martes 29 de julio de 2008

Visibilidad

Lo admito. A veces soy un poco radical. Pero es porque hay cosas que, por más tiempo que pase, no logro entender. Una de esas cosas es la manida polémica entre salir del armario y hacer outing.

Se supone que salir del armario es una decisión personal y hacer outing sobre determinado personaje es violar su intimidad. Por tanto hacer outing está mal visto incluso por los propios gays y lesbianas salvo en casos de personas públicas que aún siendo homosexuales se posicionan en contra de los derechos de estos. O lo que es lo mismo, si eres una marica buena y discreta que no da que hablar, respetaremos tu privacidad; en cambio si eres una marica mala, de esas con sotana que se dedica a corromper monaguillos en sus ratos libres y luego en el púlpito lanza soflamas sobre la gran lacra que suponen los homosexuales para la sociedad, estamos legitimados para sacarte a patadas del armario y te retractes de lo dicho o te avergüences de ti mismo. Puedo ver la diferencia, de acuerdo. La diferencia que hay en la superficie. Sin embargo en el fondo es tan necesario destapar la homosexualidad de cualquier obispo, político, actriz, cantante como que se sepa que el vecino del cuarto o la chica de contabilidad se pasean por la acera de enfrente.

Hace un mes, con motivo de las fiestas del Orgullo, participé en una mesa redonda que pretendía llegar al fondo de una cuestión que ya es casi un clásico dentro del colectivo homosexual: la invisibilidad de las lesbianas. Y digo pretendía porque, como casi siempre ocurre en este tipo de actos, se debatió y se debatió sin llegar a una conclusión satisfactoria. Bueno sí, a la de siempre. La del miedo y la doble discriminación. Razones que con el tiempo han perdido casi todo su peso y que, en mi opinión, no son más que una excusa perfecta para disfrazar la comodidad que supone a veces vivir entre las sombras.

Porque sí, para las lesbianas es muy cómodo no asumir su orientación. Siempre ha sido muy fácil disimular. Dos mujeres que viven juntas, que se tocan o que incluso van por la calle de la mano ni ha sido algo peligroso (aunque en el fondo lo sea mucho más que la homosexualidad masculina puesto que el lesbianismo ataca al patriarcado en sus cimientos) ni se ha tomado en serio ni mucho menos ha llamado la atención tanto como si fueran dos hombres los que actuaran así. No pocas parejas de mujeres he conocido a lo largo de los años que vivían cual matrimonio pero que cuando los respectivos padres de una y otra iban a su casa de visita, montaban una estudiada puesta en escena para que a ojos de los progenitores parecieran simples compañeras de piso con una habitación para cada una. Aunque los padres tuvieran que dormir en el sofá. La farsa siempre se ha sustentado en la incomodidad propia y ajena.

Otras lesbianas esgrimen como motivos para no hablar con sinceridad de su orientación el que sus padres son ya muy mayores y no lo entenderán, que están muy enfermos y no quieren darles un disgusto o cualquier motivo de esa índole. O lo que es lo mismo, el carácter solícito y complaciente del que siempre se ha dotado —erróneamente— a la mujer ha acabado haciendo mella también en las lesbianas. Agachan la cabeza dóciles y sumisas y sacrifican su identidad en pos de la supuesta felicidad de los que las rodean. Por eso digo que yo soy muy radical. Porque si mi familia hubiera puesto mi orientación sexual por encima del hecho de que soy su hija, nieta, sobrina o prima yo misma hubiera llegado a la conclusión de que esa familia no merece que permanezca entre ellos. Porque se supone que el tan cacareado amor filial y sanguíneo es tan fuerte, debería estar por encima de cualquier circunstancia.

Más motivos: la precariedad laboral. Pero a la precariedad laboral le importa una mierda si eres lesbiana, pansexual, marroquí o de izquierdas. Existe para todos. Para unos más que otros, de acuerdo. Pero si algo he aprendido después de haber pasado por docenas de trabajos temporales, es que siempre habrá otro esperándote a la vuelta de la esquina. Si algo sobra en este país son los empleos mal pagados. Y a veces, salir del armario en el trabajo es más eficaz que muchas campañas de concienciación: te ven todos los días, aprenden a convivir contigo y al final ven que no hay ninguna diferencia.

Aunque quizá mi excusa favorita para negarse a abandonar ese cómodo rincón entre los jerseys de invierno y los vaqueros que ya no te valen es la que esgrimen muchos al grito de: “¡Es mi vida privada! ¡Los heterosexuales no van contando con quién se acuestan!”. A ver, queridos y queridas, puede que los heterosexuales no vayan contando con quién se meten en la cama (aunque de todo hay) pero porque quizá no quieran que se sepa con qué personas en particular lo hacen. Sin embargo, su heterosexualidad está presente en cada palabra, gesto o movimiento. Primero por esa puta presunción de heterosexualidad que sigue instalada en las mentes de todos y segundo porque a los diez minutos de conocer a cualquier hetero ya sabes que lo es puesto que te habrá hablado de su marido, su mujer, su novi@ o cualquier otra circunstancia que te lo confirme. La vida privada es el círculo de personas con nombre y apellidos con las que te relacionas. La sexualidad es una parte tan inherente al ser humano que es imposible ocultarla pese a que gays y lesbianas llevemos milenios haciéndolo. Es más, cualquiera que hable ambiguamente sobre su vida privada es candidato de pleno derecho a ser sospechoso de ir por una acera distinta.

Al fin y al cabo lo mejor para no tener que salir del armario es no meterse nunca en él. Y sí, puede que en ciertos lugares y circunstancias mostrarse sin ambages puede acarrear problemas. Pero nunca tantos como estar continuamente mintiendo, inventando historias y aparentando ser lo que no somos. Hoy en día la situación ha mejorado sustancialmente y no es que ahora haya más maricas porque está de moda, como dicen muchos; es que ahora hay menos miedo a decirlo. Y es esa pérdida del miedo por parte de unos pocos, los primeros, los auténticos pioneros del movimiento gay y lésbico, lo que ha hecho que estemos disfrutando de una situación envidiable comparada con la que se vivía no hace tanto tiempo.

Salir del armario es necesario (por mucho que cada vez me horripile más esa expresión). Es necesario mostrarnos tal cual somos. Es la única arma de la que disponemos. Mostrarnos, hacer ruido, vivir nuestras vidas sin tapujos ni mentiras. Sólo así se seguirá avanzando.