domingo 26 de febrero de 2012

Desafío

Ésta es la página final de Siempre hay algo equivocado, una de mis novelas de adolescencia. Una novela sórdida y desoladora, pero en la que se pueden encontrar destellos de un optimismo mucho más real y tangible que el de los que dicen ser positivos.


Lamentablemente, tras muchos incendios continuados durante demasiado tiempo que han acabado con todo lo que tienes, se empieza a hacer muy complicado encontrar algo que merezca la pena. Ni en una misma ni, muchísimo menos, en los demás.

miércoles 22 de febrero de 2012

Pensar perjudica seriamente la salud

¿Conocen ustedes esa sensación de mirarse las manos y encontrarlas siempre vacías?

Entiéndanme, cuando me refiero a las manos estoy haciendo una analogía con la vida, que parece que hay que explicarlo todo.

En las mías sólo hay dedos. Y líneas del destino en mis palmas.

Lo único que siempre tengo lleno es la cabeza. Muy a mi pesar. No saben cómo les envidio. Porque sé que la mayoría de ustedes saben cómo vaciar la cabeza cuando es necesario.

Yo no.

Yo soy ese tipo de persona que piensa que la crisis económica mundial no es más que la consecuencia de una crisis moral sin precedentes.

La ausencia de moralidad y escrúpulos de unos pocos miles es la razón de que ahora miles de millones estemos pagando un banquete al que no estamos invitados.

El caso es que yo siempre consideré importante definir claramente una escala de valores éticos y morales para manejarme por el mundo.

Vaya putada, nadie me dijo que no hacía falta.

Yo soy ese tipo de persona que te saluda cuando te la cruzas por la escalera del edificio. Aunque casi siempre sea ignorada.

Yo soy ese tipo de persona que cuando llama a alguien que no conoce, porque su trabajo la obliga a ello, empieza siempre diciendo "Hola, buenos días" con una sonrisa. Porque sí, las sonrisas se notan incluso por teléfono.

Yo soy ese tipo de persona a la que preguntas por la calle cómo llegar a algún sitio y se quita los auriculares para indicarte lo mejor que puede y sabe.

Yo soy ese tipo de persona que aún piensa que hablando se entiende la gente. Aunque al final la única dispuesta a hablar sea yo.

Yo soy ese tipo de persona que no soporta los malentendidos y siempre intenta solucionar los problemas. Porque, por encima de todo, valoro a las personas por lo que son, no por un comportamiento que pudieron tener durante un mal día.

Yo soy ese tipo de persona que siempre le pone facilidades a la gente con la que se relaciona sólo para darse cuenta de que quizá, en el fondo, a esa gente lo que le debe de gustar realmente es que se lo pongan difícil. Quizá porque es lo único que les motiva. Quizá porque aún no se han dado cuenta de que la vida ya es lo suficientemente difícil como para complicarla nosotros aún más.

Yo soy ese tipo de persona a la que una vez dijeron: "Gracias por la pasión que le pones a todo lo que haces, ya sea luchar por tus derechos, hacer radio o enamorarte". Lamentablemente, las dos últimas ya no puedo hacerlas, una por falta de tiempo, la otra por simple desesperanza. La primera es algo inherente al hecho de estar viva. Sólo dejar de respirar me impedirá seguir haciéndolo.

Yo soy ese tipo de persona que, aún teniendo suficientes razones para refugiarse en una cueva y desestimar todo trato con otro ser humano, cada día saca fuerzas de flaqueza, incluso de donde ya no queda casi nada, para levantarse por las mañanas pensando que tal vez ése día será el que marque la diferencia.

Yo soy ese tipo de persona que se queda en un rincón de la fiesta observando a los asistentes pero que al final de la noche los conoce mejor que si hubiera pasado el rato manteniendo frívolas y superficiales conversaciones con ellos.

Yo soy ese tipo de persona que siempre recordará tu cumpleaños sin necesidad de que Facebook se lo recuerde. Incluso aunque tú no hayas recordado el mío.

Yo soy ese tipo de persona que siempre lo intenta una vez más. Aunque todas las apuestas estén en mi contra.

Yo soy ese tipo de persona a la que la mayoría considera estúpida, ingenua o, simplemente, gilipollas.

Hace casi veinte años escribí dos novelas completamente desoladoras y descarnadas. Totalmente impropias de una adolescente que se suponía que no debería saber nada acerca del dolor.

Y con quince años escribí: "Quizá algún día, cuando mire hacia atrás, sea capaz de decir, al menos por una vez, que nunca acerté en mis decisiones, pero que nunca me equivoqué al tomarlas".


Casi veinte años después sigo sin acertar con ninguna de mis decisiones.

Pero también sigo sin arrepentirme de ninguna de ellas.

¿Pueden ustedes decir lo mismo?



sábado 31 de diciembre de 2011

Hasta nunca 2011

Se acaba otro año. Otro año más. Pero sería injusto decir que ha sido el peor de mi vida. Sería injusto porque hay otros 32 en dura pugna por alzarse con ese título. No obstante siempre recordamos lo que más cerca nos queda. Y, si de mí hubiera dependido, me habría acostado el 31 de diciembre de 2010 para despertarme el 1 de enero de 2012 y, creedme, habría valido la pena. Hubiera valido más la pena pasar este año en coma que haberlo vivido y haberme dado cuenta (una vez más) de la podredumbre que se esconde tras esas sonrisas que parecen cargadas de buenas intenciones. Buenas intenciones ¡y una mierda!

Mi nivel de hartazgo ha llegado a límites que incluso yo creía inconcebibles. Y mira que yo intento poner buena cara, tomarme las cosas con humor (y con ironía y sarcasmo que si no, me muero), incluso de ilusionarme ante determinados sucesos... Pues no hay tu tía, a la que me descuido, ¡pumba! otra hostia.

Por tanto mi grito de guerra se ha sintetizado en un gran, enorme y conciso ¡que os jodan!

A esa familia que no es familia ni es nada (y menos porque lo digan algunos marcadores genéticos): ¡Que os jodan!

A esos amigos de tantos años que han escurrido el bulto, no ya cuando los necesitaba sino mucho antes: ¡Que os jodan!

A los que me critican salvajemente, se compadecen de mí o me insultan (como algunos comentaristas anónimos —y cobardes— de algunos post recientes): ¡Que os jodan! ¡Y mucho!

A esas personas que me muestran buena cara para luego montar algún pifostio y echarme la culpa a mí: ¡Que os jodan!

A todos los que han tratado y todavía hoy tratan de hacerme daño y ponerme la zancadilla: ¡Que os jodan!

Y a todos los que en el pasado, presente o futuro puedan incluirse en las anteriores categorías y a modo de revulsivo: ¡Que os jodan!

Por otra parte a todos los amigos, nuevos y antiguos, que han permanecido a mi lado y me han ayudado en la medida en la que han podido (incluso con una simple conversación), a toda la gente que me ha dado techo y cobijo, que ha compartido su comida, su tabaco, su tiempo y toda su persona conmigo, a los que han conseguido que, aunque fuera por un rato, volviera a sentirme bien y llegara a sentirme otra vez como un ser humano completo, a los que han cuidado a mi perro aquellos dos meses en los que yo no pude y lo hicieron desinteresadamente sin perdirme nada a cambio, a todos ellos: ¡Gracias! Gracias una y mil veces porque sois los únicos que todavía me hacéis creer que merece la pena vivir esta vida de mierda. Y eso vale más que cualquier otra cosa material.

Nos vemos durante este 2012 (al menos hasta el 22 de diciembre, que luego dicen que se acaba el mundo).

domingo 18 de diciembre de 2011

La ley del embudo. Ellos y tú.

El texto que va a continuación no es mío sino de un buen amigo. Un buen amigo que puso en palabras de un modo certero y magistral todo lo que pienso acerca de esa regla no escrita que parece afectarnos a la mitad de la población: la ley del embudo. La otra mitad, está claro, se beneficia de ella.

Él nunca llegó a hacer público este texto, sin embargo en mi opinión debería ser de lectura obligatoria para la mayoría de la gente. Aunque los que se benefician de esta ley ni siquiera se sentirán aludidos (porque, por supuesto, ellos jamás pensarán que su comportamiento pueda estar equivocado).

Cada vez estoy más harta de la actitud y el comportamiento de mucha de la gente que me rodea. Y cada vez me callo menos, lo cual provoca que esa misma gente, acostumbrada a que gilipollas como yo nunca abramos la boca, para colmo monten en cólera. Manda huevos.

Ya lo dije en los agradecimientos del último libro que publiqué hace más de cuatro años y lo seguiré diciendo siempre: la susceptibilidad siempre nace de la mala conciencia. Y yo tengo la conciencia muy tranquila. Los demás supongo que ni siquiera tienen conciencia.

"Desde que tengo uso de razón critiqué a la gente superficial que sólo tenía amigos para salir de marcha y tomar copas y que sólo follaban con simples conocidos que nunca llegaban a ser algo más, que jamás se implicaban en nada que tuviera que ver con alguien.

No obstante he llegado a comprenderlos. Cada día que pasa los entiendo más. Su filosofía de vida es mucho más sencilla. Más fácil. Pues no hay tarea más infructuosa y menos agradecida que la de cultivar las relaciones humanas. Con esto, por supuesto, no quiero decir que todo el mundo sea igual y que no tenga relaciones de cuyo cultivo me sienta orgulloso. Ni siquiera pretendo afirmar que de ahora en adelante dejaré de implicarme en las relaciones que sostenga. Sólo me limito a señalar lo infinitamente descorazonador que resulta relacionarte en un mundo lleno de personas ombliguistas y hostiles, que nunca entienden lo que les quieres decir y cuyo afán más importante es hacer que impere una ley del embudo, favorable a sus intereses, por supuesto.

Ellos pueden sentirse mal, pueden pasarse meses llorando por la persona a la que han perdido. Tú no. Lo de ellos es amor, un amor desaforado que no pueden controlar y del que se sienten esclavos, por eso sufren tanto. Lo tuyo no. Lo tuyo es una tontería adolescente, nada serio, algo a lo que no puedes dar importancia.

Ellos pueden pasarse semanas enteras llorando mientras tú les apartas las lágrimas y les escuchas, por más que lo que te estén contando se esté repitiendo, por más que sea la enésima vez que escuchas lo mismo, te callas y aguantas estoicamente porque sabes que hay cosas que necesitan ser repetidas mil veces. Pero si lo haces tú eres un pesado que se aferra al pasado y que no consigue pasar página.

Ellos pueden emborracharse para ahogar las penas y tú estarás al lado de ellos esperando a que exploten en algún momento de la noche y rompan a llorar. Tú no, tú tienes que ser una persona madura que no hace esas cosas y que no se emborracha porque la solución a los problemas no es el alcohol.

Ellos pueden llamarte a las tres de la mañana si se encuentran mal. Si lo haces tú, eres un paranoico obsesivo que debería dormir.

Ellos pueden pasarse años hablando de la misma persona que les dio la espalda. Si tú lo haces es que te aferras al pasado y tienes un problema.

Ellos pueden tener un mal día y mandarte a tomar por culo a la primera de cambio, cosa por la que no te puedes enfadar. Tú, si no sonríes las veinticuatro horas, es que tienes un problema depresivo que está haciendo que seas un amargado de por vida.

Ellos pueden meterse en tu vida y decirte cómo tienes que hacer las cosas, lo que deberías estar haciendo en todo momento para que tu vida sea mejor. Pero ay de ti si un día osas dejar escapar de tu boquita una opinión que no vaya acorde con lo que ellos quieren escuchar.

Ellos pueden tirarse a media provincia si hace falta y tener millones de relaciones fallidas porque están buscando al amor de su vida. Pero si lo haces tú serás una puta que mendiga caricias y afecto en brazos de desconocidos y que repite patrones de conducta.

Ellos pueden enfadarse si se encuentran mal y no los has llamado para comprobar cómo estaban. Ellos ni siquiera saben cuándo tú estás mal porque o bien no lo saben ver o bien, cuando vas a decirlo de viva voz, le quitan importancia a tus problemas con desdén y ponen por encima los suyos (ésos sí que son problemas).

Ellos pueden cometer errores mientras tú les das cuartelillo porque asumes que todo el mundo puede equivocarse y nadie es perfecto. Hasta le quitas importancia a sus errores, los dejas pasar. Pero si te equivocas tú tendrás que soportar que durante años te lo estén restregando por la cara y que en cada discusión lo utilicen para llevar la razón por cojones, aunque con el recordatorio te estén haciendo daño.

Ellos pueden quejarse de lo mal que les va en sus vidas. Si lo haces tú, es que te estás haciendo el mártir y la víctima.

A ellos les puede ir mal en sus relaciones y te lo relatarán mientras esperan consuelo. Si tú haces lo mismo no tienes por qué quejarte porque esas situaciones las has provocado tú. Ellos se han visto arrastrados por la vorágine pero tú has conseguido que te pase lo que te pasa porque te has expuesto a eso y es tu responsabilidad, así que deja de quejarte y afróntalo.

Ellos pueden criticar y despotricar contra el mundo que les rodea porque no les parece justo o porque se sienten mal. Si lo haces tú es que te estás envenenando y acabarás mal.

Ellos se sienten muy dolidos si no asistes a una reunión que han organizado porque tú deberías estar ahí con tus amigos, dónde vas a estar mejor, cómo vas a tener otros planes. Pero si un día les llamas porque te encuentras mal y necesitas irte de cervezas y salir de casa sea como sea, ellos te dirán que están ocupados, o que van a pasar tiempo con sus parejas. Y nadie podrá decirles nada porque están en su derecho de emplear su tiempo libre como les plazca.

Ellos pueden ponerse bordes a la hora de hablar porque es su tono de voz. Tú te pasas si dices un taco o utilizas la ironía.

Ellos pueden pasar de ti si les surge un plan mejor o si no les apetece salir, y tú lo entiendes, cada uno hace lo que quiere con su tiempo libre, insisto. Pero tú siempre tienes que estar listo para cualquier plan que ellos propongan o si a ellos les apetece salir, o si a ellos les apetece estar veintiocho horas hablando sobre la uña del dedo gordo de su pie izquierdo. Luego, cuando rechacen diez de tus planes y te acostumbren a que sean ellos quienes propongan porque nada de lo que dices para hacer les parece bien, la resulta es que tú nunca propones planes y, por eso, sacan la conclusión de que no quieres pasar tiempo con ellos y tomas, flípalo, la posición fácil de que te llamen. Y digo flípalo porque estás hasta la polla de enviar mensajes los viernes y los sábados para salir a tomar una copa o cenar y que no te conteste ni Vodafone Publicidad.

Ellos pueden tener muchas cosas que hacer y estar la mar de ocupadísimos. Tú tienes que ser un Seven Eleven: siempre dispuesto.

Ellos pueden encerrarse en sí mismos porque lo necesitan y no hablar con nadie. Si lo haces tú, terminarás solo por los siglos de los siglos porque estás apartando a las personas que te quieren de tu lado.

Ellos pueden tener otros amigos especiales, otros mejores amigos, con los que tienen una relación más estrecha que contigo. Es normal, ¿no? Nunca pretendiste ser lo más de lo más en la vida de nadie. Pero tú no puedes tener otros amigos especiales. Ellos han de ocupar los primeros puestos en tus prioridades.

Si hay una pelea, tú tienes que pedir perdón, porque ellos son así y te quieren y nada de lo que te han dicho ha sido de mala fe. Si esperas que ellos te pidan perdón por algo que a ti te ha dolido, te aconsejo que te compres una silla para sentarte y una escoba para ir barriendo el desierto como método de entretenimiento.

Si te encuentras en una situación grave, ellos te reprocharán el montón de cosas que haces mal. Pero si ellos se encuentran en el futuro en la misma situación, en su caso siempre será distinto.

Ellos pueden estallar y mandarte a la mierda sin motivo. Si lo haces tú, sea sin motivo o con él, es que eres un intransigente con el que no se puede hablar, que no quiere razonar y que no se responsabiliza de sus problemas.

Ellos pueden evitar hablar de un problema porque se encuentran cansados o no les apetece discutir. Si lo haces tú es que no te enfrentas cara a cara a la realidad.

Ellos pueden decir las cosas malas que creen ver en ti porque están siendo sinceros. Incluso pueden hacerlo en forma de ataque. Y si alguien dice cosas buenas por otro lado, ellos se vanagloriarán y dirán que los otros sólo te están dorando la píldora y que no son tus amigos de verdad. Si tú expresas algo que te molesta, el problema es tuyo, porque ellos son así y no van a cambiar.

Ellos pueden exigir más y más de ti hasta exprimirte. Pero si tú exiges que ellos hagan contigo lo mismo que tú haces con ellos, es que no entiendes el concepto de la palabra amistad.

Pues bien, ha llegado el momento de que ellos dejen de practicar la ley del embudo y de que tú te pongas en tu sitio de una maldita vez. Porque mereces el mismo trato que das y que se te tome en serio. Y porque ya te has cansado de que te tomen por el pito del sereno".

jueves 17 de noviembre de 2011

Razones para mandar todo (y a todos) a tomar por culo (y III)

SIN LIBROS LA VIDA SERÍA UN INFIERNO

Pues sí, la vida sería mucho más aburrida sin libros. Sin embargo, sin MIS libros, MI vida sería mucho más tranquila.

¿En qué momento pensé que publicar novelas era una buena idea? No lo recuerdo con exactitud pero creo que era demasiado joven como para calibrar las consecuencias. Así que si hay por ahí alguna jovenzuela que sueña con entrar en algún “Olimpo Literario” con sus geniales novelas, que se lo vaya quitando de la cabeza. Escribir mola, publicar no.

Para empezar, publicar mata todo atisbo de originalidad que pueda haber en ti. Y lo que es peor, algo que antes era para ti una necesidad, una vía de escape y/o un placer pasa a convertirse en una obligación. Una obligación muy jodida.

Mentiría si dijera que he dejado de escribir. No, estoy escribiendo esto. Escribo artículos para revistas y webs (que, por supuesto, no me pagan), escribo mails, escribo a través de los muros de medio Facebook e incluso escribo tweets. Pero ya no escribo lo que antes me gustaba escribir: novelas.

No es que no tenga ideas. Al contrario, las tengo e incluso toman forma en mi cabeza y casi sin poder evitarlo hasta voy conformando frases. La cuestión es que luego no me apetece sentarme a volcar esas ideas sobre un soporte que pueda conservarlas. No me sale. O me domina la desidia y me pregunto: “Total, ¿para qué? No merece la pena el esfuerzo”. No escribo para mí. No escribo para el público. Todo me da igual. No tengo la cabeza lo suficientemente clara (por si lo dudabais, esta “bruma mental” es otra de las geniales consecuencias de la fibromialgia).

Luego está la otra cuestión en liza. Si la acción es que alguien escribe y publica novelas, la lógica reacción es que haya alguien que las lea. Hecho que no deja de ser mero alimento para el ego. A todos nos gusta gustar. Pero también sabemos que es imposible gustar a todo el mundo (aparte de que sería totalmente contraproducente). En mi cuenta de correo recibo mails de todo tipo: a unas personas les gusta lo que escribo, a otras no, a otras les resulta indiferente y otras, lo siento, pero es que ni siquiera entiendo lo que me dicen.

El problema viene cuando se publica para un nicho de mercado tan concreto y escogido como el público LGTB (y afinando aún más, para el público lésbico) en el que, tarde o temprano, todos nos conocemos aunque sea de oídas. Y yo, por alguna razón que se me escapa (ya veis, soy así de lerda), despierto muchos odios. Odios que son alimentados por determinadas personas (del género femenino más concretamente) no sé si porque en algún momento les levanté una novia (cosa que dudo) o simplemente porque no tienen nada mejor que hacer con su vida, aunque traten de dar una imagen de erudición y gustos elevados. Personas que, cuando ves la cara que gastan, podrías pensar que al menos serían simpáticas. Pero no lo son, son orcos malfollados que me la tienen jurada porque en algún momento le comieron el parrús (según me cuentan) a la payasa que escribió aquellas líneas sobre mi relación con familia, amigos y conocidos y que siempre ha pensado que yo era una mindundi. Y es que la payasa en cuestión es también una payasa con muuuucho talento en tantos campos artísticos que ahora mismo no tengo tiempo de enumerar pero que, casualmente, a día de hoy no ha conseguido ninguna repercusión en ninguno de ellos. Ahora comparte su arte en petit comitè como todo hijo de vecino porque, además, no piensa venderse al capital. Aunque bien que se vendió a él haciendo un MBA para poder entrar con todos los honores en el corporativismo empresarial. Y es que, claro, angelito, todos tenemos que comer algo, aunque sean nuestras propias palabras.

Sí, evidentemente, me estoy refiriendo a personas con nombres y apellidos (y algunos muy bien puestos y definitorios de la persona que los lleva), lo que pasa es que, al contrario que alguna de ellas, tengo un poquito más de clase y elegancia y no veo motivo para darles una publicidad que no merecen. Aún así, sigo sin entender por qué se meten conmigo y no con tanta escritora que hay por ahí que se cree Virginia Woolf reencarnada (¡ah, claro, es que son amigas! Qué cosas tengo, de verdad…). Yo nunca he ido de nada. Jamás he adoptado una pose para venderme ni como escritora ni como persona. Es más, odio a tanto papanatas suelto que se cree alguien únicamente por autodenominarse artista y que no ha hecho nada en su puta vida.

Si algo soy o intento ser, aparte de coherente, es objetiva conmigo misma. Yo no soy nadie para creerme más que quien esté a mi lado. La gran mayoría de los que publicamos o hemos publicado (o publicarán en el futuro) somos mediocres. Ser mediocre no es ser malo, ser mediocre es estar dentro de la media. Yo abrazo mi mediocridad sin problemas, sabiendo que tengo mi pequeña cuota de público. El orco malfollado antes mencionado se atrevió incluso a insultar a ese público porque me leía a mí y no era capaz de consumir productos culturales más elevados. El orco malfollado, pese a toda su exquisita cultura, no acaba de entender que igual que no nos gusta el fascismo político tampoco nos gusta el fascismo cultural. Yo he leído a suficientes clásicos como para haberme dado cuenta de que muchos están sobrevalorados. En mi opinión, por supuesto, cuestión que nadie acaba de entender ni mucho menos respetar. Y si yo decido emplear mi tiempo libre leyendo libros de zombies en lugar de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha estoy en todo mi derecho a hacerlo. Igual que si prefiero ver series yanquis en lugar de repasarme la filmografía de la edad de oro de Hollywood al completo. Es mi puta decisión (y la de cada uno) y nadie tiene derecho a menospreciarme por ello. Y es que la humildad es algo que ciertas personas no conocen ni por equivocación.

A esas personas les podría dar una alegría ahora mismo anunciándoles que no pienso publicar más (afortunadamente, que yo escriba o no, es algo contra lo que no pueden hacer nada). Y la verdad es que muchas veces lo pienso. No porque me preocupen nuevos ataques de habitantes de Mordor sino porque hace mucho que dejé de disfrutar con la escritura. Pero, sin lugar a dudas, los ataques de las criaturas de los reinos de Sauron serían un perfecto acicate para seguir publicando. Sólo por joder las personas hacemos lo imposible. Así que ya sabéis (lo digo por si me leen, porque para despreciarme tanto se enteran de todo lo que hago al momento, como si estuvieran pendientes de cada uno de mis pasos).


TODO LO QUE NECESITAS ES AMOR

¿De verdad? Después de ver cómo mi familia, mis amigos y gente que no conozco (pero a la que debí de levantarles alguna novia, ya os digo) se dedican a joderme, herirme, juzgarme, criticarme y humillarme, ¿de verdad creéis que lo que me hace falta es otra persona más que me dé por culo?

Mi vida sentimental es un asco desde hace años. Una vez, una de esas “geniales” amistades que hago yo me dijo que no me quejara, que a cambio había tenido mucha vida sexual. Acabáramos. Para este ser era preferible pasarse años follando pero no hacer el amor nunca. Curiosamente para su propia vida siempre prefería el sexo con alguien con quien tuviese una relación, a ser posible profunda y exquisitamente romántica. Yo podía conformarme con un simple polvo. ¿Por qué iba a necesitar algo más?

La cuestión radicaba en que yo ya follaba antes de los veinte y esta persona no lo cató hasta los treinta (principalmente por no asumir su homosexualidad). Lo de que he follado mucho es una completa exageración. He follado con muchas personas distintas, que ni es lo mismo, ni implica que haya sido satisfactorio. Por otro lado, las relaciones las puedo contar con los dedos de una mano (y alguno sobraría, seguro) y casi ninguna me ha dejado un buen recuerdo. ¿Por qué? Porque las mujeres están total y definitivamente locas. Como un cencerro, vaya.

Con los tíos no tengo ningún problema, sean gays o heteros. Con los gays me llevo de maravilla y con los heteros no tengo ningún problema de comunicación: si los dos queremos besarnos, lo hacemos; si los dos queremos follar, lo hacemos y si los dos queremos pasarnos la tarde jugando a la Play, pues tres cuartos de lo mismo. En cambio las mujeres me dan tantos quebraderos de cabeza que no puedo evitar plantearme volverme completamente heterosexual con tal de no tener que aguantar más sus incoherencias y soplapolleces.

¿Qué? ¿Os pensabais que por publicar libros de bolleras eso me convertiría en una especie de Casanova lésbica? Nada más lejos de la realidad.

Las mujeres se suelen acercar a mí por variadas razones: escribo libros, son amigas de gente a la que conozco, de repente y por alguna extraña razón que no comprendo me encuentran arrebatadoramente interesante… Lo que sea. Entonces me persiguen (y la llegada de las redes sociales ha conseguido que el mareo al que me someten sea desquiciante): que si quieren conocerme, que si quedamos, que si salimos, que sin entramos, que si te como la boca como si no hubiera un mañana y luego me voy a casa tan pancha dejándote con dos pares de narices y un calentón del quince… Da igual. La cuestión es marearme y conseguir que acabe por no entender nada. Y pobre de mí si en algún momento se me ocurre decir esta boca es mía. Que he llegado a escuchar, de labios de una que me había metido la lengua hasta el esófago, que es que no estaba interesada en el sexo, que para ella no era importante. Y yo, mientras, tratando de que la mandíbula no se me partiera contra el suelo.

Podría optar por ser yo quien llevara la voz cantante pero, dejando aparte el hecho de que para ligar soy una pánfila, cuando se me ocurre proponerle a alguna fémina quedar, huyen de mí como si les estuviera proponiendo matrimonio o quisiera descuartizarlas con una cuchilla oxidada. Joder, que sólo es tomar una cerveza o una copa, hablar un rato y si no hay nada que rascar pues mucho gusto y hasta pronto.

Y ya no es que me ocurra con objetivos más o menos románticos sino que es que parece que porque me gusten las tías me las tenga que follar a todas. Ya ni amigas puede tener una (aunque, francamente, no sé cómo todavía me quedan ganas de intentarlo). Porque parece ser que todas las tías se piensan que las quiero entrar (repito, soy lerda ligando) o que en el mundo bollo no se permiten las amistades entre tías (o, al menos, entre cualquier otra tía y yo). Que a veces me dan ganas de soltar: “Mira, bonita, que te saco casi diez años y ni siquiera eres mi tipo, sólo pretendo salir de casa (para variar), tomar un café, charlar y comprobar si todavía hay algún ser humano que merezca la pena; violarte no entra en mis planes. Además, eras tú la que tantas ganas parecías tener de quedar conmigo, cojones”. Luego seguro que me acusan de lesbofobia pero es que no es para menos.

A tomar por culo. Voy a abrazar la heterosexualidad con todas mis fuerzas. O ponerme polla y ser lo que realmente soy en mi interior: toda una marica. Y de paso reabrir el Lío, que al menos me lo iba a pasar bien.


CONCLUYENDO QUE ES GERUNDIO

En resumidas cuentas, que estoy hasta el coño de todo y de todos. Estoy hasta el coño de que hasta el último mono se queje y merezca ser escuchado (y encima respetado) y yo no. Estoy hasta el coño de que cada día que pasa las personas merezcan cada vez menos ese calificativo. Estoy hasta el coño de tratar de ser correcta, coherente y buena persona y que no reciba más que zancadillas y patadas en el culo. Estoy hasta el coño de romperme los cuernos tratando de mejorar mi vida y que al final lo único que ocurra sea que la tumba que estoy cavando sea cada vez más profunda. Estoy hasta el coño de poseer infinidad de habilidades y aptitudes pero no un puto título que lo refrende mientras que gilipollas cuyos títulos están comprados por papá consiguen todo lo que les apetece, muy a menudo a mi costa, porque soy yo la que acabo haciendo el trabajo que deberían hacer ellos. Estoy hasta el coño de estar hasta el coño. Y estoy hasta el coño de callarme y dejar pasar. No pienso callarme ni una sola vez más; si me tocas las narices, te voy a contestar y me va a dar igual que te lo tomes a mal o que mis palabras te hieran. No pienso seguir poniendo la otra mejilla, no pienso seguir agachando la cabeza. Es más, tengo la sana intención de partirme la cara con cualquiera que se atreva a seguir dándome por culo. Que con los años, a fuerza de tragar mierda, una se ha ido haciendo cada vez más fuerte. Y ha sido la paciencia la que me ha impedido reventar a hostias a mucho subnormal. Ya no me queda más paciencia. Incluso aunque me revienten la cara a mí, lo preferiré a quedarme quieta otra vez como he hecho siempre.

Esto ha sido una declaración de principios. Ya no tengo NADA ni me queda NADA a lo que agarrarme. O lo que es lo mismo, no tengo NADA que perder. Y cuando alguien no tiene NADA que perder, le importan una mierda las consecuencias.

Nota Final: Plagiándome a mí misma y a mis mediocres noveluchas, les recuerdo a quienes se hayan sentido aludidos de algún modo que la susceptibilidad SIEMPRE nace de la mala conciencia.