jueves 7 de mayo de 2009

Terminator: The Sarah Connor Chronicles

La mayoría de los que me conocen saben que, de un tiempo a esta parte, disfruto muchísimo más con las series que con las películas. Tengo infinidad de series por ver y todavía sigo “consiguiendo” más. Pero también son muchas las series que he visto ya. Y me gusta hacerlo en forma de maratón. Temporadas completas en dos o tres días acompañada únicamente por mi tabaco y grandes dosis de adrenalina provocadas por lo que estoy viendo (aunque me gusta de todo reconozco que las de intriga, acción y derivados me hacen pegar brincos en el sofá). Además, yo soy muy de obsesiones temporales. Me gusta un actor o actriz, director, etc. y ahí me tienes buscando información hasta debajo de los bytes. Y durante una temporada no hago más que darle vueltas al tema (si me ha gustado, que si no me olvido de ella tan fácilmente como he sacado el dvd del reproductor).


En mi extinto blog con pseudónimo dije una vez que no me consideraba el tipo de persona fanática de la ciencia-ficción. No leo foros del tema, ni revistas científicas, ni nada por el estilo. Incluso puedo no nombrarla cuando me preguntan por mis géneros favoritos. Pero en ese mismo blog llegaba a la conclusión de que sí me gustaba, y mucho, la ciencia-ficción. Pero maticemos. De pequeña pude ver la trilogía de Star Wars o la saga de Star Trek pero hoy en día no me llaman para nada la atención (de hecho he intentado ver alguna de las nuevas o volver a ver las antiguas y me he aburrido a los quince minutos). No he visto Battlestar Galactica. No he visto Stargate (me refiero a la serie; la película sí que la vi en su día). En mi base de datos de series (que ya ronda las ciento cincuenta) veréis muy pocas marcadas con añil —color con el que identifico a las que pertenecen a este género—. Sin embargo puedo decir que Expediente X es una de mis series de cabecera. Que tengo un póster de la primera Matrix desde hace años en mi habitación. Que he leído a Ray Bradbury y Philip K. Dick (y visto la mayoría de las películas basadas en relatos de este último). Que me encanta el rollo de los viajes en el tiempo aunque la mayoría incurran en paradojas totalmente improbables y sin base. Que me gusta esa ciencia-ficción apocalíptica tipo Soy leyenda o Terminator. Porque además gran parte de las historias de ciencia-ficción plantean cuestiones mucho más profundas que el mero espectáculo de efectos especiales en el que se convierten los productos audiovisuales en los que se encuentran.

Todo este rollo de introducción (porque, igual que me gustan más las series que las películas o las novelas que los relatos cortos, soy incapaz de sintetizar y hacer un post de una extensión menos kilométrica) viene porque en menos de cuatro días me he cascado las dos temporadas de Terminator: The Sarah Connor Chronicles y, para rematarlo y hacer la faena completa, he vuelto a ver las trilogía de películas (sí, incluyendo también la pésima tercera parte). Y, como siempre me ocurre cuando algo me gusta mucho, no me queda más remedio que hablar o escribir sobre ello.

The Terminator (James Cameron, 1984) fue una película con presupuesto de serie B que revolucionó la ciencia-ficción hace un cuarto de siglo cuyos efectos, vistos hoy, resultan de una inocencia casi pueril. No obstante su argumento era y sigue siendo muy atrayente. En realidad estaba basado en una serie de historias del escritor Harlan Ellison (que reivindicó su autoría tras el estreno de la primera película pues se “olvidaron” de él en los créditos). Pero tampoco es que Ellison fuese el colmo de la originalidad puesto que la historia, al igual que la de The Matrix, bebe directamente de fuentes bíblicas. John Connor es el líder de la resistencia en la lucha de la humanidad contra las máquinas. Es el mesías redentor que salvará a la raza humana en el futuro. Y The Terminator vino a ser una revisión apocalíptica de Jesús, María y José pero sin concepción divina y con un Pilatos hecho de metal y con muy mala leche que viaja en el tiempo no para matar al niño sino para ir más lejos y matar a su madre antes de que pueda traerle al mundo.

La primera película se podría considerar casi redonda. Sarah Connor es una joven camarera, una chica entre tantas con una vida normal y aburrida. Hasta que llega el Terminator y empieza a asesinar a todas las Sarah Connor del listín telefónico. Huyendo de él se topa con Kyle Reese, un soldado de la resistencia, amigo de de su hijo John, que ha viajado también desde el futuro para salvarla, alertarla y aleccionarla sobre su destino y el de su hijo no nacido. Kyle está secretamente enamorado de Sarah de tanto como John le ha hablado de ella. Y entre huida y huida Sarah y Kyle conciben a John (olvidemos ahora los universos paralelos, el hecho de que Sarah ya pudiera estar embarazada o que el padre pudiera ser otro y mandando a Kyle, John Connor se cambiara a sí mismo. Ya se lo dice la propia Sarah a su hijo en las cintas que le graba mientras espera su nacimiento: “Si no mandas a Kyle Reese no nacerás”) en una de las escenas de sexo más tierna y apasionada que he visto en películas de acción. Después, con mucho esfuerzo, consiguen acaban con el Terminator. Primero Kyle, sacrificando su propia vida para hacerle explotar y más tarde la propia Sarah, acorralándole bajo una plancha y aplastándolo. La película finaliza con ella ya embarazada huyendo al sur y sabiendo que su vida ha cambiado. Ahora sabe cuál es el destino de la humanidad. Y sabe, además, que su hijo es muy importante para esa humanidad. Y eso pesa. Pesa muchísimo.

En la segunda película, Terminator 2: The Judgment Day (James Cameron, 1991) han pasado diez años. John es un niñato rebelde y muy hábil con los ordenadores que vive en hogares de acogida. Sarah está recluida en un centro psiquiátrico debido a su paranoia. Nadie la cree. Pero Skynet, el ordenador del futuro que controla las máquinas, no se ha dado por vencida y manda un nuevo Terminator de metal líquido para liquidar al niño. Y los humanos mandan para protegerle a un Terminator exactamente igual al que quiso acabar con Sarah una década antes. Persecuciones, mucha acción y efectos especiales revolucionarios en su momento convirtieron a la película en una de las mejores en su género. Que levante la mano quien no haya dicho nunca aquello de “Sayonara, baby” (mal dicho porque realmente lo que decia Arnie era “Hasta la vista, baby” pero, claro, por cuestiones de doblaje al español no daba el efecto deseado y lo cambiaron por la palabra de despedida japonesa que quedaba más simpática). Aparte de ponerse a salvo, rescatar a Sarah del psiquiátrico y dar unas puntadas paternofiliales a la relación entre el chico y el Terminator bueno, la recta final de la película versaba en destruir los cimientos de lo que más tarde se convertirá en Skynet (lo que incurriría en una nueva paradoja temporal puesto que si Skynet no llega a existir, John Connor no será el líder de la resistencia ni mandará a Kyle Reese para que se convierta en su padre pero aceptemos pulpo como animal de compañía). Buscan a Miles Dyson, responsable del proyecto de Cyberdine Systems que acabará convirtiéndose en Skynet y destruyen todo, incluyendo el brazo y el chip que quedaron atrapados en la prensa diez años atrás (que digo yo que realmente pudieron encontrar todo el endoesqueleto porque aunque separado en múltiples trocitos, quedó todo desperdigado por la fábrica del final de la primera película y todo el tronco y la cabeza atrapados bajo la plancha pero volvamos a aceptar al simpático pulpo). La película acaba de nuevo en un entorno industrial, esta vez una fundición. El T-1000 se funde y el Terminator bueno les pide que le destruyan a él y al brazo y el chip encontrados en Cyberdine Systems. Y Sarah y John lo hacen. Pero antes de eso, en la última pelea entre el T-1000 y Arnie, éste pierde un brazo que queda atrapado en una rueda y nadie parece acordarse de él. ¿Es que ese no había que destruirlo?

La película acaba ahí oficialmente. Hay, sin embargo, material rodado que se descartó en el montaje que mostraban a Sarah y John treinta años después de esos sucesos en el que aparecían en un parque de Washington con el Capitolio al fondo. Sarah es abuela (hay una niña correteando por allí que la llama como tal) y John es un congresista que ha cambiado las armas por la política en su misión como redentor de la humanidad. El día del Juicio Final nunca llegó a producirse y todos vivieron felices y comieron perdices. Pero, claro, ese final tan cerrado no dejaba ninguna puerta abierta a posibles secuelas y supongo que la productora (más que el propio director) decidieron dejar un final inconcluso y más abierto para la historia en caso de que en el futuro quisieran retomar la saga.

Y lo hicieron, para desgracia de muchos.

Terminator 3: Rise of the machines (Jonathan Mostow, 2003) fue un despropósito de principio a fin. Realizada doce años después de su predecesora (entre el primer y segundo film sólo trascurrieron siete años) con un Schwarzennegger más que talludito y un Nick Stahl interpretando a un John Connor sin carisma ninguno. Por no hablar del personaje de Claire Danes; que la muchacha tuvo su gracia en My so called life, incluso en Romeo+Julieta pero que aquí estorbaba más que otra cosa.


El argumento era el siguiente: con Sarah Connor muerta por leucemia años atrás y la amenaza de Skynet ya diluida en el horizonte, John Connor es un pringao sin rumbo ni destino. Pero llega un nuevo modelo de Terminator, una TX, también líquida pero con armamento incorporado, para acabar con todos los que en el futuro serán lugartenientes de Connor en la resistencia. Cual no es la sorpresa de la pérfida terminatrix cuando se encuentra por el camino con el propio Connor, objetivo principal de las máquinas. Y de nuevo persecuciones, sin mucho sentido esta vez, y al Terminator bueno contándole a John que el apocalipsis es inevitable por muchos esfuerzos que hayan hecho y que Katherine Brewster —Claire Danes— es su mujer en el futuro y su segunda de a bordo por lo que es de vital importancia ponerlos a salvo. Y la peli acaba con ellos dos en un refugio nuclear del desierto asistiendo por radio al dichoso día del Juicio Final. O sea que, si bien en las dos primeras películas el futuro no estaba escrito sino que cada acción realizada lo modificaba ("No fate but what we make"), en esta tercera nos quieren vender una tragedia griega en la que los designios divinos son inalterables y el destino inamovible. Todavía me acuerdo del rebote que pillé cuando salí del cine...

Y ahora, a la espera de Terminator Salvation: The future begins, me introduje sin muchas ganas en la serie de televisión que narraba las visicitudes de Sarah y John Connor en un universo paralelo que se situaría entre la segunda y la cuarta (con lo que la tercera quedaría invalidada). Y digo sin ganas porque aunque tengo la manía de bajar toda serie mínimamente interesante que se estrene al otro lado del charco (incluso, a veces, de las que se estrenan aquí) no me llamaba la atención en exceso (de nuevo recordemos lo que decía en los primeros párrafos, no me suele atraer la ciencia-ficción aunque este caso fuera aún más flagrante puesto que se trataba de una serie basada en unas películas que sí me gustan). A mi poco interés se le unía el hecho de que, desde su estreno, TSCC ha ido dando bandazos sin acabar de atraer a una gran cantidad de público. No oía/leía cosas buenas sobre ella y, de hecho, a la hora de verla, el rumor de su cancelación definitiva es un hecho que muchos dan por sentado. Tan solo una amiga me dijo que le estaba gustando y que la seguía semana a semana. Y quizá porque suelo coincidir bastante en gustos seriefilos con ella, le concedí una oportunidad.

Y, sin duda, no me arrepiento en absoluto. Es más, ahora soy yo la que espera que a los de Fox se les crucen los cables y la renueven para una tercera temporada (tampoco es tan descabellado, ha alcanzado un 53% de los votos en la encuesta anual de “Save one show”). Y junto con Dexter es la única serie que ha conseguido que quiera volver a ver de nuevo nada más acabar el primer visionado (que, claro, con una peli es sencillo, pero ponte tú a ver de nuevo veintidós horas de capítulos). Vaaaaale, admito que Lena Headey ha tenido un gran peso en mi fascinación por la serie. Que me gustan a mí las morenas de treinta y tantos y con ojos verdes (y de armas tomar), oye, qué le voy a hacer...

Y en el próximo post, la crítica sobre la serie.





¡¡¡Aaaay, omá qué rica!!!