Se hace raro. Me refiero a lo de volver a Madrid y empezar todo desde cero. Aunque sólo he estado unos pocos meses fuera, mi capacidad de adaptación hizo que al poco de estar en ese pequeño pueblo aragonés en el que me refugié sintiera que llevaba mucho tiempo allí. Pero necesito a Madrid. Tan sólo llegar a la estación de Atocha y salir a la Glorieta de Carlos V fue como un chute de adrenalina. Madrid me da la vida, aunque en ocasiones me haya quitado las fuerzas.
Regresé hace una semana y he hecho tantas cosas que parece que nunca me fui. Sin embargo todo ha cambiado. Ya no tengo casa. Ese lugar al que volver cada noche. Durante once años, mi piso de La Elipa era lo único estable que había en mi vida. Los trabajos podían cambiar, las parejas ir y venir, los amigos alejarse o acercarse pero mi piso era el faro, el salvavidas, mi refugio contra todo.
Ahora me falta ese ancla. Mis amigos me acogen en sus casas mientras yo trato de volver a encarrilar mi vida. Mis amigos son ahora mi familia. Aunque supongo que siempre lo fueron. Me siento arropada por ellos, me dan ánimos, me sugieren acciones. Me siento tan en deuda con ellos que todavía no sé cómo podré agradecerles todo lo que están haciendo por mí.
Cuando camino por las calles de la que es y ha sido siempre mi ciudad me siento rara. Veo Madrid con otros ojos, los ojos del forastero, del que llega a la gran ciudad intentando abrirse camino. Es una sensación extraña pero me renueva por dentro. Me recuerda cuántas cosas me quedan aún por descubrir, por vivir. Estoy viendo todo desde un nuevo ángulo, un nuevo prisma. Es embriagador. Y esperanzador también.
Creo que estoy renaciendo. Y siento que una nueva vida me espera tras la esquina menos pensada.
Regresé hace una semana y he hecho tantas cosas que parece que nunca me fui. Sin embargo todo ha cambiado. Ya no tengo casa. Ese lugar al que volver cada noche. Durante once años, mi piso de La Elipa era lo único estable que había en mi vida. Los trabajos podían cambiar, las parejas ir y venir, los amigos alejarse o acercarse pero mi piso era el faro, el salvavidas, mi refugio contra todo.
Ahora me falta ese ancla. Mis amigos me acogen en sus casas mientras yo trato de volver a encarrilar mi vida. Mis amigos son ahora mi familia. Aunque supongo que siempre lo fueron. Me siento arropada por ellos, me dan ánimos, me sugieren acciones. Me siento tan en deuda con ellos que todavía no sé cómo podré agradecerles todo lo que están haciendo por mí.
Cuando camino por las calles de la que es y ha sido siempre mi ciudad me siento rara. Veo Madrid con otros ojos, los ojos del forastero, del que llega a la gran ciudad intentando abrirse camino. Es una sensación extraña pero me renueva por dentro. Me recuerda cuántas cosas me quedan aún por descubrir, por vivir. Estoy viendo todo desde un nuevo ángulo, un nuevo prisma. Es embriagador. Y esperanzador también.
Creo que estoy renaciendo. Y siento que una nueva vida me espera tras la esquina menos pensada.
1 comentarios:
Es maravilloso, Libertad. No sabes cuánto me alegra leerte así. Tanto, que hasta se me han saltado las lágrimas.
Te deseo mucha suerte. :)
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