lunes 29 de septiembre de 2008

Rebelarse vende

En esto consiste el negocio de la contracultura. Es una estrategia de marketing que se ha usado no sólo para vender productos comerciales normales y corrientes, sino para vender un mito sobre el funcionamiento de nuestra cultura. Si queremos librarnos de su influencia debemos aceptar que el orden social consiste en un sistema de normas que, necesariamente, se imponen mediante la coacción. Naturalmente, las normas requieren una legitimidad y el sistema no funcionará sin la rotunda conformidad popular. Sin embargo, todo sistema de cooperación incita a determinadas minorías a desobedecer las normas, cosa que debe castigarse. Esto no es un acto de represión generalizado. Por lo tanto, oponerse a estas normas no constituye una disensión, sino una desviación social. Será divertido, pero no es lo más conveniente para sacar adelante una opción progresista mínimamente seria.


Rebelarse vende. El negocio de la contracultura
Joseph Heath y Andrew Potter


A veces una encuentra libros que realmente exponen ideas y no se limitan a cacarear las de otros cual loritos de repetición. Libros que te hacen pensar y que incluso desmontan a otros supuestos libros que remueven conciencias (en este caso No logo, en cuya lectura estoy inmersa ahora).

De todas formas, en un mundo como el actual, donde cualquier postura que adoptes se convierte en un arma de doble filo, donde no hay apenas valores, ni autenticidad ni casi nada por lo que merezca la pena luchar; un mundo en crisis no sólo económica sino también moral y emocional, ¿puede un insignificante peón encontrar su sitio?

viernes 26 de septiembre de 2008

El patio de mi cárcel

El otro día asistí a un pase especial para bloggers, organizado por Warner Bros España, en el que proyectaron la opera prima de Belén Macías, El patio de mi cárcel. Como todo lo que huela a drama social me atrae como la luz a los mosquitos me planté allí con ganas (además, ya me conocía el camino, no en vano hice una entrevista para la Warner hace unos meses).

La película tuvo un arranque que pretendía ser potente: un atraco a mano armada en un banco con ecos de la primera escena de
Pulp fiction. Pero sólo eso, ecos porque en mitad de la escena nos cascan un flashback que ni viene a cuento ni entendemos para luego volver al banco y comprender que el asalto será frustrado.
A partir de ahí la película te inunda de una constante sensación de dejà vú, de algo mil veces visto y que a fuerza de repeticiones ya no emociona o impacta como debería. Los tópicos carcelarios se suceden, incluida la fase de la redención a través del arte a la que, a pesar de todo, no se le saca todo el partido que se le podía haber sacado. La película no acaba de funcionar porque parece que nunca arranca y, mientras, las secuencias se suceden sin ton ni son con un hilo argumental bastante débil hasta llegar a un final que ya se intuía desde el principio.

En cuanto a las interpretaciones, sin duda lo más reseñable de la película, son correctas. Y es que ya empieza a ser un tópico lo de interpretar personajes marginales para dotar de credibilidad a una carrera. Cuando un actor o una actriz quiere demostrar su versatilidad, se
mete en papeles de drogadicto, homosexual, enfermo terminal o disminuido psíquico. Pero ya no cuela. Verónica Echegui cumple su cometido con un personaje que sigue en la línea quinqui de la Juani aunque con un poco más de profundidad (cosa tampoco difícil) mientras sigue ganando puntos para convertirse en la próxima Penélope Cruz (el enorme parecido físico que guardan todavía me hace sospechar un posible parentesco entre ambas). Candela Peña, que le pasa como a María Botto y cada vez está más y más delgada, está demasiado comedida en su papel y la aparición de Blanca Portillo es meramente anécdotica, como si hubiera llegado por casualidad al rodaje y le hubieran dicho que ya que estaba, que hiciera algo. Quizá Ana Wagener sea la que resulta más auténtica en su recreación de madre gitana maltratada que acabó matando a su marido.

Sin embargo, para mi gusto, hubo muchas incongruencias. Empezando por esa escena de sexo lésbico totalmente metida con calzador que no aporta absolutamente nada a la trama. Ya sabíamos que había una pareja de mujeres y más tarde se deja suficientemente claro (aparte de que en dicha escena es complicado reconocer qué personajes son los que aparecen). Lo de la presencia de inmigrantes en el penal también me suena un poco forzado. La película está ambientada a mediados de los ochenta y, que me corrijan si me equivoco, en esa época la afluencia de inmigración era bastante escasa y anecdótica. Y el hecho de que un par de yonquis de tres al cuarto consigan armas de fuego con tanta facilidad o que se dediquen a atracar bancos sigue chirríandome. Los yonquis en los ochenta atracaban en la calle con navajas o destornilladores (esto último es verídico, doy fé), España no es Yanquilandia y conseguir armas no es tan sencillo. En definitiva la película consigue un aprobado raspadillo y con el tiempo le pasará como a Entre rojas, la otra película de mujeres carcelarias de la filmografía patria: sólo unos pocos recordarán haberla visto.