lunes 21 de abril de 2008

Página web oficial

Ahora sí. No está como me hubiese gustado pero es lo que tiene el DIY y el no poder pagar a un/a diseñador/a para que te lo haga: tú confías en que te saldrá bien porque no te llevas del todo mal con los ordenadores y ya tienes cierta experiencia tuneando blogs propios y ajenos. Sin embargo la realidad es mucho más cruel de lo que imaginabas y te da un sopapo en los morros con el resultado... Tú página web no es tan molona y original como querías.

Pero es lo que hay. Y me tenía que dar prisa porque el Estado sólo me paga el alojamiento y demás mandangas hasta febrero del año que viene. Quizá para entonces alguien con más idea que yo se haya apiadado de mí y para cuando tenga que soltar los cuartos pueda presentar algo más digno.

Echadle un vistazo y juzgad por vosotr@s mism@s: www.libertadmoran.es

martes 1 de abril de 2008

Activismo gay

Cuando hace un par de semanas fui hasta Valladolid para presentar mi última novela invitada por la delegación de Fundación Triángulo de esa ciudad en ningún momento oculté ni mi pasado activista en la sede central de dicho colectivo ni la animadversión que todavía me producen ciertos actos y declaraciones de sus miembros más representativos. Del mismo modo también dejé claro que es algo que me ocurre con dicha sede central en particular y que soy consciente de que la dinámica en las sedes autonómicas es bien distinta por mucho que obedezcan a un ideario común.

Hace unos años, en A por todas, mi segunda novela (esa que parece no haber gustado a nadie y que, curiosamente, es la más vendida de las cuatro) aparte de ironizar sobre el ambiente —cosa que poca gente pareció entender— introduje una línea argumental secundaria acerca de los colectivos gays. Dado el tono paródico de toda la trama no creo que nadie llegara a creer que estaba reflejando una historia real. Los desfalcos se hacen en ONG que mueven cantidades millonarias y no en colectivos de maricas que bastante tienen con cubrir una serie de necesidades básicas. Sin embargo, sí que se colaron algunas irregularidades reales de las que yo fui testigo directo —e incluso cómplice—. Esas cosas suceden. Suceden en los colectivos gays y suceden en ONG de ayuda al inmigrante, de defensa de la naturaleza o de cualquier otra índole. Nadie se libra por muy loable que sea la causa por la que se luche.

En esa novela hay un diálogo entre dos de las protagonistas que vendría a definir las posturas más habituales frente al activismo gay. Por un lado tenemos a la jovencita de dieciocho años, utópica e idealista que ha mamado la política desde su más tierna infancia gracias a unas madres feministas que formaron parte de grandes luchas sociales en el pasado y por otro tenemos a una treintañera desencantada con ese sistema del que ella misma formó parte cuando tenía la edad de la primera y a la que ya no se puede convencer mediante demagógicas arengas prometiendo un futuro mejor:

—¿Me estás diciendo que los colectivos no sirven para nada?

—Estoy diciendo que las asociaciones se aprovechan de los voluntarios. Pero cualquier asociación, no sólo las gays. ¿Tú sabes cuánto dinero se ahorra el estado gracias al voluntariado?

—¿Y tú sabes la importante función del voluntariado en el engranaje social? Y ya no digamos en el asociacionismo gay. Si no fuera por los colectivos aún nos estarían metiendo en la cárcel por cogernos de la mano por la calle. Los colectivos gays hacen una importante función de socialización dentro de la comunidad. ¿A dónde iría toda esa gente que nunca ha tenido referentes positivos sobre la homosexualidad cuando se encuentra sintiendo atracción por personas de su mismo sexo?

—Que sí, que vale. Pero tendrás que estar de acuerdo conmigo en que la mayoría de la gente que se acerca a un colectivo lo hace con intención de ligar y conocer el ambiente y una vez conseguido eso, se largan por donde han venido…

—Pero siempre hay gente que se queda y trabaja para conseguir la igualdad… Sin ellas a día de hoy no podríamos estar hablando de matrimonio…

—¿Y qué me dices de toda esa gente que sale el día del orgullo gay en la cabalgata y el resto del año se esconden haciéndose pasar por respetables heteros? La lucha por la igualdad es una batalla diaria. Hay que reivindicar en el entorno de cada uno, en la familia, en el trabajo, con los amigos y muy poca gente tiene el valor suficiente para hacerlo…

—¿En tu trabajo saben que eres lesbiana?

—Por supuesto. Todo el mundo lo sabe.

—¡Pues si no hubiera habido colectivos luchando por los derechos de gays y lesbianas nunca habrías podido dar ese paso!

—Error, bonita. Si no hubiera habido gente que hubiese dado ese paso para demostrar a la sociedad que no somos bichos raros no se habrían podido crear colectivos que reivindicaran ningún derecho.

—Sí, ¿qué fue antes? ¿El huevo o la gallina?

—La lucha individual es la que determinó la creación de plataformas que representaran a gays y lesbianas en la sociedad. Si en las revueltas de Stonewall las personas anónimas no hubieran plantado cara a la autoridad nunca se habría creado el Frente de Liberación Gay.

—Y sin asociaciones que sirvieran de puente con los órganos de gobierno nunca se habría avanzado en leyes de igualdad y de no discriminación. Los colectivos cumplen una función fundamental en la lucha.


Debo admitir que las palabras de ambos personajes salen de mis labios. Porque yo fui, en su día, la adolescente utópica e idealista que creía poder cambiar el mundo y dedicaba horas y horas al activismo y yo soy, ahora, la treintañera desencantada con ese sistema en el que dejó de creer cuando vio que la mayoría de personas que dirigen el cotarro se ríen de los voluntarios que les sacan todo el curro con el que se ponen las medallas de cara a la galería.

A mí siempre me llamó la atención el voluntariado y el asociacionismo. Aterricé en Fundación Triángulo (como podría haber aterrizado en COGAM o en RQTR) con dieciocho años. Ya conocía el ambiente por lo que mi motivación no era la de autoaceptarme o buscar referentes. Simplemente teníamos, mis amigos y yo, una tarde aburrida y sin nada que hacer hasta la noche por lo que decidimos pasarnos por ese sitio en el que un conocido nuestro colaboraba. Recuerdo que ese día habían programado un vídeo forum con la película Trilogía de Nueva York y un posterior debate. Y yo, de repente, me encontré con un foro abierto en el que no sólo expresar ideas sino ayudar a que éstas fueran escuchadas por el resto de la sociedad.

Y así, poco a poco, cada sábado antes de irme de juerga y, más tarde, entre semana cuando no tenía nada que hacer, me fui dejando caer por ese pequeño local que albergaba a tanta gente que luchaba por una causa común. En ningún momento me planteé lo que estaba haciendo. Fue un proceso natural y espontáneo. Para cuando quise darme cuenta formaba parte del grupo de jóvenes y estaba coordinando y presentando un programa de radio semanal así como participando en toda actividad que requiriera de mi presencia o mi ayuda. Luego llegaron los festivales de cine, los encuentros estatales de grupos de jóvenes gays y lesbianas, los viajes para representar a la asociación e, incluso, las sesiones de fotos para ilustrar los folletos que se editaban con la intención de normalizar nuestra imagen.

Guardo muy buenos recuerdos de aquella época pese a que ahora por mi boca sólo salgan frases irónicas respecto a esta entidad. Me lo pasé bien, disfruté y conocí a muchas personas que hoy en día se han convertido en mis mejores amigos. Y sí, soñé con cambiar el mundo. O la pequeña parte del mundo en la que me había tocado vivir.

Recuerdo ahora con gran cariño (sobre todo por la perspectiva de los años transcurridos) nuestra ingenuidad manifestándonos dos veces en el año 98 pidiendo una ley de parejas al gobierno popular. Ni soñábamos con conseguir el matrimonio. Los más optimistas augurábamos que, tal vez y sólo tal vez, sería algo que viéramos cuando fuéramos bastante mayores. Pero no fue así. Apenas siete años más tarde, una reforma en el Código Civil (y a ver si algunas personas se enteran ya de una vez que nadie ha hecho “una ley para que se puedan casar los maricones”) permitía el matrimonio entre personas del mismo sexo. La sociedad demostró que podía cambiar y, además, hacerlo en muy poco tiempo. La lucha había obtenido sus frutos. No había sido en vano. Sin embargo, ¿es justo adjudicarle todo el mérito a los colectivos gays?

Todo aquel que ha estado vinculado a una asociación, del tipo que sea, sabe que su organización y dinámica interna no difiere mucho de la de un partido político (pese a que muchas de estas asociaciones prefieran definirse como apolíticas). En mi opinión no es que no difieran mucho sino que son exactamente iguales. En un partido político están los dirigentes por un lado y los militantes de base por el otro. En una asociación (gay, en este caso) están los miembros de la junta directiva, por mucho que haya elecciones internas (salvo en el caso de FT donde, al regirse por un régimen de patronato, dichos miembros lo son de forma vitalicia hasta que dimiten… o mueren, en el peor de los casos), y los voluntarios de base. En ambos casos unos curran y otros se llevan la gloria. Además, resulta curioso que muchos de los que ostentan cargos tengan aspiraciones políticas o, de hecho, acaben militando en algún partido. Sin ir más lejos, durante mi estancia en FT conocí el caso de un jovenzuelo que con dieciocho años se afilió a Nuevas Generaciones, con veinte se metió en el PDNI (el partido que creó Cristina Almeida) y poco después estaba bien asentado en las Juventudes Socialistas. En petit comité a este individuo no se le caían los anillos al afirmar que consideraba su paso por FT como un trampolín político (aquí obviaré que, a ojos de mucha gente, este chaval demostraba una incompetencia ostentosa que disimulaba rodeándose de las personas adecuadas). A día de hoy no sé qué habrá sido de él pero revisé concienzudamente las últimas listas electorales del último partido en que sé que militaba y, por suerte, no vi su nombre.

En resumidas cuentas, puede que la militancia gay no sea tan lucrativa como lo pueda ser la de un partido político cualquiera. Sin embargo no es dinero lo que mueve a ciertas personas sino la tan cacareada erótica del poder. Queda muy bien poder decir: “Soy el presidente/vicepresidente/secretario de…”, “Tengo una vocalía en…”, “Toma la tarjeta de mi nuevo cargo…” o tantas otras frases con las que demostrar al vulgo cuán lejos han llegado y lo poderosos que son en su entorno. Y, claro, cuando tú has estado currando en los proyectos, cuando has sacado el trabajo adelante, cuando te has roto los cuernos para que todo saliera bien y llegan estos individuos a recibir palmaditas en la espalda por algo que ni siquiera habrían sabido hacer, te hierve la sangre. Tengo perfectamente comprobado que la inmensa mayoría de personas con un alto grado de implicación en un colectivo y que han acabado por desvincularse de él lo han hecho completamente quemados, hastiados y desencantados. Yo no he sido la única. Y eso que yo nunca he tenido aspiraciones políticas ni deseos de tener un “silloncito”.

Luego pasa el tiempo y ves cómo ideas que tú tuviste y que no te dejaron llevar a cabo por las más peregrinas de las excusas, ahora se están realizando. O ves, como en el caso del LesGaiCineMad, que han enterrado los primeros años del festival (el esfuerzo por levantarlo, lo que hizo que hoy tenga cierto nombre) y que ahora, teniendo más medios y más infraestructura de la que tú pudiste soñar en su momento, escuchas y ves cosas que hacen que sientas que están tomando el pelo a la gente.

¿Quiere decir todo esto que los colectivos no sirven para nada y que sólo están para que unos pocos se lleven la gloria? No. Tampoco es eso. Hay personas y personas. Personas que curran y merecen la pena y personas a las que más les valdría cerrar la boquita y quedarse quietos. Los colectivos son sumamente útiles. Sirven de puente con los órganos de gobierno y han presionado para lograr la consecución de nuestros derechos. ¿Sin ellos no habría habido esa reforma en el Código Civil que, de un plumazo, nos transformó en ciudadanos de pleno derecho? No pero sí.

La misma presión que se hizo durante los últimos años de gobierno popular y los primeros meses de gobierno del ejecutivo de Zapatero se había hecho desde la creación de estos colectivos, primero tímidamente y después a mayor escala a medida que dichos colectivos aumentaban y consolidaban su posición. ¿Cuál es la diferencia entonces? Aquí es donde entra el concepto de activismo personal en el que tiende a creer una persona como yo que hace mucho que desconfía de estos organismos.

Para mí, el activismo personal es la base de toda lucha. Para que un grupo de personas decida reunirse y agruparse bajo una demanda común debe existir una convicción individual que anime a ello. En 1969, en Nueva York, no existía un movimiento gay organizado. Fueron las personas anónimas las que se rebelaron ante los reiterados abusos a los que se veían sometidas. De hecho fueron precisamente los transexuales los que más dieron la cara en aquellos momentos (para que ahora esos maricas peperos tan perfectos y elitistas pongan el grito en el cielo y quieran apartar la lucha trans por considerar que no compartimos reivindicaciones y que daña la imagen del colectivo). Esas personas anónimas, los trans, los gays, las lesbianas, los bisexuales son los que, desde entonces, han dado la cara en un lugar mucho más importante y trascendente que una sala de reuniones: en la vida diaria. Creo firmemente que lo que ha hecho que esté cambiando la percepción de la sociedad respecto a la homosexualidad se debe sobre todo a que cada vez hay más personas que la viven sin tapujos ni ocultamientos. Una manifestación ruidosa, frívola y carnavalesca (y que conste que en absoluto soy contraria a las festividades del Orgullo Gay) no es más que una exótica anécdota para los últimos minutos del telediario o para comentar el lunes por la mañana con los compañeros de la oficina. Sólo impacta momentáneamente. En cambio, si en esa misma oficina hay un gay o una lesbiana (o dos o tres o los que sean) que habla abiertamente de su orientación sexual, sin confesiones lacrimógenas, sin oscurantismo, sin refugiarse en un “es mi vida privada” tan opaco que ni el más reservado de los heterosexuales pronunciaría; si el presentador o presentadora de ese telediario fuera abiertamente gay o lesbiana; si los vecinos del cuarto llevasen a su hijo de tres años a pasear al parque con el resto de los niños; si tod@s y cada un@ de nosotr@s no desviáramos la mirada o nos encogiéramos de hombros cada vez que nos preguntan si tenemos una hipotética pareja que no se corresponde con nuestros gustos las cosas cambiarían todavía con mayor rapidez. Esos gestos, aparentemente inútiles, aparentemente inadvertidos son los que han cambiado la opinión de la sociedad desde dentro, los que han dejado el caldo de cultivo listo para que los colectivos puedan esgrimir ante los gobernantes que la sociedad está preparada para el cambio. Y los gobernantes, por una vez, les han hecho caso convirtiendo un país de pandereta que siempre ha permanecido a la cola de Europa en un referente mundial en lo tocante a legislación e igualdad de derechos.

Por todo esto, cuando alguien que se plantea meterse en un colectivo y comete la imprudencia de preguntarme por mi experiencia, siempre contesto lo mismo: Puedes pasarlo bien, puedes hacer cosas interesantes, puedes conocer a mucha gente pero no por pertenecer a un colectivo vas a cambiar más tu sociedad de lo que la cambiarías siendo tal como eres. Hay otra vía de activismo, la personal. Sin juntas directivas ni organigramas; sin subvenciones ni reuniones interminables; sólo tú y tu entorno, viviendo con naturalidad, sin mentiras, sin ocultamientos, con la cabeza bien alta y demostrando en todo momento que no eres ni mejor ni peor que quien camina a tu lado.