miércoles 12 de agosto de 2009

Carta abierta a los heterosexuales

Queridos heterosexuales:

Os escribo libremente y sin animosidad aunque he de reconocer que algunos de vosotros me tenéis hasta el tesorito y más allá. Por ello, el motivo de mi carta es explicaros algunas cosas que todavía, pese a todo, parece que no os entran en la mollera.

Empezaré diciendo que vosotros no sois los normales. Tampoco nosotros. Nadie es normal. De hecho, sólo habéis empezado a denominaros heterosexuales en confrontación con nosotros, lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y todos aquellos que no nos ajustábamos a esa “norma” impuesta por vosotros acerca de lo que es aceptable y lo que no. Antes de eso os denominabais como “normales”. Es decir, los que hacían lo correcto, lo justo, lo moralmente bueno (no en vano, en inglés la palabra que se utiliza para nombraros es esa: straight; recto, derecho). Nosotros éramos los “anormales”, los que vivían al margen de la sociedad, los que cometían actos reprobables y atentaban contra la moral que vosotros instaurasteis como única.

Gracias al esfuerzo de muchos (la mayoría de nuestra parte, muy pocos de la vuestra) hoy en día la situación ha cambiado, al menos en este lado del mundo. Ahora está mal visto que nos insultéis y practiquéis esa homofobia que antes estaba instaurada —y bien vista— en todas partes. Aparentemente. Y digo aparentemente porque todavía en todos y cada uno de vosotros late la convicción de estar en el bando correcto, como una semillita a punto de germinar que trata de abrirse paso en un terreno demasiado duro, y que lo nuestro, aunque menos reprobable que antaño, sigue siendo lo incorrecto. Lo veis como una desviación, algo que no tiene remedio, una inofensiva tara (inofensiva siempre y cuando no os toque de cerca, claro) contra la que resultaría inútil luchar puesto que, según vosotros mismo decís, cada día es más numerosa. Así que habéis optado por subiros a un púlpito llamado tolerancia desde el que nos miráis condescendientes y plenamente satisfechos de vuestra magnánima actitud de no perseguirnos, quemarnos, encarcelarnos o matarnos como otros hicieron en el pasado y otros siguen haciendo en el presente (¿verdad, señor Ahmadineyad?).

Pero de lo que no os habéis dado cuenta todavía es de que nuestra lucha no es sólo nuestra sino de todas y cada una de las personas que conformamos la sociedad. En vuestra convicción de militar en el bando correcto no os percatáis de cómo la sociedad heteropatriarcal os ha encorsetado, condicionado, modificado y quitado vuestra libertad. Porque no sois libres, no. Vosotros, hombres heterosexuales, habéis crecido asimilando un rígido código de conducta que, supuestamente, os convierte en "hombres de verdad”. Un código tan complejo pero tan interiorizado que ni siquiera os permite ver que ha anulado vuestra personalidad para convertirla en un estereotipo de lo que debéis ser. Luego os reís u os indignáis ante las demostraciones de pluma de los gays cuando la vuestra es mucho más ostentosa y ridícula. Yo os comprendo, son muchos milenios ya y la mayoría sufrís una fortísima derivación del Síndrome de Estocolmo y habéis sucumbido al secuestro de la voluntad por parte de una sociedad que os hace creer que actuáis correctamente.

¿Y qué deciros a vosotras, mujeres heterosexuales? Vuestro caso es aún más grave porque pese a que algunas habéis abanderado o formado parte de la lucha feminista continuáis plegadas a la voluntad masculina, os sentís incompletas sin un hombre a vuestro lado, aceptáis la mirada de ellos sobre vosotras como la única con total validez y dependéis de ella para sentiros bien con vosotras mismas. Algunas vais más allá reivindicando vuestros derechos y vuestro lugar en el mundo pero luego la cagáis (y de qué manera) soltando tan panchas aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”. Como si ser femenina fuera una cualidad inherente a la mujer y no una construcción social utilizada para constreñir y anular.

Pero volviendo al tema principal, ¿cuándo os vais a dar cuenta de que nosotros, el colectivo LGTB, no sólo estamos luchando por nuestra libertad sexual sino que es una lucha extensible a vosotros? Una sociedad libre es una sociedad sana. Una sociedad en la que todos sus ciudadanos estén a la misma altura no es una afrenta ni a la religión, ni a la política, ni mucho menos a vuestros derechos; es una cuestión de justicia y sentido común.

Recuerdo una anécdota: un chaval le pregunta a su novia si ella preferiría tener un hijo heterosexual o un hijo homosexual. Ella, encomiablemente, respondió que le daba igual. Él, sin entender, le insistió; no es lo mismo tener un hijo heterosexual que uno homosexual. Ella mantuvo su postura. El combate dialéctico duró varios minutos más, él sin entender y ella insistiendo en que no veía la diferencia. Finalmente él explotó: “¿Pero cómo te va a dar igual? ¿Tú sabes la de problemas que tiene esa gente?”. Y ahí está el quid de la cuestión. La falsa creencia de que por el mero hecho de ser homosexual las personas que lo somos tenemos automáticamente una carga problemática cuando el problema, realmente, lo está creando esa persona, ese chaval, al asegurar que existe. Los “problemas” de los homosexuales no vienen dictados por nuestra condición sino por la confrontación de ésta con la masa heterosexual que da por sentada nuestra diferencia. La homofobia externa proviene de esa masa anónima que sigue considerando (pese a leyes, pese a avances sociales) que la homosexualidad es algo raro, desviado, tolerable por obligación pero reprobable en el fondo. La homofobia interna es consecuencia del impacto de esa actitud generalizada en la psique del homosexual. Así que os lo voy a decir alto y claro: YO NO TENGO NINGÚN PROBLEMA POR EL HECHO DE SER GAY, LESBIANA, BISEXUAL O TRANSEXUAL. MI PROBLEMA SOIS VOSOTROS. SÓLO VOSOTROS.

Venga, podéis cabrearos pero es verdad. Sois vosotros los que nos creáis todos los problemas. Sois vosotros los que habéis discriminado históricamente, los que lo seguís haciendo aunque ahora vuestras armas no son las piedras y los palos sino la sonrisa condescendiente e hipócrita. Sois vosotros los que os sentís amenazados por la consecución de nuestros derechos como si eso supusiera ver los vuestros mermados. Sois vosotros y sólo vosotros los que marcáis, una y otra vez, con una gruesa línea, la diferencia. Una diferencia que no es sino diversidad, concepto que no acabáis de entender. Que nosotros hayamos creado ghettos en los que refugiarnos no es sino la consecuencia de una persecución histórica. Nosotros no nos hemos separado. Vosotros nos habéis obligado a hacerlo una y otra vez. Así que dejad de lanzarnos la pelota a nuestro tejado como si la culpa fuera nuestra.

Y cuando digo que vosotros marcáis la diferencia lo digo con total conocimiento de causa. Porque cuando nosotros hacemos pública nuestra orientación (acto que os parece una ostentación de mal gusto, como si vuestra vida no fuera un continuo grito de “soy heterosexual y que lo sepa todo el mundo”) sólo veis eso en nosotros. Dejamos de ser hijos, padres, hermanos, amigos o empleados para convertirnos en una simple etiqueta referida a nuestra sexualidad. Es lo único que veis. Y, para colmo, nos acusáis de vivir en un mundo aparte, de no ser conscientes de lo que pasa fuera. Pero perdonad que os diga, sois vosotros los que no veis más allá de vuestras narices, los que vivís en compartimentos estancos, temerosos de cualquier acto o persona que se salga de vuestro limitado modo de ver la vida. Lejos de lo que creéis, nosotros no estamos todo el tiempo pensando en nuestra sexualidad, al contrario que vosotros. Son muchas las veces en las que he estado hablando de cualquier tema trivial, acerca del comportamiento humano o de algún suceso acaecido en mi entorno, y mi interlocutor heterosexual ha hecho referencia a mi sexualidad sin venir a cuento, como si yo hubiera estado enfocando el tema únicamente desde ese punto de vista y no, como probablemente lo hubiera estado haciendo, de un modo general, sin distinciones. ¿Comenzáis a captarme? Dejad ya de crear el problema, dejad ya de marcar la diferencia. No somos más diferentes de vosotros de lo que lo pueda ser vuestro otro amigo heterosexual. Somos diferentes porque somos personas. Y nuestros problemas son los mismos que vosotros podáis tener, no nos echeis más encima por tener una orientación sexual distinta a la vuestra.

Sin embargo hay un apartado en el que sí se nos acepta. Y se nos acepta a las mujeres. Sí, ya sé que la invisibilidad lésbica es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta nuestro colectivo, que mientras hay muchos referentes masculinos reales, las lesbianas estamos casi únicamente representadas en la ficción (televisiva, sobre todo). Pero hay algo que no es menos cierto: la recurrencia con la que aparecemos las lesbianas y nuestras prácticas sexuales en el imaginario colectivo heterosexual. Dos mujeres “jugando” (porque eso es lo que hacemos, jugar, el verdadero sexo es el que incluye la penetración con un “dildo de carne”) es una de las fantasías eróticas por excelencia del género masculino que, además, sueña con plantarse delante de las dos féminas y demostrarles lo que es un “hombre de verdad”. Pero no sólo es una fantasía masculina. Cada vez hay más mujeres heterosexuales que admiten desear una relación erótica con otra mujer. Y digo relación erótica porque sexo es lo único que buscáis en otra mujer y lo que os diferencia de las lesbianas. Vosotras no queréis una experiencia más completa que, aparte de sexo, incluyera otros factores más emocionales. Vosotras sólo queréis un polvo con otra mujer y, casi siempre, en compañía de vuestro novio o marido en lo que yo tiendo a ver como otra muestra más de la actitud complaciente del género femenino para con el masculino. Por eso cada vez más mujeres se declaran bisexuales (¿Qué puede haber más moderno ahora mismo? Si hasta la Jolie y la bocachancla de la Megan Fox han admitido serlo —siempre de la mano de sus flamantes parejas masculinas, por supuesto— vamos todas corriendo a buscar a alguna que se nos meriende el tesorito). Porque ser bisexual da morbo, dota de un aire sexual muy atrayente para los hombres y porque, ingenuamente, pensáis que eso os dará ese aire de sofisticación que creéis que os falta. Realmente a veces dudo que haya verdadero deseo detrás.

Queridos heterosexuales, esta carta se está alargando demasiado y aunque os diría muchas más cosas creo que ya ha sido bastante por hoy. Pensad en ella. Pero de verdad. Daos cuenta de una vez de que no somos ni vuestros enemigos ni una anomalía genética o psicológica. Sólo somos personas. Exactamente igual que vosotros.

Un saludo,

Libertad


lunes 10 de agosto de 2009

Por qué los prefiero a ellos

Y aquí vamos con otro de esos artículos que tan poquita gracia hará a mis amigas y compañeras lesbianas. Si es que en el fondo me gusta polemizar, ¿para qué engañarnos?

Pero polémicas aparte, cuando digo algo suelo hacerlo con convicción. Y cuando digo que los prefiero a ellos no quiero decir que haya desertado del bando bollo (si es que alguna vez estuve en él; yo, que soy tan poco amiga de bandos) sino que, en igualdad de condiciones, muy a menudo prefiero la compañía de ellos a la de ellas.

Ojo, que no estoy diciendo que no tenga buenas amigas entre las féminas, que las tengo y las quiero con locura. Sin embargo, son ya demasiadas las veces en las que me encuentro muy cómoda con ellos y visiblemente crispada con ellas.

Ya fueran gays o heteros, siempre me he llevado mejor con los hombres, es un hecho. Cierto es que con los heteros a veces hay que lidiar con esa tensión sexual que siempre está presente por mucho que tratemos de esquivar los dictados de la sociedad heteropatriarcal. Pero una vez se ha dejado esa tensión al margen, es posible disfrutar de una amistad bastante sincera. Con los gays (con aquellos que no son extremadamente misóginos, claro está) el problema de la tensión sexual es inexistente por lo que resulta aún más fácil forjar ese sentimiento fraternal y de camaradería.

Por otra parte, reconozco que nunca me he dejado llevar por ese victimismo tan propio de las de mi sexo y por el cual ante un hombre los prejuicios van siempre por delante. Soy tan consciente como la que más de la discriminación, del sexismo, del machismo y de cualquier otra lacra que derive de todo ello. Sin embargo mi postura ha sido siempre la de tratar y hacer que me traten como a una igual. Es decir, no es que me ponga a su altura o exagere mi parte masculina, simplemente lo tomo como la relación entre dos seres humanos. Así les trato y así quiero que me traten.

Además, al igual que las mujeres hemos interiorizado el papel de víctimas de la sociedad patriarcal, hay hombres que han hecho lo propio con el papel de verdugos, por lo que tratan por todos los medios de desligarse de él. Son justamente esos hombres los que más ayudan a derribar los mitos, la discriminación y la desigualdad. Todavía sigo esperando a que ciertas mujeres dejen de ver a los hombres (a algunos hombres), ya no como el enemigo sino como seres ajenos a ellas y los empiecen a ver como aliados.

Pero, os preguntareis, ¿cómo son mis relaciones con las mujeres para que declare tajantemente mi preferencia por ellos antes que por ellas? ¿Tan malas son? Pues no, no es que sean malas. Pero, en la mayoría de los casos, son tensas. Sobre todo en grupos grandes. Con las mujeres me llevo mejor a título personal, en conversaciones de tú a tú. Esa complicidad en solitario se pierde en cuanto el número ya no se puede contar con los dedos de una mano. Los hombres suelen ir de frente, para lo bueno y para lo malo (quizá algunas maricas malas no tanto) mientras que con las mujeres siempre hay demasiadas capas, demasiados recelos, envidias y dobles sentidos. Cuando las mujeres nos encontramos siempre hay una actitud defensiva, nos miramos de arriba a abajo escaneándonos, buscando algo que guardar en la reserva por si hay que atacar en algún momento. Y si se trata de mujeres lesbianas con las que lo mismo puedes tener una amistad que una relación la cosa se complica aún más. Se establece una guerra velada entre las distintas partes. En el fondo no nos fiamos las unas de las otras.

Con todo esto no quiero decir que, a la hora de una relación sentimental se cumplan los mismos parámetros. No es lo mismo la amistad que el amor aunque, siempre desde mi punto de vista, el segundo deba basarse siempre en el primero. Yo sólo hablo de relaciones amistosas, de grupos grandes, de la sensación que me va dejando dentro tratar con hombres y con mujeres por separado.

Porque esa es otra: la segregación. Las mujeres vamos por un lado y los hombres por otro. Más aún en el ambiente gay. Y no pocas han sido las veces en las que he sido la única mujer dentro de un grupo de hombres. Y lejos de sentirme discriminada (negativa o positivamente), me he sentido como una más. Circunstancia que no siempre se ha dado cuando todas mis acompañantes eran femeninas.

Un ejemplo representativo es mi relación con escritores y escritoras. Desde que comencé a publicar hace seis años he conocido y trabado cierta amistad con muchos autores masculinos, no así con autoras femeninas. Más bien al contrario, con estas últimas lo único que he sentido ha sido envidia insana, críticas feroces (casi siempre personales y en ocasiones infundadas) y rivalidad. Quizá sea por el espíritu beligerante que las mujeres hemos acabado por adoptar para sobrevivir en una sociedad eminentemente masculina pero eso no me parece justificación suficiente. Resulta triste y desolador que las mujeres no veamos en otras mujeres más que a una enemiga en lugar de intentar trabar algún tipo de solidaridad, de camaradería, de ayuda mutua. Y tal vez sea eso, unido al victimismo, a la queja vacía, a la excusa fácil por lo que las mujeres (y, sobre todo, las mujeres del colectivo LGTB) no acabamos de avanzar y nos encontramos siempre en los puestos de retaguardia. La revolución, la lucha, la consecución de derechos ya no legales sino sociales y morales empieza por una misma y para ello hay que dejar de ver a la de al lado como un lacra para los propios intereses y comenzar a percibirla como una aliada en la lucha común.

sábado 8 de agosto de 2009

Vriyante Hortografia

El otro día, mientras esperaba bajo la solanera manchega el autobús que me llevaría a mi hogar, caluroso hogar después de dos días de ejercer de informática gratuita, mis ojos se posaron en este cartel pegado en uno de los cristales de la marquesina.

Como esperar el autobús me aburre mucho y tengo la mala costumbre de leer todo lo que se cruza por el camino de mis globos oculares me acerqué para poder verlo mejor y enterarme de lo que decía.

Enseguida los ojos me empezaron a hacer chiribitas y mi boca comenzó su descenso a las profundidades más insondables que recuerdo. Ni mi primo de doce años, que odia el colegio con todas sus fuerzas, hubiera cometido tantas faltas de ortografía por sílaba. He aquí la trascripción para que no os dejéis los ojos en la imagen (obviaré los tachones, la ausencia de mayúsculas, comas y signos de puntuación varios, los espacios de más y de menos y la total ausencia de estructura del texto, que ya sería demasiado):

"VENTA Y ALQUILER con occion ha compra CHALETS en YUNCOS y otros pueblos aprovecha esta vajada de precios y compra por el precio de un alquiler antes de que empiecen a suvir otravec pisos de mas de 100 metros po 650 E al mes CHALETS de lujo en ILLESCAS YUNCOS y otros pueblos por 800 E- al mes con occion ha compra a 10 minutos de PARLA

necesita DINERO bancario

Y CAPITAL PRIVADO SIN LIMITE DE CANTIDAD para lo que v. lo necesite pagos atrasados reunificacion de deudas y pagar un solo recivo y así poder pagar hasta un 30- o un 40% menos de lo que esta pagando actualmente informese sin comiso alguno no cobramos nada sin resultado positivo y recojemos documentacion a domicilio"

Independientemente de que el anuncio huele a pufo por los cuatro costados, yo veo un anuncio así de cualquier cosa y huyo de él como de la peste...

P.D.: Mientras transcribía he tenido que "mal corregirme" porque lo estaba escribiendo correctamente. Ozú, es que ni Odisea es capaz de meter tantas faltas de ortografía en un texto...