comentarios:
Reinventarse es algo que nos gustaria a todas, especialmente a mi, ya que en este momento de mi vida en el que nada sale bien, ni trabajo ni vida.... es muy complicado ser yo y pensar positivo, pero al leer lo que escribes se puede pensar en una alternativa de vida... una vida que de alguna forma se encuentra al dar la vuelta en la esquina. Espero que tu buen animo continue.
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