lunes 6 de julio de 2009

Orgullo gay, ¡por supuesto!

Hasta hace unos años cuando comenzaba junio la euforia se me alojaba en el estómago y crecía de de un modo arrollador a medida que se acercaba el día de la manifestación del Orgullo Gay. Hacía planes, organizaba y me preparaba a conciencia para afrontar tanto ese día como los anteriores.

Hasta hace unos años.

Luego, aunque aún podía sentir un reducto de esa euforia de antaño en mi castigado estómago (demasiado alcohol, demasiados nervios, demasiada comida basura), lo que más me dominaba era una sensación de deja vú. Las fotografías que sacaba de cada manifestación eran perfectamente confundibles con las del anterior o con las que, seguramente, tomaría al año siguiente. Las declaraciones de colectivos y representantes políticos eran las mismas de todos los años al igual que las de sus detractores. Y los debates interminables en los que se seguían enzarzando ambos bandos eran tan predecibles como aburridos y yermos. Todos tienen muy claro su papel y el guión nunca parece cambiar.

Llevo dos años sin asistir a la manifestación. Pero no es porque no esté de acuerdo con ella o porque no me guste. Y mucho menos porque esté en contra de la imagen que da. Mi ausencia se debe más a una decisión personal: compartir asfalto con cientos de miles de personas (“El País” dixit año tras año independientemente de las cifras que manejen los organizadores y la policía) con treinta y cinco grados a la sombra durante varias horas es algo que mi cuerpo ya no es capaz de soportar. Y es que ya estoy en una edad en la que lipotimias las justas, gracias.

Y que lleve un par de años sin asistir no quiere decir que no vaya a ir nunca más. Volveré a asistir cuando me apetezca y me lo pida el cuerpo. Porque sí, me gusta la manifestación del Orgullo Gay y me gustan los festejos, los eventos culturales y todo lo que gira alrededor de estas fechas. Y soy de la opinión de que se deberían seguir celebrando incluso en el hipotético supuesto de que ya no quedara nada por reivindicar o por lo que luchar.

A día de hoy, con la igualdad legal conseguida, la batalla sigue en la calle. La igualdad social no está tan interiorizada en la conciencia colectiva como los neocon o algunos liberogays pretenden hacernos creer. Ahora, con los viejos argumentos psicológicos ya suficientemente debatidos y obsoletos se abre el frente de que la imagen que proyecta el colectivo gay durante estos días es negativa y contraproducente (frente ya antiguo, por otra parte, pero reabierto a falta de otros acusaciones). Es decir, lo que ahora esgrimen para justificar su homofobia es “ya vale, que os hemos dejamos existir y dejamos que os caséis pero dejad de agredirnos con vuestro esperpéntico espectáculo”. O, como rezan algunas camisetas que he podido ver últimamente: “Por favor, cierren ya el armario”. Una irónica frasecilla que esconde una superioridad moral supuestamente suficiente como para dar órdenes a millones de ciudadanos.

Llevo un par de días googleando blogs a la busca de opiniones acerca de lo acontecido el sábado. Curiosamente los que más hablan de ella suelen ser heterosexuales. Algunos pocos (muy pocos) lo hacen desde una postura encomiable, aceptando el hecho homosexual, disfrutando de una fiesta que es sobre la diversidad sexual y sin poner el grito en el cielo por plumas y cueros. La mayoría, en cambio, heterosexuales neoliberales, conservadores o, directamente, fascistas siguen a vueltas con lo de la mala imagen.

En los comentarios más moderados se apela a la seriedad. Gays, lesbianas, transexuales y bisexuales no deberíamos manifestarnos subidos en carrozas sino hacer marchas silenciosas, vestidos con unos simples vaqueritos y una camiseta. No es legítimo hacerlo con el torso descubierto, cubierto de purpurina o sobre unas plataformas. No se puede tomar en serio a un grupo de personas disfrazadas porque no son ni se comportan de un modo “normal”.

¿Y qué es ser normal?


La normalidad no existe y, de existir, tendría un significado diferente para cada persona. ¿Quién determina qué es normal de lo que no? Nadie puede detentar ese poder y, por tanto, nadie debería intentarlo. ¿Es normal que un grupo de personas se ponga unos capirotes en la cabeza y unas túnicas hasta los pies al tiempo que cargan una cruz al hombro? ¿Es normal que detrás de ellos vayan otras personas dándose latigazos en la espalda mientras caminan descalzos o de rodillas? ¿Es normal que un puñado de chavales borrachos corran delante de una manada de toros nerviosos? Repito, CHAVALES BORRACHOS CORRIENDO DELANTE DE TOROS (toros que tras esa carrera o en otras fiestas acabarán siendo torturados por un señor vestido con un traje lleno de brillos y cuyo pantalón le marca sus atributos sexules). Todo lo enumerado anteriormente es considerado “normal” por una turbamulta de heterosexuales exaltados que considera insulto y ofensa que otro grupo de personas salga UN DÍA AL AÑO a celebrar su homosexualidad, sus lesbianismo, su transexualidad o, simplemente, su sexualidad. Les agrede nuestra imagen, ya sea desnuda o vestida de calle, siendo felices y besando a quién nosotros queramos besar. Nos animan a volver al armario, a “practicar” nuestra desviación en la intimidad de nuestros hogares igual que hacen ellos con su heterosexualidad (claro, la parejita hetero que tenía detrás de mí en una fiesta el viernes pasado y que más que besarse, se succionaba, es algo que nunca pasa por la calle a la vista de esos niños que tanto dicen que hay que defender).

Otros intercalan todas sus frases con el “sí pero...”. Sí pero eso no son formas. Sí pero hay otros gays que no están de acuerdo con la cabalgata. Sí pero esos otros gays son más discretos. Sí pero que no lo hagan en mitad de la calle (como si nos pusiéramos a follar en mitad de la Gran Vía). Sí pero es que no es necesario montar ese espectáculo. "Sí pero..." hasta la saciedad. Estos personajes empiezan diciéndote que no están en contra de tu sexualidad y luego te dicen cómo tienes que vivirla en base a sus reglas y dictados porque, en el fondo, el hetero tiene demasiado interiorizado que lo suyo es lo correcto, el buen camino, lo que hay que hacer. Y a ti, pobrecito/a, no te queda más remedio porque naciste así, ya bastante tienes con lo tuyo. Pero, eso sí, no me saques los pies del tiesto.

Por supuesto, hay muchos gays y lesbianas que reniegan de estas fiestas. E incluso alguien puede pensar que yo también puesto que apenas las piso y me producen cierta apatía. La diferencia es que mi actitud viene derivada por la aglomeración humana más que por una cuestión política o de imagen. Yo no siento que me representen ni que me dejen de representar. Yo me represento a mí misma y punto. Al igual que el resto de las personas. Y cada persona tiene el derecho de representarse, reivindicarse o manifestarse como le venga en gana. La actitud de estos gays y lesbianas tan comedidos no deja de recordarme a la de la Sociedad Mattachine, una asociación gay creada en los cincuenta en EEUU y que se manifestaban con traje y corbata de un modo “discreto”. Si hay alguien a quien no le suene su nombre, ya se puede hacer una idea del éxito que tuvieron sus planteamientos...

Yo, que soy una iletrada sin carrera universitaria ni másters ni nada de eso sigo sorprendiéndome al ver cómo la gente es todavía tan ignorante de la historia y la condición humana. Un poquito de antropología y sociología de andar por casa enseñaría que este tipo de manifestaciones “ostentosas”, coloridas e histriónicas son inherentes al ser humano. Y ya no sólo en tradiciones que perviven hoy en día como la Semana Santa o los San Fermines (o la iniciada en la edad contemporánea de celebrar la victoria de un equipo de fútbol haciendo el borrego). Una lectura de la historia poco menos que superficial les enseñaría y demostraría que el género humano lleva milenios celebrando su sexualidad, su fe o su alegría de modos tan o más “ruidosos” que el colectivo LGTB. Las tribus del África negra, las antiguas tradiciones de Grecia y Roma, de China y Japón, de la India, de Europa... Da igual, en cualquier período histórico cualquier etnia, nacionalidad o tribu tiene demostraciones suficientes como para que no nos extrañara ahora ver a hombres y mujeres vestidos de forma llamativa sobre un puñado de carrozas.

Es más, el colectivo LGTB ha sido el único en crear una fiesta, una cultura, unos códigos y referentes y una estética reconocible sin necesidad de echar mano de la religión o el patriotismo. Un folklore (en el mejor sentido de una palabra que, con el paso del tiempo, se ha ido convirtiendo en peyorativa) que se alimenta y recicla continuamente. Y aunque algunos (heteros y gays) lo quieran ver como algo contraproducente yo considero que es un orgullo, no sólo vivir mi vida y mi sexualidad sin temores ni cortapisas, sino pertenecer a un colectivo, una comunidad, una “tribu” capaz de hacer historia.



martes 26 de mayo de 2009

Firmando

Como cada año acabo de recibir un potito mail de mi editorial con un archivo adjunto en el que se detallan los días de tort... digo de firmas para nosotros, sufridos autores de esa llamada "literatura gay".

Y yo, que además de escribir mis propios libros (lo de que tengo a una negra debajo de la cama que se encarga de hacerlo no es más que un malintencionada falacia) también soy mi propia directora de marketing, me veo de nuevo obligada a informaros de que el próximo
domingo 31 de mayo de 17.30 a 20.00 horas y el sábado 6 de junio de 12:00 a 14:00 horas estaré estampando gustosamente mi escueta rúbrica en los ejemplares de mis novelas que traigáis (o compréis en el acto). El lugar será la caseta de Odisea Editorial. Para más señas, la número 180.

Para más información acerca de otras firmas y otros autores podéis consultar el horario detallado aquí.

lunes 25 de mayo de 2009

¡Bisexualízate!

Me hace mucha gracia que últimamente a determinadas celebrities les haya dado por pregonar que tanto les da la carne que el pescado. Y digo que me hace gracia por no decir que me toca las narices a dos manos. Sí, no me he vuelto loca. Me toca las narices que ahora ser bisexual se haya vuelto cool y moderno porque no tengo muy claro que realmente estas señoritas que tan alegremente sueltan que se pasean por la mitad de la calle estén favoreciendo la visibilidad.


Me explico.

De siempre la bisexualidad se ha visto como un vicio desde el sector heterosexual y como una hipocresía desde el gay. El o la bisexual era un sujeto indefinido que se llevaba lo mejor de ambos mundos sin necesidad de posicionarse. O se veía como un estado transitorio. O como una forma de esconder una homosexualidad no asumida. Los bisexuales hemos sido siempre individuos sospechosos que no éramos aceptados ni por heteros ni por homos. Con el tiempo llegué a la conclusión de que la gente acepta con mucha más facilidad la homosexualidad que la bisexualidad. Porque en la vida siempre hay que decantarse. O eres de izquierdas o de derechas, o ateo o religioso, o te gustan los hombres o te gustan las mujeres. Cualquiera que no se adscriba a ninguna tendencia definida se le cataloga de sospechoso. Sí, todo el mundo conoce el desencanto político, el agnosticismo y la ambigüedad sexual pero le resulta incómodo tratar con alguien que les rompe unos esquemas tallados en su mente con el cincel de años y años de socialización.

Curiosamente, y hablo por propia experiencia, mi bisexualidad ha suscitado muchos más comentarios negativos y miradas aviesas en el ambiente gay que en cualquier otro entorno. Hasta el punto de que a menudo prefería callarme esa particularidad en entornos lésbicos (más que gays) para ahorrarme yermas discusiones acerca de mi supuesta hipocresía. Y es que muchas veces he sentido que tenía que salir del armario dos veces. Y si ya la primera cansa, la segunda resulta agotadora. Porque el rechazo en esa ocasión suele venir de las mismas personas que exigen respeto para su sexualidad y ver su propia hipocresía (esta vez de verdad) acaba resultando descorazonador.

Yo siempre he defendido la bisexualidad como el estado natural e ideal del ser humano. Porque, siempre desde mi punto de vista, creo que es una opción inteligente y realista. Y porque emocionalmente podemos amar a cualquiera y físicamente podemos “funcionar” con ambos sexos. A ese decir de muchos gays y lesbianas que los heteros deberían probar los placeres de la acera de enfrente yo siempre le añado que los gays y lesbianas también deberían probar los placeres del sexo opuesto. Pero no. La primera sentencia es la que vale. La segunda no tiene cabida. Y ambas pueden estar igual de equivocadas o acertadas.

Otro apunte más surgido de mi propia experiencia aunque nunca lo he encontrado refrendado por ningún estudio: la bisexualidad se suele dar con mayor frecuencia entre mujeres. Esta circunstancia se podría explicar fácilmente: Primero porque los hombres sufren de una homofobia (externa e interna) mucho más grave y profunda que las mujeres. Segundo porque la fantasía por antonomasia del género masculino es la visión de dos féminas montándoselo. Fantasía que, cada vez más, es compartida por un amplio sector femenino heterosexual. Como fantasía. Algo puntual. Morboso. Supuestamente transgresor.

A lo largo de mi vida adulta me he encontrado con infinidad de mujeres bisexuales. Cada una con distintas motivaciones y distintas formas de vivir esa “doble” orientación sexual. Hay bisexuales para las que el sexo con otra mujer es simplemente lo que antes decía, una mera fantasía que pueden cumplir a solas o con una pareja masculina. Hay otras bisexuales que se las debería considerar más bien “bisentimentales” o “biemocionales”. Esto es, son capaces de enamorarse de una mujer pero no lo son de llegar al plano físico. También están las bisexuales que pueden tener relaciones sexuales con hombres y mujeres pero sólo llegan a enamorarse de éstas últimas. Y así podríamos continuar hasta aburrirnos. Porque, no me cansaré de decirlo, la sexualidad no se compone de compartimentos estancos de los que, una vez dentro, no se pueda salir. La sexualidad fluye, evoluciona, cambia y da mil vueltas.

Pese a esa proliferación de la bisexualidad femenina, como bien decía hace unos párrafos, todavía a quienes afirmamos ser bisexuales se nos sigue haciendo la misma pregunta: “¿Pero qué te gusta más?”. O lo que es lo mismo, se nos sigue exigiendo que nos decantemos, que nos posicionemos. Esa presión social encubierta fue la que, en mi caso, con veinte años, hizo que tratara de definirme. Y traté de definirme como lesbiana teniendo en cuenta que me vinculaba emocionalmente a las mujeres mientras que los hombres no pasaban de ser un divertimento físico. Y entonces, la implacable ley de Murphy se cumplió y terminé enamorándome como una ceporra de un hombre, dándome de bruces con la realidad: no servía de nada definirme. Y es que se habla mucho de esas mujeres que siempre han sido heterosexuales y, repentinamente, conocen a una mujer y se enamoran de ella pero poco se habla de la circunstancia contraria: mujeres que siempre se han considerado lesbianas y en un momento determinado conocen a un hombre del que se enamoran. Mi caso no es excepcional. He visto situaciones similares en mujeres muy cercanas a mí.

Volviendo al tema de las celebrities que ahora se descuelgan “confesando” su bisexualidad: me irritan. Sí, me irritan mucho. Porque da la sensación de que lo único que quieren es llamar la atención, transgredir o escandalizar. Porque ninguna lo hace al tiempo que presenta a su pareja femenina sino que lo hacen teniendo al lado a su fantástico novio o esposo. Megan Fox, que tras ver el vídeo que rodó para Esquire en plan “miro a cámara lascivamente para calentar a todo el mundo” hizo que me cayera mal automáticamente, me cayó aún peor al leer sus contradictorias declaraciones en las que asumía ser muy hipócrita ya que, aunque bisexual, nunca se relacionaría con otra bisexual porque eso significaría que también habría estado con hombres y, claro, los hombres son taaaaaaaan sucios (el énfasis es mío pero me juego la mano derecha a que ese fue su tono al decirlo). Y no pude evitar imaginarme mentalmente a su novio, Brian Austin Green (al cual acabo de ver en The Sarah Connor Chronicles), y decirme a mí misma que menuda pinta de guarro que tiene el pobre. Manda huevos. Entonces si los hombres son tan sucios qué coño hace con uno de ellos…

Otra que se ha apuntado al carro ha sido Fergie, vocalista de Black Eyed Peas, que, una vez casada y de la mano de su flamante marido, ha soltado así como de pasada que también ha experimentado con la repostería fina. Al igual que Lady Gaga. Pero claro, Lady Gaga te dice que es bisexual igual que te dice que es venusiana y yo, personalmente, a una persona con un guardarropa como el suyo no le concedo la más mínima credibilidad.

El caso que más hilaridad me provoca es el de Pink, una cantante que cuando la vi por primera vez, porque sabía que era norteamericana que si no hubiera jurado que compartimos un cigarro en la cola del baño del Escape. Ya me pareció raro que se casara con un hombre (no olvidemos esas fotos con Kristanna Loken, otra bisexual confesa) pero ahora, recién divorciada (o con una matrimonio “abierto”, que de todo he leído), que “confiese” ser bisexual es para decirle: “Pero chata, ¿a quién pretendes sorprender a estas alturas?”.

Por tanto el problema no es que determinadas actrices o cantantes digan que son bisexuales sino que la percepción por parte del público heterosexual es que la bisexualidad es algo propio de iconos sexuales (siempre al servicio de la imaginación masculina, por supuesto); gente famosa y con vidas desenfrenadas. O lo que es lo mismo: personas alejadas de la vida real.

Personalmente siempre he pensado que en la sociedad hay un amplísimo porcentaje de población bisexual (no tanto de personas con la suficiente claridad mental o valor para asumirlo), porcentaje que crece exponencialmente en el caso del showbussiness porque, aunque suene a tópico, hay una concentración mayor de personas con orientaciones sexuales no ortodoxas. A mí, francamente, me da igual que Megan Fox o Pink salgan diciendo que son bisexuales. Ya lo dijeron en su momento Madonna o Angelina Jolie y ya lo dirán otras en el futuro. Lo que yo quisiera es que TODAS las que lo son lo dijeran. Al igual que las lesbianas. Pero claro, entonces los heteros pensarían que más que una moda es una invasión… Y eso ya no les pondría cachondos.


lunes 11 de mayo de 2009

Terminator: The Sarah Connor Chronicles (y II)

Una vez leí, al hilo del resurgimiento de la ficción televisiva, que el equivalente en literatura a las películas era el relato corto (en contra de la suposición general, puesto que la mayoría de las veces las películas están basadas en libros) mientras que las series estarían más cerca de la estructura de una novela. Pensándolo un poco no podría estar más de acuerdo con la analogía.

En una película, al igual que en un relato corto, todo tiene (o debería) estar medido al milímetro para que al final todas las piezas encajen. No hay tiempo para regodearse en cuestiones secundarias ni ahondar demasiado en aspectos que no tengan que ver con la trama principal. Las novelas y las series, por el contrario, son historias de largo recorrido. Permiten desacelerar la acción y observar el paisaje. Es mucho más fácil encariñarse con los personajes, incluso llegar a conocerlos de un modo más profundo. De ahí que la identificación con ellos sea a largo plazo pero más permanente.

Hoy en día se ha llegado a un punto en que las series de televisión han dejado de ser la prima fea y pobre de las películas. Se han crecido y le han plantado cara a la supremacía del largometraje y, en muchas ocasiones, demuestran ser mejores. Antes, lo normal era llevar al cine una serie de éxito. Ahora, cada vez más, se adaptan para televisión historias que han nacido en el cine.

Si digo que Terminator: The Sarah Connor Chronicles supera y mejora la saga de películas de Arnold Schhwarzenegger a muchos les parecerá un sacrilegio pero para mí es así. La serie no sólo ahonda en los personajes muchísimo más de lo que se pudo hacer en las películas (en donde, no nos engañemos, estaban solamente esbozados) sino que reinventa toda la mitología que en las películas sólo nos explicaban con cuatro trazos.

Pero no sólo recomendaría ver la serie por haber sido capaz de crear un universo a la altura de la saga cinematográfica. Ni por mostrar un retrato de los personajes mucho más conseguido y veraz que en los filmes. Quien vea en ella una serie de acción y violencia no está muy equivocado. No obstante esa es sólo una lectura superficial de las muchas que ofrece.

Terminator: The Sarah Connor Chronicles (y aquí habrá muchas que se me tiren al cuello) es una serie feminista. Una serie en la que las mujeres y la representación de las mujeres son las que llevan la voz cantante. El personaje de Sarah Connor es la matriarca y germen de toda la historia. Sin ella nada sería posible. Es el eje central. Mucho más importante que su hijo, aunque nos quieran vender lo contrario.

En la primera película Sarah era inocente, una chica como tantas. En la segunda era una violenta guerrera, paranoica extrema y enemiga acérrima de la tecnología. Una mujer que no necesitaba de ningún hombre (real o representación) para llevar a cabo sus planes. Una mujer que había modificado y “masculinizado” su cuerpo para estar a la altura de las circunstancias. Una heroína de carne y hueso (si alguien tiene ganas, que googlee “cyborg” y “feminismo” para saber más).

En la serie podemos descubrir más facetas del personaje de Sarah Connor. Incluso podemos descubrir que es humana, que duda, que no expone abiertamente su vulnerabilidad pero que tampoco la esconde. Su papel de matriarca y madre del futuro líder (aunque reconozco que la auténtica vuelta de tuerca sería que ese líder fuera una hipotética Jane Connor en lugar del ya conocido John Connor) es una de las aristas más importantes. La determinación de (casi) cualquier madre para proteger a un hijo o una hija es lo que, a la postre, le da más fuerza. Quizá uno de los pocos instintos que conserva la raza humana.

Tal vez una de las razones por las que la serie no ha acabado de funcionar es porque muestra un espectro de personajes en el que son las mujeres las que actúan, lideran y demuestran mayor fortaleza física y emocional con respecto a sus compañeros masculinos. No hay un “macho alfa” que las supere, domine o por el que pierdan los papeles. El triángulo protagonista se compone de una mujer y una representación de mujer (porque no olvidemos que, aunque se tienda a identificarlos como masculinos, los robots NO tienen género sino que REPRESENTAN pertenecer al masculino o femenino) protegiendo a un chaval adolescente. Y Sarah Connor o la terminatrix Cameron no son las únicas. Catherine Weaver, otra terminatrix con un papel relevante en la historia, o Jesse Flores, guerrera de la resistencia en el futuro, demuestran su independencia y fortaleza en una historia en la que los hombres llegan a ser meras comparsas.


Porque los hombres en TSCC se muestran desorientados, vulnerables e incluso emotivos (característica que siempre ha sido intrínseca a las mujeres). John Connor está todavía lejos de mostrar las dotes que le convertirán en líder (aunque al final de la segunda temporada comience a mostrar signos de evolución). Charley Dixon es el amante abandonado de Sarah que, en el fondo, no parece haber superado la ruptura. Derek Reese, hermano de Kyle Reese y tío de John, tiende a la mezquindad y carece de carisma. James Ellison, escéptico agente del FBI que deviene en “creyente”, termina por no saber muy bien lo que hace ni en qué bando está. Todos
ellos están perdidos mientras que las mujeres que los rodean saben muy bien cuál es su cometido.

A tenor de este panorama puedo incluso llegar a entender por qué es muy probable que el público masculino haya dado la espalda al show. Y es que se suponía que el público objetivo era el masculino puesto que la saga de Terminator fue un exceso de testosterona. Y porque, en última instancia, a ese público le puede gustar que una mujer (una mujer sexy y con curvas) reparta estopa pero lo que quiere ver es que al final esa misma mujer sea salvada por el héroe. Y aquí no hay héroes masculinos ni personajes femeninos que necesiten ser salvados. Más bien al contrario, es John Connor, el supuesto héroe en el futuro, el que necesita ser protegido y salvado en todo momento.

No es de extrañar, entonces, que finalmente el público que mejor ha acogido la serie haya sido el femenino y, siendo más concreta, el público lésbico. Primero, porque
Sarah Connor ha sido, desde su aparición en el imaginario colectivo, un icono lésbico por derecho propio (ahondaré más en este tema en próximos posts). Segundo, porque Lena Headey (actriz que ha debido de retar a Angelina Jolie a una carrera por ser la más tatuada de Hollywood) también lo es merced a su interpretación de papeles lésbicos o “sospechosos” en varias películas anteriormente. Tercero, por toda esa presentación e importancia de papeles femeninos fuertes y dominantes de los que hablaba antes.

Ya alejándonos del probable discurso feminista, otro de los puntos que más me han cautivado, y que en las películas sólo se insinuaban, es el concerniente a los propios Terminators. Desde la creación de IA que realmente funcionen como el pensamiento humano hasta la tesis de que cada Terminator es único aunque compartan los mismos elementos (incluso el mismo aspecto físico). Y, lo más arriesgado, dotar a esos mismos Terminators de alma. ¿Cómo puede un ser artificial tener sentimientos y emociones?

Pero eso es lo que se insinúa desde el primer momento, en el que queda bien patente la tensión sexual existente entre John Connor y Cameron. Y en la propia “evolución” que la terminator Cameron sufre a lo largo de la historia. Porque nos encontramos con que esta cyborg comienza a tener lo que parecen ser emociones humanas: instinto de supervivencia, apreciación de la belleza, preocupación por su propia extinción e incluso vínculos afectivos. Del mismo modo que es interesante cuando se muestra que Cameron fue creada a imagen y semejanza de una humana vinculada con John (aunque quizá aquí muchos se perdieran si desconocían la teoría de que algunos recuerdos del ser humano podrían estar inscritos en el ADN) y cómo, tiempo después, los recuerdos de esa humana interfieren con los suyos haciéndola olvidar su condición de máquina. Por no obviar tampoco el continuo aprendizaje y cómo acaba teniendo iniciativas y vida propia al margen de la misión que tiene asignada (excelente capítulo el 2x11: Self made man).

En cuanto a los aspectos más formales de la serie, lejos de ser sobresaliente, mantienen un nivel más que aceptable. Los guiones son más consistentes de lo que un visionado superficial hace parecer. El score, lejos de basarse en el famoso Terminator’s theme de Brad Fiedel, parte de cero creando una identidad propia y apoya a la perfección las escenas. La interpretación del trío protagonista es sólida (mención aparte merece el acentazo yanqui de la británica Lena Headey) siendo quizá los secundarios los que más flojeen. El resultado final para mí es más que satisfactorio. Hasta el punto de que ha sido la única serie que he vuelto a ver de principio a fin y aún así me ha dejado con ganas de más.

El porqué de que haya series aceptables que se cancelen (por baja audiencia) cuando tienen un buen nivel mientras que otras, bastante más flojas, continúen en parrilla (con buenas audiencias) para mí sigue siendo un misterio. Heroes ha tenido una pésima tercera temporada (y pésimas audiencias) y ha sido renovada para una cuarta. Prison Break se ha alargado como un chicle Boomer (también con pésimas audiencias) cuando debía de haber sido serie de una única temporada. Lost (con cada vez menos audiencia) vuelve locos a sus seguidores con saltos en el tiempo y temporadas que crean más interrogantes (y ansiedad) de los que solucionan. Y estas, como muchas otras, se mantienen o se han mantenido mientras que otras se han visto abruptamente canceladas (se me viene a la cabeza New Amsterdam, que mereció, al menos, haber tenido una temporada completa o Kyle XY, que se ha quedado sin final).

Aunque aún queda una pequeña oportunidad para TSCC en los upfronts del 18 de mayo, la cancelación definitiva, para muchos, está cantada (incluso pese a haber barrido en las encuestas del “Save one show”). La season finale parece haber sido también la series finale. Y a los que nos ha gustado la serie nos quedará el regusto amargo de ver cómo un buen producto televisivo (otro más) se queda inconcluso cuando podría haber dado mucho más de sí.

Para quién le haya picado la curiosidad puede verla online aquí. Primera temporada doblada al español, segunda en V.O. con subtítulos en español (sin duda la mejor opción, el doblaje es incluso doloroso).

jueves 7 de mayo de 2009

Terminator: The Sarah Connor Chronicles

La mayoría de los que me conocen saben que, de un tiempo a esta parte, disfruto muchísimo más con las series que con las películas. Tengo infinidad de series por ver y todavía sigo “consiguiendo” más. Pero también son muchas las series que he visto ya. Y me gusta hacerlo en forma de maratón. Temporadas completas en dos o tres días acompañada únicamente por mi tabaco y grandes dosis de adrenalina provocadas por lo que estoy viendo (aunque me gusta de todo reconozco que las de intriga, acción y derivados me hacen pegar brincos en el sofá). Además, yo soy muy de obsesiones temporales. Me gusta un actor o actriz, director, etc. y ahí me tienes buscando información hasta debajo de los bytes. Y durante una temporada no hago más que darle vueltas al tema (si me ha gustado, que si no me olvido de ella tan fácilmente como he sacado el dvd del reproductor).


En mi extinto blog con pseudónimo dije una vez que no me consideraba el tipo de persona fanática de la ciencia-ficción. No leo foros del tema, ni revistas científicas, ni nada por el estilo. Incluso puedo no nombrarla cuando me preguntan por mis géneros favoritos. Pero en ese mismo blog llegaba a la conclusión de que sí me gustaba, y mucho, la ciencia-ficción. Pero maticemos. De pequeña pude ver la trilogía de Star Wars o la saga de Star Trek pero hoy en día no me llaman para nada la atención (de hecho he intentado ver alguna de las nuevas o volver a ver las antiguas y me he aburrido a los quince minutos). No he visto Battlestar Galactica. No he visto Stargate (me refiero a la serie; la película sí que la vi en su día). En mi base de datos de series (que ya ronda las ciento cincuenta) veréis muy pocas marcadas con añil —color con el que identifico a las que pertenecen a este género—. Sin embargo puedo decir que Expediente X es una de mis series de cabecera. Que tengo un póster de la primera Matrix desde hace años en mi habitación. Que he leído a Ray Bradbury y Philip K. Dick (y visto la mayoría de las películas basadas en relatos de este último). Que me encanta el rollo de los viajes en el tiempo aunque la mayoría incurran en paradojas totalmente improbables y sin base. Que me gusta esa ciencia-ficción apocalíptica tipo Soy leyenda o Terminator. Porque además gran parte de las historias de ciencia-ficción plantean cuestiones mucho más profundas que el mero espectáculo de efectos especiales en el que se convierten los productos audiovisuales en los que se encuentran.

Todo este rollo de introducción (porque, igual que me gustan más las series que las películas o las novelas que los relatos cortos, soy incapaz de sintetizar y hacer un post de una extensión menos kilométrica) viene porque en menos de cuatro días me he cascado las dos temporadas de Terminator: The Sarah Connor Chronicles y, para rematarlo y hacer la faena completa, he vuelto a ver las trilogía de películas (sí, incluyendo también la pésima tercera parte). Y, como siempre me ocurre cuando algo me gusta mucho, no me queda más remedio que hablar o escribir sobre ello.

The Terminator (James Cameron, 1984) fue una película con presupuesto de serie B que revolucionó la ciencia-ficción hace un cuarto de siglo cuyos efectos, vistos hoy, resultan de una inocencia casi pueril. No obstante su argumento era y sigue siendo muy atrayente. En realidad estaba basado en una serie de historias del escritor Harlan Ellison (que reivindicó su autoría tras el estreno de la primera película pues se “olvidaron” de él en los créditos). Pero tampoco es que Ellison fuese el colmo de la originalidad puesto que la historia, al igual que la de The Matrix, bebe directamente de fuentes bíblicas. John Connor es el líder de la resistencia en la lucha de la humanidad contra las máquinas. Es el mesías redentor que salvará a la raza humana en el futuro. Y The Terminator vino a ser una revisión apocalíptica de Jesús, María y José pero sin concepción divina y con un Pilatos hecho de metal y con muy mala leche que viaja en el tiempo no para matar al niño sino para ir más lejos y matar a su madre antes de que pueda traerle al mundo.

La primera película se podría considerar casi redonda. Sarah Connor es una joven camarera, una chica entre tantas con una vida normal y aburrida. Hasta que llega el Terminator y empieza a asesinar a todas las Sarah Connor del listín telefónico. Huyendo de él se topa con Kyle Reese, un soldado de la resistencia, amigo de de su hijo John, que ha viajado también desde el futuro para salvarla, alertarla y aleccionarla sobre su destino y el de su hijo no nacido. Kyle está secretamente enamorado de Sarah de tanto como John le ha hablado de ella. Y entre huida y huida Sarah y Kyle conciben a John (olvidemos ahora los universos paralelos, el hecho de que Sarah ya pudiera estar embarazada o que el padre pudiera ser otro y mandando a Kyle, John Connor se cambiara a sí mismo. Ya se lo dice la propia Sarah a su hijo en las cintas que le graba mientras espera su nacimiento: “Si no mandas a Kyle Reese no nacerás”) en una de las escenas de sexo más tierna y apasionada que he visto en películas de acción. Después, con mucho esfuerzo, consiguen acaban con el Terminator. Primero Kyle, sacrificando su propia vida para hacerle explotar y más tarde la propia Sarah, acorralándole bajo una plancha y aplastándolo. La película finaliza con ella ya embarazada huyendo al sur y sabiendo que su vida ha cambiado. Ahora sabe cuál es el destino de la humanidad. Y sabe, además, que su hijo es muy importante para esa humanidad. Y eso pesa. Pesa muchísimo.

En la segunda película, Terminator 2: The Judgment Day (James Cameron, 1991) han pasado diez años. John es un niñato rebelde y muy hábil con los ordenadores que vive en hogares de acogida. Sarah está recluida en un centro psiquiátrico debido a su paranoia. Nadie la cree. Pero Skynet, el ordenador del futuro que controla las máquinas, no se ha dado por vencida y manda un nuevo Terminator de metal líquido para liquidar al niño. Y los humanos mandan para protegerle a un Terminator exactamente igual al que quiso acabar con Sarah una década antes. Persecuciones, mucha acción y efectos especiales revolucionarios en su momento convirtieron a la película en una de las mejores en su género. Que levante la mano quien no haya dicho nunca aquello de “Sayonara, baby” (mal dicho porque realmente lo que decia Arnie era “Hasta la vista, baby” pero, claro, por cuestiones de doblaje al español no daba el efecto deseado y lo cambiaron por la palabra de despedida japonesa que quedaba más simpática). Aparte de ponerse a salvo, rescatar a Sarah del psiquiátrico y dar unas puntadas paternofiliales a la relación entre el chico y el Terminator bueno, la recta final de la película versaba en destruir los cimientos de lo que más tarde se convertirá en Skynet (lo que incurriría en una nueva paradoja temporal puesto que si Skynet no llega a existir, John Connor no será el líder de la resistencia ni mandará a Kyle Reese para que se convierta en su padre pero aceptemos pulpo como animal de compañía). Buscan a Miles Dyson, responsable del proyecto de Cyberdine Systems que acabará convirtiéndose en Skynet y destruyen todo, incluyendo el brazo y el chip que quedaron atrapados en la prensa diez años atrás (que digo yo que realmente pudieron encontrar todo el endoesqueleto porque aunque separado en múltiples trocitos, quedó todo desperdigado por la fábrica del final de la primera película y todo el tronco y la cabeza atrapados bajo la plancha pero volvamos a aceptar al simpático pulpo). La película acaba de nuevo en un entorno industrial, esta vez una fundición. El T-1000 se funde y el Terminator bueno les pide que le destruyan a él y al brazo y el chip encontrados en Cyberdine Systems. Y Sarah y John lo hacen. Pero antes de eso, en la última pelea entre el T-1000 y Arnie, éste pierde un brazo que queda atrapado en una rueda y nadie parece acordarse de él. ¿Es que ese no había que destruirlo?

La película acaba ahí oficialmente. Hay, sin embargo, material rodado que se descartó en el montaje que mostraban a Sarah y John treinta años después de esos sucesos en el que aparecían en un parque de Washington con el Capitolio al fondo. Sarah es abuela (hay una niña correteando por allí que la llama como tal) y John es un congresista que ha cambiado las armas por la política en su misión como redentor de la humanidad. El día del Juicio Final nunca llegó a producirse y todos vivieron felices y comieron perdices. Pero, claro, ese final tan cerrado no dejaba ninguna puerta abierta a posibles secuelas y supongo que la productora (más que el propio director) decidieron dejar un final inconcluso y más abierto para la historia en caso de que en el futuro quisieran retomar la saga.

Y lo hicieron, para desgracia de muchos.

Terminator 3: Rise of the machines (Jonathan Mostow, 2003) fue un despropósito de principio a fin. Realizada doce años después de su predecesora (entre el primer y segundo film sólo trascurrieron siete años) con un Schwarzennegger más que talludito y un Nick Stahl interpretando a un John Connor sin carisma ninguno. Por no hablar del personaje de Claire Danes; que la muchacha tuvo su gracia en My so called life, incluso en Romeo+Julieta pero que aquí estorbaba más que otra cosa.


El argumento era el siguiente: con Sarah Connor muerta por leucemia años atrás y la amenaza de Skynet ya diluida en el horizonte, John Connor es un pringao sin rumbo ni destino. Pero llega un nuevo modelo de Terminator, una TX, también líquida pero con armamento incorporado, para acabar con todos los que en el futuro serán lugartenientes de Connor en la resistencia. Cual no es la sorpresa de la pérfida terminatrix cuando se encuentra por el camino con el propio Connor, objetivo principal de las máquinas. Y de nuevo persecuciones, sin mucho sentido esta vez, y al Terminator bueno contándole a John que el apocalipsis es inevitable por muchos esfuerzos que hayan hecho y que Katherine Brewster —Claire Danes— es su mujer en el futuro y su segunda de a bordo por lo que es de vital importancia ponerlos a salvo. Y la peli acaba con ellos dos en un refugio nuclear del desierto asistiendo por radio al dichoso día del Juicio Final. O sea que, si bien en las dos primeras películas el futuro no estaba escrito sino que cada acción realizada lo modificaba ("No fate but what we make"), en esta tercera nos quieren vender una tragedia griega en la que los designios divinos son inalterables y el destino inamovible. Todavía me acuerdo del rebote que pillé cuando salí del cine...

Y ahora, a la espera de Terminator Salvation: The future begins, me introduje sin muchas ganas en la serie de televisión que narraba las visicitudes de Sarah y John Connor en un universo paralelo que se situaría entre la segunda y la cuarta (con lo que la tercera quedaría invalidada). Y digo sin ganas porque aunque tengo la manía de bajar toda serie mínimamente interesante que se estrene al otro lado del charco (incluso, a veces, de las que se estrenan aquí) no me llamaba la atención en exceso (de nuevo recordemos lo que decía en los primeros párrafos, no me suele atraer la ciencia-ficción aunque este caso fuera aún más flagrante puesto que se trataba de una serie basada en unas películas que sí me gustan). A mi poco interés se le unía el hecho de que, desde su estreno, TSCC ha ido dando bandazos sin acabar de atraer a una gran cantidad de público. No oía/leía cosas buenas sobre ella y, de hecho, a la hora de verla, el rumor de su cancelación definitiva es un hecho que muchos dan por sentado. Tan solo una amiga me dijo que le estaba gustando y que la seguía semana a semana. Y quizá porque suelo coincidir bastante en gustos seriefilos con ella, le concedí una oportunidad.

Y, sin duda, no me arrepiento en absoluto. Es más, ahora soy yo la que espera que a los de Fox se les crucen los cables y la renueven para una tercera temporada (tampoco es tan descabellado, ha alcanzado un 53% de los votos en la encuesta anual de “Save one show”). Y junto con Dexter es la única serie que ha conseguido que quiera volver a ver de nuevo nada más acabar el primer visionado (que, claro, con una peli es sencillo, pero ponte tú a ver de nuevo veintidós horas de capítulos). Vaaaaale, admito que Lena Headey ha tenido un gran peso en mi fascinación por la serie. Que me gustan a mí las morenas de treinta y tantos y con ojos verdes (y de armas tomar), oye, qué le voy a hacer...

Y en el próximo post, la crítica sobre la serie.





¡¡¡Aaaay, omá qué rica!!!