lunes 27 de octubre de 2008

Consejos para subir las visitas a un blog y echarse unas risas mientras tanto

Querida amiga, querido amigo, ¿tiene usted un blog? ¿Está hart@ de que las visitas no suban ni poniendo cada tres líneas "Britney Spears depilándose el pubis con una gillette oxidada"? ¿Se ha quedado sin dinero para sobornar a sus amigos y que le dejen comentarios? ¿Aparte de su prima la de Cuenca, nadie enlaza su página? He aquí la solución. Nada de costosas campañas de marketing viral. Nada de ir comentando de blog en blog con la esperanza de que alguien le devuelva la visita. Es todo mucho más sencillo: métase con alguien. O haga creer que se está metiendo con alguien. O defiéndase ante los seguros ataques contra usted que se habrán producido si tiene la desgracia de que ciertas personas le consideren una "figura pública" (bonito eufemismo de: "Me sobran cien dardos con veneno y necesito una diana en la que clavarlos").

No pierda más el tiempo elaborando sesudos artículos sobre los estragos que está causando la crisis económica (ya resulta poco original). Ni analizando la última novela de Auster (nadie lo leerá, ni el libro, ni mucho menos su post). Tampoco hablando de su serie favorita (ya hay choporrocientos treinta y siete blogueros haciendo lo mismo). La libertad de expresión y la democratización de Internet pasan por ser todo lo políticamente incorrectos e infantiles que se pueda. Infame, insulte, ríase de todo y de todos. Aquí ya nada importa y todo vale.

Por supuesto, ni se le ocurra moderar jamás el sistema de comentarios. Esa es su mina de oro. Y si algún día tiene la suerte de que aparezca un troll en su jardín virtual, jamás borre las palabras que le dedique. Y, mucho menos, haga caso de esa regla de la netiqueta de "No alimentes al troll". ¿Cómo que no? ¡Aliméntelo! ¡Atibórrele de comida! ¡Sírvale en bandeja de plata un entrecot poco hecho! Estos seres huelen la sangre a kilómetros de distancia y acuden raudes y veloces a la llamada de la violencia verbal. Déjeles hablar, que se expresen, animalitos. A todos nos decían cosas feas en el colegio pero ya sabemos que algunos nunca superaron aquello. Los trolls no tienen otro modo de calmar su rabia interna. Además, no se preocupe, siempre firman como anónimos. O se esconden tras nicks que no enlazan a ningún sitio. Son etéreos. Aún más virtuales que la red misma. O sea, que tampoco hay nada por lo que preocuparse. Total, en la vida siempre aparecen enemigos, ¿qué importan unos cuantos más?

Si sigue estos sencillos y útiles consejos, sus visitas creceran un cuatrocientos por cien en menos de veinticuatro horas. Sus comentarios se multiplicarán. Y en las opciones de su servicio de estadísticas verá como el enlace a su blog viaja a través del correo electrónico de personas anónimas con sed de sangre que se avisan las unas a las otras para acudir al lugar del crimen.

La vida es maravillosa. Absurda, pero maravillosa.

jueves 23 de octubre de 2008

Criticar por criticar (o "me quedo muerta con la soberbia de la peña")

Lo reconozco, me he levantado tocapelotas. A decir verdad llevo así ya un par de semanas. Consecuencia inevitable de:

a) Mis dolores cervicales y toda la ristra de síntomas colaterales que producen.
b) Soportar el síndrome de Peter Pan, la incoherencia, la inmadurez y la tontería de los de mi quinta.
c) No encontrar trabajo ni hincándome de rodillas delante de los entrevistadores y mientras tanto ver que mi cuenta corriente se está poniendo en color rojo carmesí.
d) Un largo etcétera que sería imposible de reproducir aquí.

Por tanto voy a ejercer mi derecho de pataleo, queja, sarcasmo e ironía. Ese mismo derecho que otros tantos ejercen sobre mí sin que ni siquiera hayamos sido formalmente presentados. Y lo admito, llevaba mucho tiempo pensando en escribir este post. La fría razón y la reposada indiferencia hacia la estupidez e ignorancia ajena me lo quitaban de la cabeza en cuanto la idea me sobrevolaba. Pero hoy tengo ganas de desahogarme, que a veces viene bien. Y aunque sé que personas que me quieren pensarán que no debo hacerlo porque sería rebajarme al mismo nivel de esas otras individuas que tan mal me quieren, como que servidora está ya hasta la raja de según qué demostraciones de prepotencia.

Desde que hace cinco años comencé a publicar tuve claras varias cosas. A saber (hoy me ha dado por las enumeraciones, vaya por dios):

a) Estaba entrando en un mundillo vil, envidioso, falso e hipócrita en el que quien te adula a la cara, escupe veneno sobre ti en cuanto no estás presente.
b) No hay críticas. No en el sentido original de la palabra, desde luego. Hay ataques. Cruentos y, curiosamente, casi siempre personales.
c) Las críticas furibundas, pese a todo, no significan que hayas fracasado. Más bien al contrario. Proporcionan polémica y publicidad gratuita. En el fondo es la mejor estrategia de marketing que existe.
d) Es la prueba de fuego para comprobar quiénes son realmente tus amigos y quienes no son más que lobos disfrazados de corderos.

Cuando alguien publica una novela, lógicamente, espera que guste. Y en el fondo los autores somos seres vanidosos de autoestima ciclotímica que necesitamos sentirnos queridos aunque sea por una masa de seres anónimos a los que jamás conoceremos (y el autor que niegue esto, miente como un bellaco o se autoengaña). Pero también somos conscientes de que es estadísticamente imposible gustar al todo al mundo (aparte de que sería preocupante que algo así ocurriera). Así que tratamos de que las críticas negativas no nos afecten en demasía.

Aunque, la verdad sea dicha, críticas hay pocas. Me refiero a críticas razonadas y objetivas en medios escritos que, habitualmente, no pasan de reseñar el libro con el mismo texto que aparece en la cuarta de cubierta o un resumen del mismo con lo que creen más significativo. No se puede pedir más ya que es muy posible que eso sea lo único que hayan leído de la novela en cuestión. Así que, en plena era Internet, las críticas llegan por otras vías: blogs, foros o, en mi caso, dada mi vena masoquista de poner una dirección de e-mail al final de mis novelas, de vez en cuando al abrir la susodicha cuenta de correo.

A las críticas en plan “no me gusta”, “tu libro es una mierda” o similares les presto la misma atención que a las que me halagan, adoran o intentan tener una cita conmigo (que de todo hay). Son opiniones de cada cual y no soy nadie para llevarles la contraria. Lo que ya me toca las narices son las críticas llenas de odio e inquina que, más que críticas, son ataques personales inicialmente infundados pero que si indagas un poco descubres que ocultan mucha mierda bajo ellos. Y es que si el mundo, en líneas generales, resulta un lugar muy pequeño en el que todos nos conocemos, cuando acotas más el círculo y te centras en el mundillo gay y lésbico parece que estés viviendo en el más pequeño y recóndito pueblo de provincias. Y los rencores afloran a la vuelta de cada esquina que pretendas doblar.

Hace unos meses encontré un interesantísimo blog de una inefable, ilustrada y, sobre todo, muy humilde y respetuosa (juas) muchacha que decía ser correctora y traductora en el que se lanzaba a una apasionada disección de mi primera novela. Si la cosa hubiera acabado ahí no le habría prestado la menor atención. Pero sus palabras estaban demasiado cargadas de mala leche y sus argumentos demasiado basados en un distorsionado conocimiento de mi persona, dejando entrever que estaba al tanto de numerosos aspectos de mi vida privada. Aunque en un principio la crítica intentaba sostenerse en los problemas de corrección (y que asumo y acepto pero que no puedo controlar) pronto el discurso derivaba al ataque frontal y a una deformación total del argumento convirtiéndolo, de nuevo, en una supuesta alusión a la descripción que “alguien” le había debido de dar sobre mí (descripción, por supuesto, insultante y vejatoria y no es que me pique por comer ajos, es que sé de sobra lo que ese “alguien” piensa de mí).

Pero lo más divertido venía en los comentarios al citado post. Ni un grupo de linchamiento nazi lo hubiera hecho mejor. Menos bonita, me llamaron de todo. Alentados por el tono de la autora del blog, sus comentaristas me dedicaron frases llenas de desprecio en las que decían que yo “daba pena”, que mi única preocupación debía ser “pillarme a la tía más buena que me sea posible” o que esperaban no convertirse nunca en alguien como yo (eso lo decía otra escritora bollo, perdón, de temática lésbica) como si yo fuera la reencarnación de Lucifer o algo así. En el caso de esta escritora de temática la cosa tenía aún más guasa porque entrando en su página personal y en su blog se apreciaban constantes faltas de ortografía y sintaxis por no hablar de que entre sus mayores logros a nivel literario se encontraba el hecho de que sus libros se distribuían intercionalmente a través de La casa del libro, Libros latinos o Amazon.com (como todos, querida, como todos). Joder, si llego a saber que esa era una información importante habría puesto en mi página la interminable lista de páginas de venta de libros en las que se pueden conseguir mis mediocres novelas. O que estas mismas novelas están en las bibliotecas de la mayor parte de las universidades yanquis de la Ivy League. O que en una de ellas me incluyeron en un curso de literatura española femenina junto a otras autoras mediocres como Rosa Montero, Dulce Chacón o Lucía Etxebarría... Y lo mejor de todo es que esta autora afirmaba no decir más cosas que sabía sobre mí porque no se quería “crear enemigos”. Pues menos mal. Y, por supuesto, estoy segura de que si mis “incorrecciones gramaticales” las cometiera ella o la anfitriona del blog no serían tales sino que estarían “experimentando con el lenguaje”. Que ya sabemos que no todo el mundo se mide con el mismo rasero.

Cuando la cosa ya estaba totalmente desmadrada, quise responder en forma de comentario (educado, mesurado y respetuoso aunque no por ello exento de ironía). Por supuesto, la autora del blog, que tenía activado el sistema de moderación de comentarios, no le salió de los tachines (como diría ella) de publicarme el citado comentario, no fuera a ser que quedase patente que mi educación de colegio público le daba mil vueltas a la que ella había recibido en las más afamadas y elitistas universidades del país. Eso sí, admitió los comentarios de una amiga mía sólo para menospreciarla y hacerla dudar de mi amistad con ella. A veces me pregunto cómo puede caber tanta soberbia en un cuerpo tan pequeño como el que esa muchacha decía tener.

No hizo falta investigar mucho para dar con la persona que se escondía tras ese blog. Y con nombre, apellidos, teléfono y genealogía bollo incluida. Que ya lo dicen en The L Word: en el mundo bollo estamos todas conectadas con menos de tres saltos. Así que el hecho de enterarme de que esa humilde y respetuosa (juas) bloguera había estado o estaba liada con “alguien” de mi pasado que no me tiene precisamente en demasiada estima no me sorprendió en absoluto. “Alguien” que en un tiempo pretérito pareció ser amiga mía y no una, sino dos veces, demostró no serlo en absoluto. “Alguien” de quien mis amigos, tras la presentación de mi primera novela, en la que ella estuvo presente, me contaron alucinados que no hacía más que lanzarme furibundas miradas de envidia (y es que ese “alguien” siempre me demostró que pensaba que yo carecía de talento alguno, a diferencia de ella, que se debía considerar una de esas artistas multidisciplinares que saben hacer de todo y todo bien, claro). Por no mencionar que tiempo después encontré su blog por casualidad y vi cómo me dedicaba dos post, a falta de uno, en los que, sin mencionar mi nombre, por supuesto, me ponía a caer de un burro.

Vamos, que yo comprendo que cuando sobrepasas los treinta y te encuentras con que la gente con la que te tomabas copas una década antes está publicando libros, triunfando en la música o convirtiéndose en dibujantes de culto mientras tú sigues dando conciertos en garitos sin resultado alguno y esa película que rodaste con cuatro duros es tan mala que haría que Yo soy Bea resulte un prodigio de originalidad tiene que joder. Y frustrar. Pero de ahí a extender el veneno que circula por tus venas a cualquier persona con la que te tomas un café o le comes el parrús va un abismo. Yo podría haber hecho lo mismo con ella y salvo por una referencia paródica en uno de mis libros y las anteriores líneas, no lo he hecho nunca.

Lo curioso del caso es que yo jamás me he creído mejor escritora que cualquier otra. Que jamás he vertido mi mala leche contra alguien que no me cause simpatía (y si lo hago es siempre en petit comittè con mis íntimos). Siempre he intentado ser una persona respetuosa, humilde y educada. No todos los libros que me leo me gustan. Sin embargo no tengo ni tanto tiempo ni tanta inquina, prepotencia y resentimiento como para dedicarme a lanzar improperios contra sus autores. Me limito a dejarlos en la estantería y olvidarme de ellos. Además, buenos o malos, todos los libros llevan un proceso y, por tanto, quienes los escriben se merecen mi más absoluto respeto, al menos como personas, cosa que otros parecen haber olvidado.

Sé que me estoy buscando avivar una polémica que ya se había extinguido. Sé que este tipo de enfrentamientos son el pan nuestro de cada día de las personas que tenemos la suerte o la desgracia de hacer algo a nivel público. Sé que ni siquiera me debería haber molestado en escribir todo esto. Pero resulta que yo también tengo derecho a patalear y defenderme sobre todo cuando considero que las razones de las críticas que se vierten sobre mí están más fundadas en odios personales que en cuestiones puramente objetivas sobre lo que escribo.

Nunca he entendido a esas personas que creen pertenecer a una particular élite cultural que les concede el beneplácito de menospreciar y vilipendiar todo aquello que no se ajusta a sus exigentes cánones acerca de lo que es bueno. Nunca he entendido a esas personas que miran por encima del hombro y se creen mejores que quien camina a su lado y pierden tanto tiempo y energías en pretender demostrar lo superiores que son. O esas personas que piensan que por utilizar media docena de palabras esdrújulas por frase están haciendo mejor literatura que la que emplea un lenguaje más coloquial. O las que, encima, se permiten el lujo de insultar y menospreciar a las personas que leen esa “mediocre” literatura que ellas tanto desprecian, llamándolas garrulas e incultas.

Cuanto más tiempo paso en este mundo, menos entiendo a las personas que lo pueblan. Y, por supuesto, más quiero a mi perro...