martes 1 de marzo de 2011

El escritorio


A finales de los ochenta yo aún tenía una cama de módulo que cada noche tenía que bajar y cada mañana volver a subir. La cama pertenecía a un conjunto con dos módulos más: un armario y una especie de escritorio abatible. El conjunto había pertenecido tiempo atrás a mi madre y, siendo franca, ya estaba un poco cascado. Así que coincidiendo con mi primera comunión (sí, a mí también me engañaron) mis abuelos decidieron que había que comprarme nuevos muebles.

Como toda compra familiar, había que sopesar las opciones y, sobre todo, los precios. Mi educación hasta entonces me había convencido de que yo no merecía gran cosa y que no podían gastarse mucho dinero en algo para mí.

Un día, no recuerdo a dónde íbamos, pasamos junto a una tienda de muebles de una zona de la ciudad bastante alejada de nuestro barrio. Como nos detuvimos cerca, yo me acerqué al escaparate para ver un conjunto de habitación juvenil compuesto por una cama, una mesita de noche, un armario y, lo que más llamó mi atención, un escritorio.

No era un gran escritorio. Apenas tenía ochenta centímetros de ancho, un cajón y tres baldas: una bajo el cajón y otras dos a modo de estantería coronando el mueble. Aún así me quedé prendada de él, imaginando las posibles utilidades que podía darle. Por aquel entonces ya había empezado a escribir y se me antojó el mejor espacio para seguir dando rienda suelta a mi imaginación.

También me fijé en el precio total del conjunto: 25.000 pesetas. De las de antes. Me pareció un precio redondo y justo y, sin duda, mucho más barato que lo que habíamos visto hasta ese momento. Llamé a mi abuela para que se acercara a verlo. Ella lo observó como si la cosa no fuera con ella y despachó el asunto con el consabido "Ya veremos".

Sin embargo, por una vez, la suerte me sonrió y mis abuelos al final decidieron comprarme aquel modesto conjunto de muebles. Una semana antes de mi comunión, los tres módulos con su cama y escritorio abatible desaparecieron de mi habitación para dar paso a ese dormitorio juvenil que tanto me había gustado.

Al sentarme por primera vez frente al escritorio me sentí mayor, con un espacio propio en el que refugiarme. Un espacio que sería durante la siguiente década el único lugar al que podía acudir buscando consuelo.

Frente a ese escritorio estudié (tampoco demasiado, mi cabeza aún funcionaba perfectamente) y escribí miles de páginas que conformaron mis primeros poemas, canciones, relatos, artículos y novelas. Más tarde coloqué en él mis primeros diccionarios de inglés y de español (esa edición de la RAE que gané en un concurso de redacción del instituto), mi primer radiocassette con lector de CD's, mis primeros discos compactos (que siempre me parecieron pocos) y una lámpara de pinza que hacía las veces de micrófono improvisado cuando me daba por hacer playback de todas aquellas canciones que escuchaba. Lo llené de postales y pegatinas acordes con mis gustos; primero James Dean, River Phoenix, Bruce Springsteen y Madonna; más tarde Keith Haring, la bandera del arco iris y el triángulo rosa.

Cuando me independicé fue el único mueble que quise llevarme conmigo. Allá donde fuera necesitaba conservar ese rinconcito mío. En los últimos seis años lo relegué a un rincón del salón tras comprarme el megaescritorio en el que coloqué mis primeros ordenadores de sobremesa y se convirtió en un simple mueble almacenador. Lo dejé de lado.

Pero tras los últimos cambios en mi vida, al que dejé de lado fue al megaescritorio (al fin y al cabo, un muerto que pesaba demasiado y que sólo me costó 60€ en Alcampo) y supe que el que se venía conmigo en mi siguiente etapa era mi viejo escritorio que, con 22 años de muescas y traslados de un sitio a otro, sigue cumpliendo perfectamente su función.

Y aquí sigue conmigo. En su superficie ya no coloco la máquina de escribir ni mis múltiples cuadernos, ahora lo que hay es un portátil baratucho pero apañado que es el que me permite seguir conectada a todo y el que me debería permitir seguir escribiendo (aunque mi cabeza ya no funcione como antes).

Cuando pienso en la próxima mudanza (algo que, visto lo visto, volverá a suceder pronto) pienso también en qué haré con él, si me lo llevaré o si lo jubilaré definitivamente dejándolo a su suerte junto a los contenedores de basura más cercanos. Es mi rincón, mi refugio, mi cajón de sastre. No sé si seré capaz de desprenderme de él pero tampoco sé si las vueltas que da la vida me dejarán conservarlo.

1 comentarios:

zesovela dijo...

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