Queridos heterosexuales:
Os escribo libremente y sin animosidad aunque he de reconocer que algunos de vosotros me tenéis hasta el tesorito y más allá. Por ello, el motivo de mi carta es explicaros algunas cosas que todavía, pese a todo, parece que no os entran en la mollera.
Empezaré diciendo que vosotros no sois los normales. Tampoco nosotros. Nadie es normal. De hecho, sólo habéis empezado a denominaros heterosexuales en confrontación con nosotros, lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y todos aquellos que no nos ajustábamos a esa “norma” impuesta por vosotros acerca de lo que es aceptable y lo que no. Antes de eso os denominabais como “normales”. Es decir, los que hacían lo correcto, lo justo, lo moralmente bueno (no en vano, en inglés la palabra que se utiliza para nombraros es esa: straight; recto, derecho). Nosotros éramos los “anormales”, los que vivían al margen de la sociedad, los que cometían actos reprobables y atentaban contra la moral que vosotros instaurasteis como única.
Gracias al esfuerzo de muchos (la mayoría de nuestra parte, muy pocos de la vuestra) hoy en día la situación ha cambiado, al menos en este lado del mundo. Ahora está mal visto que nos insultéis y practiquéis esa homofobia que antes estaba instaurada —y bien vista— en todas partes. Aparentemente. Y digo aparentemente porque todavía en todos y cada uno de vosotros late la convicción de estar en el bando correcto, como una semillita a punto de germinar que trata de abrirse paso en un terreno demasiado duro, y que lo nuestro, aunque menos reprobable que antaño, sigue siendo lo incorrecto. Lo veis como una desviación, algo que no tiene remedio, una inofensiva tara (inofensiva siempre y cuando no os toque de cerca, claro) contra la que resultaría inútil luchar puesto que, según vosotros mismo decís, cada día es más numerosa. Así que habéis optado por subiros a un púlpito llamado tolerancia desde el que nos miráis condescendientes y plenamente satisfechos de vuestra magnánima actitud de no perseguirnos, quemarnos, encarcelarnos o matarnos como otros hicieron en el pasado y otros siguen haciendo en el presente (¿verdad, señor Ahmadineyad?).
Pero de lo que no os habéis dado cuenta todavía es de que nuestra lucha no es sólo nuestra sino de todas y cada una de las personas que conformamos la sociedad. En vuestra convicción de militar en el bando correcto no os percatáis de cómo la sociedad heteropatriarcal os ha encorsetado, condicionado, modificado y quitado vuestra libertad. Porque no sois libres, no. Vosotros, hombres heterosexuales, habéis crecido asimilando un rígido código de conducta que, supuestamente, os convierte en "hombres de verdad”. Un código tan complejo pero tan interiorizado que ni siquiera os permite ver que ha anulado vuestra personalidad para convertirla en un estereotipo de lo que debéis ser. Luego os reís u os indignáis ante las demostraciones de pluma de los gays cuando la vuestra es mucho más ostentosa y ridícula. Yo os comprendo, son muchos milenios ya y la mayoría sufrís una fortísima derivación del Síndrome de Estocolmo y habéis sucumbido al secuestro de la voluntad por parte de una sociedad que os hace creer que actuáis correctamente.
¿Y qué deciros a vosotras, mujeres heterosexuales? Vuestro caso es aún más grave porque pese a que algunas habéis abanderado o formado parte de la lucha feminista continuáis plegadas a la voluntad masculina, os sentís incompletas sin un hombre a vuestro lado, aceptáis la mirada de ellos sobre vosotras como la única con total validez y dependéis de ella para sentiros bien con vosotras mismas. Algunas vais más allá reivindicando vuestros derechos y vuestro lugar en el mundo pero luego la cagáis (y de qué manera) soltando tan panchas aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”. Como si ser femenina fuera una cualidad inherente a la mujer y no una construcción social utilizada para constreñir y anular.
Pero volviendo al tema principal, ¿cuándo os vais a dar cuenta de que nosotros, el colectivo LGTB, no sólo estamos luchando por nuestra libertad sexual sino que es una lucha extensible a vosotros? Una sociedad libre es una sociedad sana. Una sociedad en la que todos sus ciudadanos estén a la misma altura no es una afrenta ni a la religión, ni a la política, ni mucho menos a vuestros derechos; es una cuestión de justicia y sentido común.
Recuerdo una anécdota: un chaval le pregunta a su novia si ella preferiría tener un hijo heterosexual o un hijo homosexual. Ella, encomiablemente, respondió que le daba igual. Él, sin entender, le insistió; no es lo mismo tener un hijo heterosexual que uno homosexual. Ella mantuvo su postura. El combate dialéctico duró varios minutos más, él sin entender y ella insistiendo en que no veía la diferencia. Finalmente él explotó: “¿Pero cómo te va a dar igual? ¿Tú sabes la de problemas que tiene esa gente?”. Y ahí está el quid de la cuestión. La falsa creencia de que por el mero hecho de ser homosexual las personas que lo somos tenemos automáticamente una carga problemática cuando el problema, realmente, lo está creando esa persona, ese chaval, al asegurar que existe. Los “problemas” de los homosexuales no vienen dictados por nuestra condición sino por la confrontación de ésta con la masa heterosexual que da por sentada nuestra diferencia. La homofobia externa proviene de esa masa anónima que sigue considerando (pese a leyes, pese a avances sociales) que la homosexualidad es algo raro, desviado, tolerable por obligación pero reprobable en el fondo. La homofobia interna es consecuencia del impacto de esa actitud generalizada en la psique del homosexual. Así que os lo voy a decir alto y claro: YO NO TENGO NINGÚN PROBLEMA POR EL HECHO DE SER GAY, LESBIANA, BISEXUAL O TRANSEXUAL. MI PROBLEMA SOIS VOSOTROS. SÓLO VOSOTROS.
Venga, podéis cabrearos pero es verdad. Sois vosotros los que nos creáis todos los problemas. Sois vosotros los que habéis discriminado históricamente, los que lo seguís haciendo aunque ahora vuestras armas no son las piedras y los palos sino la sonrisa condescendiente e hipócrita. Sois vosotros los que os sentís amenazados por la consecución de nuestros derechos como si eso supusiera ver los vuestros mermados. Sois vosotros y sólo vosotros los que marcáis, una y otra vez, con una gruesa línea, la diferencia. Una diferencia que no es sino diversidad, concepto que no acabáis de entender. Que nosotros hayamos creado ghettos en los que refugiarnos no es sino la consecuencia de una persecución histórica. Nosotros no nos hemos separado. Vosotros nos habéis obligado a hacerlo una y otra vez. Así que dejad de lanzarnos la pelota a nuestro tejado como si la culpa fuera nuestra.
Y cuando digo que vosotros marcáis la diferencia lo digo con total conocimiento de causa. Porque cuando nosotros hacemos pública nuestra orientación (acto que os parece una ostentación de mal gusto, como si vuestra vida no fuera un continuo grito de “soy heterosexual y que lo sepa todo el mundo”) sólo veis eso en nosotros. Dejamos de ser hijos, padres, hermanos, amigos o empleados para convertirnos en una simple etiqueta referida a nuestra sexualidad. Es lo único que veis. Y, para colmo, nos acusáis de vivir en un mundo aparte, de no ser conscientes de lo que pasa fuera. Pero perdonad que os diga, sois vosotros los que no veis más allá de vuestras narices, los que vivís en compartimentos estancos, temerosos de cualquier acto o persona que se salga de vuestro limitado modo de ver la vida. Lejos de lo que creéis, nosotros no estamos todo el tiempo pensando en nuestra sexualidad, al contrario que vosotros. Son muchas las veces en las que he estado hablando de cualquier tema trivial, acerca del comportamiento humano o de algún suceso acaecido en mi entorno, y mi interlocutor heterosexual ha hecho referencia a mi sexualidad sin venir a cuento, como si yo hubiera estado enfocando el tema únicamente desde ese punto de vista y no, como probablemente lo hubiera estado haciendo, de un modo general, sin distinciones. ¿Comenzáis a captarme? Dejad ya de crear el problema, dejad ya de marcar la diferencia. No somos más diferentes de vosotros de lo que lo pueda ser vuestro otro amigo heterosexual. Somos diferentes porque somos personas. Y nuestros problemas son los mismos que vosotros podáis tener, no nos echeis más encima por tener una orientación sexual distinta a la vuestra.
Sin embargo hay un apartado en el que sí se nos acepta. Y se nos acepta a las mujeres. Sí, ya sé que la invisibilidad lésbica es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta nuestro colectivo, que mientras hay muchos referentes masculinos reales, las lesbianas estamos casi únicamente representadas en la ficción (televisiva, sobre todo). Pero hay algo que no es menos cierto: la recurrencia con la que aparecemos las lesbianas y nuestras prácticas sexuales en el imaginario colectivo heterosexual. Dos mujeres “jugando” (porque eso es lo que hacemos, jugar, el verdadero sexo es el que incluye la penetración con un “dildo de carne”) es una de las fantasías eróticas por excelencia del género masculino que, además, sueña con plantarse delante de las dos féminas y demostrarles lo que es un “hombre de verdad”. Pero no sólo es una fantasía masculina. Cada vez hay más mujeres heterosexuales que admiten desear una relación erótica con otra mujer. Y digo relación erótica porque sexo es lo único que buscáis en otra mujer y lo que os diferencia de las lesbianas. Vosotras no queréis una experiencia más completa que, aparte de sexo, incluyera otros factores más emocionales. Vosotras sólo queréis un polvo con otra mujer y, casi siempre, en compañía de vuestro novio o marido en lo que yo tiendo a ver como otra muestra más de la actitud complaciente del género femenino para con el masculino. Por eso cada vez más mujeres se declaran bisexuales (¿Qué puede haber más moderno ahora mismo? Si hasta la Jolie y la bocachancla de la Megan Fox han admitido serlo —siempre de la mano de sus flamantes parejas masculinas, por supuesto— vamos todas corriendo a buscar a alguna que se nos meriende el tesorito). Porque ser bisexual da morbo, dota de un aire sexual muy atrayente para los hombres y porque, ingenuamente, pensáis que eso os dará ese aire de sofisticación que creéis que os falta. Realmente a veces dudo que haya verdadero deseo detrás.
Queridos heterosexuales, esta carta se está alargando demasiado y aunque os diría muchas más cosas creo que ya ha sido bastante por hoy. Pensad en ella. Pero de verdad. Daos cuenta de una vez de que no somos ni vuestros enemigos ni una anomalía genética o psicológica. Sólo somos personas. Exactamente igual que vosotros.
Un saludo,
Libertad
Os escribo libremente y sin animosidad aunque he de reconocer que algunos de vosotros me tenéis hasta el tesorito y más allá. Por ello, el motivo de mi carta es explicaros algunas cosas que todavía, pese a todo, parece que no os entran en la mollera.
Empezaré diciendo que vosotros no sois los normales. Tampoco nosotros. Nadie es normal. De hecho, sólo habéis empezado a denominaros heterosexuales en confrontación con nosotros, lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y todos aquellos que no nos ajustábamos a esa “norma” impuesta por vosotros acerca de lo que es aceptable y lo que no. Antes de eso os denominabais como “normales”. Es decir, los que hacían lo correcto, lo justo, lo moralmente bueno (no en vano, en inglés la palabra que se utiliza para nombraros es esa: straight; recto, derecho). Nosotros éramos los “anormales”, los que vivían al margen de la sociedad, los que cometían actos reprobables y atentaban contra la moral que vosotros instaurasteis como única.
Gracias al esfuerzo de muchos (la mayoría de nuestra parte, muy pocos de la vuestra) hoy en día la situación ha cambiado, al menos en este lado del mundo. Ahora está mal visto que nos insultéis y practiquéis esa homofobia que antes estaba instaurada —y bien vista— en todas partes. Aparentemente. Y digo aparentemente porque todavía en todos y cada uno de vosotros late la convicción de estar en el bando correcto, como una semillita a punto de germinar que trata de abrirse paso en un terreno demasiado duro, y que lo nuestro, aunque menos reprobable que antaño, sigue siendo lo incorrecto. Lo veis como una desviación, algo que no tiene remedio, una inofensiva tara (inofensiva siempre y cuando no os toque de cerca, claro) contra la que resultaría inútil luchar puesto que, según vosotros mismo decís, cada día es más numerosa. Así que habéis optado por subiros a un púlpito llamado tolerancia desde el que nos miráis condescendientes y plenamente satisfechos de vuestra magnánima actitud de no perseguirnos, quemarnos, encarcelarnos o matarnos como otros hicieron en el pasado y otros siguen haciendo en el presente (¿verdad, señor Ahmadineyad?).
Pero de lo que no os habéis dado cuenta todavía es de que nuestra lucha no es sólo nuestra sino de todas y cada una de las personas que conformamos la sociedad. En vuestra convicción de militar en el bando correcto no os percatáis de cómo la sociedad heteropatriarcal os ha encorsetado, condicionado, modificado y quitado vuestra libertad. Porque no sois libres, no. Vosotros, hombres heterosexuales, habéis crecido asimilando un rígido código de conducta que, supuestamente, os convierte en "hombres de verdad”. Un código tan complejo pero tan interiorizado que ni siquiera os permite ver que ha anulado vuestra personalidad para convertirla en un estereotipo de lo que debéis ser. Luego os reís u os indignáis ante las demostraciones de pluma de los gays cuando la vuestra es mucho más ostentosa y ridícula. Yo os comprendo, son muchos milenios ya y la mayoría sufrís una fortísima derivación del Síndrome de Estocolmo y habéis sucumbido al secuestro de la voluntad por parte de una sociedad que os hace creer que actuáis correctamente.
¿Y qué deciros a vosotras, mujeres heterosexuales? Vuestro caso es aún más grave porque pese a que algunas habéis abanderado o formado parte de la lucha feminista continuáis plegadas a la voluntad masculina, os sentís incompletas sin un hombre a vuestro lado, aceptáis la mirada de ellos sobre vosotras como la única con total validez y dependéis de ella para sentiros bien con vosotras mismas. Algunas vais más allá reivindicando vuestros derechos y vuestro lugar en el mundo pero luego la cagáis (y de qué manera) soltando tan panchas aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”. Como si ser femenina fuera una cualidad inherente a la mujer y no una construcción social utilizada para constreñir y anular.
Pero volviendo al tema principal, ¿cuándo os vais a dar cuenta de que nosotros, el colectivo LGTB, no sólo estamos luchando por nuestra libertad sexual sino que es una lucha extensible a vosotros? Una sociedad libre es una sociedad sana. Una sociedad en la que todos sus ciudadanos estén a la misma altura no es una afrenta ni a la religión, ni a la política, ni mucho menos a vuestros derechos; es una cuestión de justicia y sentido común.
Recuerdo una anécdota: un chaval le pregunta a su novia si ella preferiría tener un hijo heterosexual o un hijo homosexual. Ella, encomiablemente, respondió que le daba igual. Él, sin entender, le insistió; no es lo mismo tener un hijo heterosexual que uno homosexual. Ella mantuvo su postura. El combate dialéctico duró varios minutos más, él sin entender y ella insistiendo en que no veía la diferencia. Finalmente él explotó: “¿Pero cómo te va a dar igual? ¿Tú sabes la de problemas que tiene esa gente?”. Y ahí está el quid de la cuestión. La falsa creencia de que por el mero hecho de ser homosexual las personas que lo somos tenemos automáticamente una carga problemática cuando el problema, realmente, lo está creando esa persona, ese chaval, al asegurar que existe. Los “problemas” de los homosexuales no vienen dictados por nuestra condición sino por la confrontación de ésta con la masa heterosexual que da por sentada nuestra diferencia. La homofobia externa proviene de esa masa anónima que sigue considerando (pese a leyes, pese a avances sociales) que la homosexualidad es algo raro, desviado, tolerable por obligación pero reprobable en el fondo. La homofobia interna es consecuencia del impacto de esa actitud generalizada en la psique del homosexual. Así que os lo voy a decir alto y claro: YO NO TENGO NINGÚN PROBLEMA POR EL HECHO DE SER GAY, LESBIANA, BISEXUAL O TRANSEXUAL. MI PROBLEMA SOIS VOSOTROS. SÓLO VOSOTROS.
Venga, podéis cabrearos pero es verdad. Sois vosotros los que nos creáis todos los problemas. Sois vosotros los que habéis discriminado históricamente, los que lo seguís haciendo aunque ahora vuestras armas no son las piedras y los palos sino la sonrisa condescendiente e hipócrita. Sois vosotros los que os sentís amenazados por la consecución de nuestros derechos como si eso supusiera ver los vuestros mermados. Sois vosotros y sólo vosotros los que marcáis, una y otra vez, con una gruesa línea, la diferencia. Una diferencia que no es sino diversidad, concepto que no acabáis de entender. Que nosotros hayamos creado ghettos en los que refugiarnos no es sino la consecuencia de una persecución histórica. Nosotros no nos hemos separado. Vosotros nos habéis obligado a hacerlo una y otra vez. Así que dejad de lanzarnos la pelota a nuestro tejado como si la culpa fuera nuestra.
Y cuando digo que vosotros marcáis la diferencia lo digo con total conocimiento de causa. Porque cuando nosotros hacemos pública nuestra orientación (acto que os parece una ostentación de mal gusto, como si vuestra vida no fuera un continuo grito de “soy heterosexual y que lo sepa todo el mundo”) sólo veis eso en nosotros. Dejamos de ser hijos, padres, hermanos, amigos o empleados para convertirnos en una simple etiqueta referida a nuestra sexualidad. Es lo único que veis. Y, para colmo, nos acusáis de vivir en un mundo aparte, de no ser conscientes de lo que pasa fuera. Pero perdonad que os diga, sois vosotros los que no veis más allá de vuestras narices, los que vivís en compartimentos estancos, temerosos de cualquier acto o persona que se salga de vuestro limitado modo de ver la vida. Lejos de lo que creéis, nosotros no estamos todo el tiempo pensando en nuestra sexualidad, al contrario que vosotros. Son muchas las veces en las que he estado hablando de cualquier tema trivial, acerca del comportamiento humano o de algún suceso acaecido en mi entorno, y mi interlocutor heterosexual ha hecho referencia a mi sexualidad sin venir a cuento, como si yo hubiera estado enfocando el tema únicamente desde ese punto de vista y no, como probablemente lo hubiera estado haciendo, de un modo general, sin distinciones. ¿Comenzáis a captarme? Dejad ya de crear el problema, dejad ya de marcar la diferencia. No somos más diferentes de vosotros de lo que lo pueda ser vuestro otro amigo heterosexual. Somos diferentes porque somos personas. Y nuestros problemas son los mismos que vosotros podáis tener, no nos echeis más encima por tener una orientación sexual distinta a la vuestra.
Sin embargo hay un apartado en el que sí se nos acepta. Y se nos acepta a las mujeres. Sí, ya sé que la invisibilidad lésbica es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta nuestro colectivo, que mientras hay muchos referentes masculinos reales, las lesbianas estamos casi únicamente representadas en la ficción (televisiva, sobre todo). Pero hay algo que no es menos cierto: la recurrencia con la que aparecemos las lesbianas y nuestras prácticas sexuales en el imaginario colectivo heterosexual. Dos mujeres “jugando” (porque eso es lo que hacemos, jugar, el verdadero sexo es el que incluye la penetración con un “dildo de carne”) es una de las fantasías eróticas por excelencia del género masculino que, además, sueña con plantarse delante de las dos féminas y demostrarles lo que es un “hombre de verdad”. Pero no sólo es una fantasía masculina. Cada vez hay más mujeres heterosexuales que admiten desear una relación erótica con otra mujer. Y digo relación erótica porque sexo es lo único que buscáis en otra mujer y lo que os diferencia de las lesbianas. Vosotras no queréis una experiencia más completa que, aparte de sexo, incluyera otros factores más emocionales. Vosotras sólo queréis un polvo con otra mujer y, casi siempre, en compañía de vuestro novio o marido en lo que yo tiendo a ver como otra muestra más de la actitud complaciente del género femenino para con el masculino. Por eso cada vez más mujeres se declaran bisexuales (¿Qué puede haber más moderno ahora mismo? Si hasta la Jolie y la bocachancla de la Megan Fox han admitido serlo —siempre de la mano de sus flamantes parejas masculinas, por supuesto— vamos todas corriendo a buscar a alguna que se nos meriende el tesorito). Porque ser bisexual da morbo, dota de un aire sexual muy atrayente para los hombres y porque, ingenuamente, pensáis que eso os dará ese aire de sofisticación que creéis que os falta. Realmente a veces dudo que haya verdadero deseo detrás.
Queridos heterosexuales, esta carta se está alargando demasiado y aunque os diría muchas más cosas creo que ya ha sido bastante por hoy. Pensad en ella. Pero de verdad. Daos cuenta de una vez de que no somos ni vuestros enemigos ni una anomalía genética o psicológica. Sólo somos personas. Exactamente igual que vosotros.
Un saludo,
Libertad







