lunes 6 de julio de 2009

Orgullo gay, ¡por supuesto!

Hasta hace unos años cuando comenzaba junio la euforia se me alojaba en el estómago y crecía de de un modo arrollador a medida que se acercaba el día de la manifestación del Orgullo Gay. Hacía planes, organizaba y me preparaba a conciencia para afrontar tanto ese día como los anteriores.

Hasta hace unos años.

Luego, aunque aún podía sentir un reducto de esa euforia de antaño en mi castigado estómago (demasiado alcohol, demasiados nervios, demasiada comida basura), lo que más me dominaba era una sensación de deja vú. Las fotografías que sacaba de cada manifestación eran perfectamente confundibles con las del anterior o con las que, seguramente, tomaría al año siguiente. Las declaraciones de colectivos y representantes políticos eran las mismas de todos los años al igual que las de sus detractores. Y los debates interminables en los que se seguían enzarzando ambos bandos eran tan predecibles como aburridos y yermos. Todos tienen muy claro su papel y el guión nunca parece cambiar.

Llevo dos años sin asistir a la manifestación. Pero no es porque no esté de acuerdo con ella o porque no me guste. Y mucho menos porque esté en contra de la imagen que da. Mi ausencia se debe más a una decisión personal: compartir asfalto con cientos de miles de personas (“El País” dixit año tras año independientemente de las cifras que manejen los organizadores y la policía) con treinta y cinco grados a la sombra durante varias horas es algo que mi cuerpo ya no es capaz de soportar. Y es que ya estoy en una edad en la que lipotimias las justas, gracias.

Y que lleve un par de años sin asistir no quiere decir que no vaya a ir nunca más. Volveré a asistir cuando me apetezca y me lo pida el cuerpo. Porque sí, me gusta la manifestación del Orgullo Gay y me gustan los festejos, los eventos culturales y todo lo que gira alrededor de estas fechas. Y soy de la opinión de que se deberían seguir celebrando incluso en el hipotético supuesto de que ya no quedara nada por reivindicar o por lo que luchar.

A día de hoy, con la igualdad legal conseguida, la batalla sigue en la calle. La igualdad social no está tan interiorizada en la conciencia colectiva como los neocon o algunos liberogays pretenden hacernos creer. Ahora, con los viejos argumentos psicológicos ya suficientemente debatidos y obsoletos se abre el frente de que la imagen que proyecta el colectivo gay durante estos días es negativa y contraproducente (frente ya antiguo, por otra parte, pero reabierto a falta de otros acusaciones). Es decir, lo que ahora esgrimen para justificar su homofobia es “ya vale, que os hemos dejado existir y dejamos que os caséis pero dejad de agredirnos con vuestro esperpéntico espectáculo”. O, como rezan algunas camisetas que he podido ver últimamente: “Por favor, cierren ya el armario”. Una irónica frasecilla que esconde una superioridad moral supuestamente suficiente como para dar órdenes a millones de ciudadanos.

Llevo un par de días googleando blogs a la busca de opiniones acerca de lo acontecido el sábado. Curiosamente los que más hablan de ella suelen ser heterosexuales. Algunos pocos (muy pocos) lo hacen desde una postura encomiable, aceptando el hecho homosexual, disfrutando de una fiesta que es sobre la diversidad sexual y sin poner el grito en el cielo por plumas y cueros. La mayoría, en cambio, heterosexuales neoliberales, conservadores o, directamente, fascistas siguen a vueltas con lo de la mala imagen.

En los comentarios más moderados se apela a la seriedad. Gays, lesbianas, transexuales y bisexuales no deberíamos manifestarnos subidos en carrozas sino hacer marchas silenciosas, vestidos con unos simples vaqueritos y una camiseta. No es legítimo hacerlo con el torso descubierto, cubierto de purpurina o sobre unas plataformas. No se puede tomar en serio a un grupo de personas disfrazadas porque no son ni se comportan de un modo “normal”.

¿Y qué es ser normal?


La normalidad no existe y, de existir, tendría un significado diferente para cada persona. ¿Quién determina qué es normal de lo que no? Nadie puede detentar ese poder y, por tanto, nadie debería intentarlo. ¿Es normal que un grupo de personas se ponga unos capirotes en la cabeza y unas túnicas hasta los pies al tiempo que cargan una cruz al hombro? ¿Es normal que detrás de ellos vayan otras personas dándose latigazos en la espalda mientras caminan descalzos o de rodillas? ¿Es normal que un puñado de chavales borrachos corran delante de una manada de toros nerviosos? Repito, CHAVALES BORRACHOS CORRIENDO DELANTE DE TOROS (toros que tras esa carrera o en otras fiestas acabarán siendo torturados por un señor vestido con un traje lleno de brillos y cuyo pantalón le marca sus atributos sexules). Todo lo enumerado anteriormente es considerado “normal” por una turbamulta de heterosexuales exaltados que considera insulto y ofensa que otro grupo de personas salga UN DÍA AL AÑO a celebrar su homosexualidad, sus lesbianismo, su transexualidad o, simplemente, su sexualidad. Les agrede nuestra imagen, ya sea desnuda o vestida de calle, siendo felices y besando a quién nosotros queramos besar. Nos animan a volver al armario, a “practicar” nuestra desviación en la intimidad de nuestros hogares igual que hacen ellos con su heterosexualidad (claro, la parejita hetero que tenía detrás de mí en una fiesta el viernes pasado y que más que besarse, se succionaba, es algo que nunca pasa por la calle a la vista de esos niños que tanto dicen que hay que defender).

Otros intercalan todas sus frases con el “sí pero...”. Sí pero eso no son formas. Sí pero hay otros gays que no están de acuerdo con la cabalgata. Sí pero esos otros gays son más discretos. Sí pero que no lo hagan en mitad de la calle (como si nos pusiéramos a follar en mitad de la Gran Vía). Sí pero es que no es necesario montar ese espectáculo. "Sí pero..." hasta la saciedad. Estos personajes empiezan diciéndote que no están en contra de tu sexualidad y luego te dicen cómo tienes que vivirla en base a sus reglas y dictados porque, en el fondo, el hetero tiene demasiado interiorizado que lo suyo es lo correcto, el buen camino, lo que hay que hacer. Y a ti, pobrecito/a, no te queda más remedio porque naciste así, ya bastante tienes con lo tuyo. Pero, eso sí, no me saques los pies del tiesto.

Por supuesto, hay muchos gays y lesbianas que reniegan de estas fiestas. E incluso alguien puede pensar que yo también puesto que apenas las piso y me producen cierta apatía. La diferencia es que mi actitud viene derivada por la aglomeración humana más que por una cuestión política o de imagen. Yo no siento que me representen ni que me dejen de representar. Yo me represento a mí misma y punto. Al igual que el resto de las personas. Y cada persona tiene el derecho de representarse, reivindicarse o manifestarse como le venga en gana. La actitud de estos gays y lesbianas tan comedidos no deja de recordarme a la de la Sociedad Mattachine, una asociación gay creada en los cincuenta en EEUU y que se manifestaban con traje y corbata de un modo “discreto”. Si hay alguien a quien no le suene su nombre, ya se puede hacer una idea del éxito que tuvieron sus planteamientos...

Yo, que soy una iletrada sin carrera universitaria ni másters ni nada de eso sigo sorprendiéndome al ver cómo la gente es todavía tan ignorante de la historia y la condición humana. Un poquito de antropología y sociología de andar por casa enseñaría que este tipo de manifestaciones “ostentosas”, coloridas e histriónicas son inherentes al ser humano. Y ya no sólo en tradiciones que perviven hoy en día como la Semana Santa o los San Fermines (o la iniciada en la edad contemporánea de celebrar la victoria de un equipo de fútbol haciendo el borrego). Una lectura de la historia poco menos que superficial les enseñaría y demostraría que el género humano lleva milenios celebrando su sexualidad, su fe o su alegría de modos tan o más “ruidosos” que el colectivo LGTB. Las tribus del África negra, las antiguas tradiciones de Grecia y Roma, de China y Japón, de la India, de Europa... Da igual, en cualquier período histórico cualquier etnia, nacionalidad o tribu tiene demostraciones suficientes como para que no nos extrañara ahora ver a hombres y mujeres vestidos de forma llamativa sobre un puñado de carrozas.

Es más, el colectivo LGTB ha sido el único en crear una fiesta, una cultura, unos códigos y referentes y una estética reconocible sin necesidad de echar mano de la religión o el patriotismo. Un folklore (en el mejor sentido de una palabra que, con el paso del tiempo, se ha ido convirtiendo en peyorativa) que se alimenta y recicla continuamente. Y aunque algunos (heteros y gays) lo quieran ver como algo contraproducente yo considero que es un orgullo, no sólo vivir mi vida y mi sexualidad sin temores ni cortapisas, sino pertenecer a un colectivo, una comunidad, una “tribu” capaz de hacer historia.