miércoles 12 de agosto de 2009

Carta abierta a los heterosexuales

Queridos heterosexuales:

Os escribo libremente y sin animosidad aunque he de reconocer que algunos de vosotros me tenéis hasta el tesorito y más allá. Por ello, el motivo de mi carta es explicaros algunas cosas que todavía, pese a todo, parece que no os entran en la mollera.

Empezaré diciendo que vosotros no sois los normales. Tampoco nosotros. Nadie es normal. De hecho, sólo habéis empezado a denominaros heterosexuales en confrontación con nosotros, lesbianas, gays, bisexuales, transexuales y todos aquellos que no nos ajustábamos a esa “norma” impuesta por vosotros acerca de lo que es aceptable y lo que no. Antes de eso os denominabais como “normales”. Es decir, los que hacían lo correcto, lo justo, lo moralmente bueno (no en vano, en inglés la palabra que se utiliza para nombraros es esa: straight; recto, derecho). Nosotros éramos los “anormales”, los que vivían al margen de la sociedad, los que cometían actos reprobables y atentaban contra la moral que vosotros instaurasteis como única.

Gracias al esfuerzo de muchos (la mayoría de nuestra parte, muy pocos de la vuestra) hoy en día la situación ha cambiado, al menos en este lado del mundo. Ahora está mal visto que nos insultéis y practiquéis esa homofobia que antes estaba instaurada —y bien vista— en todas partes. Aparentemente. Y digo aparentemente porque todavía en todos y cada uno de vosotros late la convicción de estar en el bando correcto, como una semillita a punto de germinar que trata de abrirse paso en un terreno demasiado duro, y que lo nuestro, aunque menos reprobable que antaño, sigue siendo lo incorrecto. Lo veis como una desviación, algo que no tiene remedio, una inofensiva tara (inofensiva siempre y cuando no os toque de cerca, claro) contra la que resultaría inútil luchar puesto que, según vosotros mismo decís, cada día es más numerosa. Así que habéis optado por subiros a un púlpito llamado tolerancia desde el que nos miráis condescendientes y plenamente satisfechos de vuestra magnánima actitud de no perseguirnos, quemarnos, encarcelarnos o matarnos como otros hicieron en el pasado y otros siguen haciendo en el presente (¿verdad, señor Ahmadineyad?).

Pero de lo que no os habéis dado cuenta todavía es de que nuestra lucha no es sólo nuestra sino de todas y cada una de las personas que conformamos la sociedad. En vuestra convicción de militar en el bando correcto no os percatáis de cómo la sociedad heteropatriarcal os ha encorsetado, condicionado, modificado y quitado vuestra libertad. Porque no sois libres, no. Vosotros, hombres heterosexuales, habéis crecido asimilando un rígido código de conducta que, supuestamente, os convierte en "hombres de verdad”. Un código tan complejo pero tan interiorizado que ni siquiera os permite ver que ha anulado vuestra personalidad para convertirla en un estereotipo de lo que debéis ser. Luego os reís u os indignáis ante las demostraciones de pluma de los gays cuando la vuestra es mucho más ostentosa y ridícula. Yo os comprendo, son muchos milenios ya y la mayoría sufrís una fortísima derivación del Síndrome de Estocolmo y habéis sucumbido al secuestro de la voluntad por parte de una sociedad que os hace creer que actuáis correctamente.

¿Y qué deciros a vosotras, mujeres heterosexuales? Vuestro caso es aún más grave porque pese a que algunas habéis abanderado o formado parte de la lucha feminista continuáis plegadas a la voluntad masculina, os sentís incompletas sin un hombre a vuestro lado, aceptáis la mirada de ellos sobre vosotras como la única con total validez y dependéis de ella para sentiros bien con vosotras mismas. Algunas vais más allá reivindicando vuestros derechos y vuestro lugar en el mundo pero luego la cagáis (y de qué manera) soltando tan panchas aquello de “yo no soy feminista, soy femenina”. Como si ser femenina fuera una cualidad inherente a la mujer y no una construcción social utilizada para constreñir y anular.

Pero volviendo al tema principal, ¿cuándo os vais a dar cuenta de que nosotros, el colectivo LGTB, no sólo estamos luchando por nuestra libertad sexual sino que es una lucha extensible a vosotros? Una sociedad libre es una sociedad sana. Una sociedad en la que todos sus ciudadanos estén a la misma altura no es una afrenta ni a la religión, ni a la política, ni mucho menos a vuestros derechos; es una cuestión de justicia y sentido común.

Recuerdo una anécdota: un chaval le pregunta a su novia si ella preferiría tener un hijo heterosexual o un hijo homosexual. Ella, encomiablemente, respondió que le daba igual. Él, sin entender, le insistió; no es lo mismo tener un hijo heterosexual que uno homosexual. Ella mantuvo su postura. El combate dialéctico duró varios minutos más, él sin entender y ella insistiendo en que no veía la diferencia. Finalmente él explotó: “¿Pero cómo te va a dar igual? ¿Tú sabes la de problemas que tiene esa gente?”. Y ahí está el quid de la cuestión. La falsa creencia de que por el mero hecho de ser homosexual las personas que lo somos tenemos automáticamente una carga problemática cuando el problema, realmente, lo está creando esa persona, ese chaval, al asegurar que existe. Los “problemas” de los homosexuales no vienen dictados por nuestra condición sino por la confrontación de ésta con la masa heterosexual que da por sentada nuestra diferencia. La homofobia externa proviene de esa masa anónima que sigue considerando (pese a leyes, pese a avances sociales) que la homosexualidad es algo raro, desviado, tolerable por obligación pero reprobable en el fondo. La homofobia interna es consecuencia del impacto de esa actitud generalizada en la psique del homosexual. Así que os lo voy a decir alto y claro: YO NO TENGO NINGÚN PROBLEMA POR EL HECHO DE SER GAY, LESBIANA, BISEXUAL O TRANSEXUAL. MI PROBLEMA SOIS VOSOTROS. SÓLO VOSOTROS.

Venga, podéis cabrearos pero es verdad. Sois vosotros los que nos creáis todos los problemas. Sois vosotros los que habéis discriminado históricamente, los que lo seguís haciendo aunque ahora vuestras armas no son las piedras y los palos sino la sonrisa condescendiente e hipócrita. Sois vosotros los que os sentís amenazados por la consecución de nuestros derechos como si eso supusiera ver los vuestros mermados. Sois vosotros y sólo vosotros los que marcáis, una y otra vez, con una gruesa línea, la diferencia. Una diferencia que no es sino diversidad, concepto que no acabáis de entender. Que nosotros hayamos creado ghettos en los que refugiarnos no es sino la consecuencia de una persecución histórica. Nosotros no nos hemos separado. Vosotros nos habéis obligado a hacerlo una y otra vez. Así que dejad de lanzarnos la pelota a nuestro tejado como si la culpa fuera nuestra.

Y cuando digo que vosotros marcáis la diferencia lo digo con total conocimiento de causa. Porque cuando nosotros hacemos pública nuestra orientación (acto que os parece una ostentación de mal gusto, como si vuestra vida no fuera un continuo grito de “soy heterosexual y que lo sepa todo el mundo”) sólo veis eso en nosotros. Dejamos de ser hijos, padres, hermanos, amigos o empleados para convertirnos en una simple etiqueta referida a nuestra sexualidad. Es lo único que veis. Y, para colmo, nos acusáis de vivir en un mundo aparte, de no ser conscientes de lo que pasa fuera. Pero perdonad que os diga, sois vosotros los que no veis más allá de vuestras narices, los que vivís en compartimentos estancos, temerosos de cualquier acto o persona que se salga de vuestro limitado modo de ver la vida. Lejos de lo que creéis, nosotros no estamos todo el tiempo pensando en nuestra sexualidad, al contrario que vosotros. Son muchas las veces en las que he estado hablando de cualquier tema trivial, acerca del comportamiento humano o de algún suceso acaecido en mi entorno, y mi interlocutor heterosexual ha hecho referencia a mi sexualidad sin venir a cuento, como si yo hubiera estado enfocando el tema únicamente desde ese punto de vista y no, como probablemente lo hubiera estado haciendo, de un modo general, sin distinciones. ¿Comenzáis a captarme? Dejad ya de crear el problema, dejad ya de marcar la diferencia. No somos más diferentes de vosotros de lo que lo pueda ser vuestro otro amigo heterosexual. Somos diferentes porque somos personas. Y nuestros problemas son los mismos que vosotros podáis tener, no nos echeis más encima por tener una orientación sexual distinta a la vuestra.

Sin embargo hay un apartado en el que sí se nos acepta. Y se nos acepta a las mujeres. Sí, ya sé que la invisibilidad lésbica es uno de los grandes problemas a los que se enfrenta nuestro colectivo, que mientras hay muchos referentes masculinos reales, las lesbianas estamos casi únicamente representadas en la ficción (televisiva, sobre todo). Pero hay algo que no es menos cierto: la recurrencia con la que aparecemos las lesbianas y nuestras prácticas sexuales en el imaginario colectivo heterosexual. Dos mujeres “jugando” (porque eso es lo que hacemos, jugar, el verdadero sexo es el que incluye la penetración con un “dildo de carne”) es una de las fantasías eróticas por excelencia del género masculino que, además, sueña con plantarse delante de las dos féminas y demostrarles lo que es un “hombre de verdad”. Pero no sólo es una fantasía masculina. Cada vez hay más mujeres heterosexuales que admiten desear una relación erótica con otra mujer. Y digo relación erótica porque sexo es lo único que buscáis en otra mujer y lo que os diferencia de las lesbianas. Vosotras no queréis una experiencia más completa que, aparte de sexo, incluyera otros factores más emocionales. Vosotras sólo queréis un polvo con otra mujer y, casi siempre, en compañía de vuestro novio o marido en lo que yo tiendo a ver como otra muestra más de la actitud complaciente del género femenino para con el masculino. Por eso cada vez más mujeres se declaran bisexuales (¿Qué puede haber más moderno ahora mismo? Si hasta la Jolie y la bocachancla de la Megan Fox han admitido serlo —siempre de la mano de sus flamantes parejas masculinas, por supuesto— vamos todas corriendo a buscar a alguna que se nos meriende el tesorito). Porque ser bisexual da morbo, dota de un aire sexual muy atrayente para los hombres y porque, ingenuamente, pensáis que eso os dará ese aire de sofisticación que creéis que os falta. Realmente a veces dudo que haya verdadero deseo detrás.

Queridos heterosexuales, esta carta se está alargando demasiado y aunque os diría muchas más cosas creo que ya ha sido bastante por hoy. Pensad en ella. Pero de verdad. Daos cuenta de una vez de que no somos ni vuestros enemigos ni una anomalía genética o psicológica. Sólo somos personas. Exactamente igual que vosotros.

Un saludo,

Libertad


lunes 10 de agosto de 2009

Por qué los prefiero a ellos

Y aquí vamos con otro de esos artículos que tan poquita gracia hará a mis amigas y compañeras lesbianas. Si es que en el fondo me gusta polemizar, ¿para qué engañarnos?

Pero polémicas aparte, cuando digo algo suelo hacerlo con convicción. Y cuando digo que los prefiero a ellos no quiero decir que haya desertado del bando bollo (si es que alguna vez estuve en él; yo, que soy tan poco amiga de bandos) sino que, en igualdad de condiciones, muy a menudo prefiero la compañía de ellos a la de ellas.

Ojo, que no estoy diciendo que no tenga buenas amigas entre las féminas, que las tengo y las quiero con locura. Sin embargo, son ya demasiadas las veces en las que me encuentro muy cómoda con ellos y visiblemente crispada con ellas.

Ya fueran gays o heteros, siempre me he llevado mejor con los hombres, es un hecho. Cierto es que con los heteros a veces hay que lidiar con esa tensión sexual que siempre está presente por mucho que tratemos de esquivar los dictados de la sociedad heteropatriarcal. Pero una vez se ha dejado esa tensión al margen, es posible disfrutar de una amistad bastante sincera. Con los gays (con aquellos que no son extremadamente misóginos, claro está) el problema de la tensión sexual es inexistente por lo que resulta aún más fácil forjar ese sentimiento fraternal y de camaradería.

Por otra parte, reconozco que nunca me he dejado llevar por ese victimismo tan propio de las de mi sexo y por el cual ante un hombre los prejuicios van siempre por delante. Soy tan consciente como la que más de la discriminación, del sexismo, del machismo y de cualquier otra lacra que derive de todo ello. Sin embargo mi postura ha sido siempre la de tratar y hacer que me traten como a una igual. Es decir, no es que me ponga a su altura o exagere mi parte masculina, simplemente lo tomo como la relación entre dos seres humanos. Así les trato y así quiero que me traten.

Además, al igual que las mujeres hemos interiorizado el papel de víctimas de la sociedad patriarcal, hay hombres que han hecho lo propio con el papel de verdugos, por lo que tratan por todos los medios de desligarse de él. Son justamente esos hombres los que más ayudan a derribar los mitos, la discriminación y la desigualdad. Todavía sigo esperando a que ciertas mujeres dejen de ver a los hombres (a algunos hombres), ya no como el enemigo sino como seres ajenos a ellas y los empiecen a ver como aliados.

Pero, os preguntareis, ¿cómo son mis relaciones con las mujeres para que declare tajantemente mi preferencia por ellos antes que por ellas? ¿Tan malas son? Pues no, no es que sean malas. Pero, en la mayoría de los casos, son tensas. Sobre todo en grupos grandes. Con las mujeres me llevo mejor a título personal, en conversaciones de tú a tú. Esa complicidad en solitario se pierde en cuanto el número ya no se puede contar con los dedos de una mano. Los hombres suelen ir de frente, para lo bueno y para lo malo (quizá algunas maricas malas no tanto) mientras que con las mujeres siempre hay demasiadas capas, demasiados recelos, envidias y dobles sentidos. Cuando las mujeres nos encontramos siempre hay una actitud defensiva, nos miramos de arriba a abajo escaneándonos, buscando algo que guardar en la reserva por si hay que atacar en algún momento. Y si se trata de mujeres lesbianas con las que lo mismo puedes tener una amistad que una relación la cosa se complica aún más. Se establece una guerra velada entre las distintas partes. En el fondo no nos fiamos las unas de las otras.

Con todo esto no quiero decir que, a la hora de una relación sentimental se cumplan los mismos parámetros. No es lo mismo la amistad que el amor aunque, siempre desde mi punto de vista, el segundo deba basarse siempre en el primero. Yo sólo hablo de relaciones amistosas, de grupos grandes, de la sensación que me va dejando dentro tratar con hombres y con mujeres por separado.

Porque esa es otra: la segregación. Las mujeres vamos por un lado y los hombres por otro. Más aún en el ambiente gay. Y no pocas han sido las veces en las que he sido la única mujer dentro de un grupo de hombres. Y lejos de sentirme discriminada (negativa o positivamente), me he sentido como una más. Circunstancia que no siempre se ha dado cuando todas mis acompañantes eran femeninas.

Un ejemplo representativo es mi relación con escritores y escritoras. Desde que comencé a publicar hace seis años he conocido y trabado cierta amistad con muchos autores masculinos, no así con autoras femeninas. Más bien al contrario, con estas últimas lo único que he sentido ha sido envidia insana, críticas feroces (casi siempre personales y en ocasiones infundadas) y rivalidad. Quizá sea por el espíritu beligerante que las mujeres hemos acabado por adoptar para sobrevivir en una sociedad eminentemente masculina pero eso no me parece justificación suficiente. Resulta triste y desolador que las mujeres no veamos en otras mujeres más que a una enemiga en lugar de intentar trabar algún tipo de solidaridad, de camaradería, de ayuda mutua. Y tal vez sea eso, unido al victimismo, a la queja vacía, a la excusa fácil por lo que las mujeres (y, sobre todo, las mujeres del colectivo LGTB) no acabamos de avanzar y nos encontramos siempre en los puestos de retaguardia. La revolución, la lucha, la consecución de derechos ya no legales sino sociales y morales empieza por una misma y para ello hay que dejar de ver a la de al lado como un lacra para los propios intereses y comenzar a percibirla como una aliada en la lucha común.

sábado 8 de agosto de 2009

Vriyante Hortografia

El otro día, mientras esperaba bajo la solanera manchega el autobús que me llevaría a mi hogar, caluroso hogar después de dos días de ejercer de informática gratuita, mis ojos se posaron en este cartel pegado en uno de los cristales de la marquesina.

Como esperar el autobús me aburre mucho y tengo la mala costumbre de leer todo lo que se cruza por el camino de mis globos oculares me acerqué para poder verlo mejor y enterarme de lo que decía.

Enseguida los ojos me empezaron a hacer chiribitas y mi boca comenzó su descenso a las profundidades más insondables que recuerdo. Ni mi primo de doce años, que odia el colegio con todas sus fuerzas, hubiera cometido tantas faltas de ortografía por sílaba. He aquí la trascripción para que no os dejéis los ojos en la imagen (obviaré los tachones, la ausencia de mayúsculas, comas y signos de puntuación varios, los espacios de más y de menos y la total ausencia de estructura del texto, que ya sería demasiado):

"VENTA Y ALQUILER con occion ha compra CHALETS en YUNCOS y otros pueblos aprovecha esta vajada de precios y compra por el precio de un alquiler antes de que empiecen a suvir otravec pisos de mas de 100 metros po 650 E al mes CHALETS de lujo en ILLESCAS YUNCOS y otros pueblos por 800 E- al mes con occion ha compra a 10 minutos de PARLA

necesita DINERO bancario

Y CAPITAL PRIVADO SIN LIMITE DE CANTIDAD para lo que v. lo necesite pagos atrasados reunificacion de deudas y pagar un solo recivo y así poder pagar hasta un 30- o un 40% menos de lo que esta pagando actualmente informese sin comiso alguno no cobramos nada sin resultado positivo y recojemos documentacion a domicilio"

Independientemente de que el anuncio huele a pufo por los cuatro costados, yo veo un anuncio así de cualquier cosa y huyo de él como de la peste...

P.D.: Mientras transcribía he tenido que "mal corregirme" porque lo estaba escribiendo correctamente. Ozú, es que ni Odisea es capaz de meter tantas faltas de ortografía en un texto...

lunes 6 de julio de 2009

Orgullo gay, ¡por supuesto!

Hasta hace unos años cuando comenzaba junio la euforia se me alojaba en el estómago y crecía de de un modo arrollador a medida que se acercaba el día de la manifestación del Orgullo Gay. Hacía planes, organizaba y me preparaba a conciencia para afrontar tanto ese día como los anteriores.

Hasta hace unos años.

Luego, aunque aún podía sentir un reducto de esa euforia de antaño en mi castigado estómago (demasiado alcohol, demasiados nervios, demasiada comida basura), lo que más me dominaba era una sensación de deja vú. Las fotografías que sacaba de cada manifestación eran perfectamente confundibles con las del anterior o con las que, seguramente, tomaría al año siguiente. Las declaraciones de colectivos y representantes políticos eran las mismas de todos los años al igual que las de sus detractores. Y los debates interminables en los que se seguían enzarzando ambos bandos eran tan predecibles como aburridos y yermos. Todos tienen muy claro su papel y el guión nunca parece cambiar.

Llevo dos años sin asistir a la manifestación. Pero no es porque no esté de acuerdo con ella o porque no me guste. Y mucho menos porque esté en contra de la imagen que da. Mi ausencia se debe más a una decisión personal: compartir asfalto con cientos de miles de personas (“El País” dixit año tras año independientemente de las cifras que manejen los organizadores y la policía) con treinta y cinco grados a la sombra durante varias horas es algo que mi cuerpo ya no es capaz de soportar. Y es que ya estoy en una edad en la que lipotimias las justas, gracias.

Y que lleve un par de años sin asistir no quiere decir que no vaya a ir nunca más. Volveré a asistir cuando me apetezca y me lo pida el cuerpo. Porque sí, me gusta la manifestación del Orgullo Gay y me gustan los festejos, los eventos culturales y todo lo que gira alrededor de estas fechas. Y soy de la opinión de que se deberían seguir celebrando incluso en el hipotético supuesto de que ya no quedara nada por reivindicar o por lo que luchar.

A día de hoy, con la igualdad legal conseguida, la batalla sigue en la calle. La igualdad social no está tan interiorizada en la conciencia colectiva como los neocon o algunos liberogays pretenden hacernos creer. Ahora, con los viejos argumentos psicológicos ya suficientemente debatidos y obsoletos se abre el frente de que la imagen que proyecta el colectivo gay durante estos días es negativa y contraproducente (frente ya antiguo, por otra parte, pero reabierto a falta de otros acusaciones). Es decir, lo que ahora esgrimen para justificar su homofobia es “ya vale, que os hemos dejado existir y dejamos que os caséis pero dejad de agredirnos con vuestro esperpéntico espectáculo”. O, como rezan algunas camisetas que he podido ver últimamente: “Por favor, cierren ya el armario”. Una irónica frasecilla que esconde una superioridad moral supuestamente suficiente como para dar órdenes a millones de ciudadanos.

Llevo un par de días googleando blogs a la busca de opiniones acerca de lo acontecido el sábado. Curiosamente los que más hablan de ella suelen ser heterosexuales. Algunos pocos (muy pocos) lo hacen desde una postura encomiable, aceptando el hecho homosexual, disfrutando de una fiesta que es sobre la diversidad sexual y sin poner el grito en el cielo por plumas y cueros. La mayoría, en cambio, heterosexuales neoliberales, conservadores o, directamente, fascistas siguen a vueltas con lo de la mala imagen.

En los comentarios más moderados se apela a la seriedad. Gays, lesbianas, transexuales y bisexuales no deberíamos manifestarnos subidos en carrozas sino hacer marchas silenciosas, vestidos con unos simples vaqueritos y una camiseta. No es legítimo hacerlo con el torso descubierto, cubierto de purpurina o sobre unas plataformas. No se puede tomar en serio a un grupo de personas disfrazadas porque no son ni se comportan de un modo “normal”.

¿Y qué es ser normal?


La normalidad no existe y, de existir, tendría un significado diferente para cada persona. ¿Quién determina qué es normal de lo que no? Nadie puede detentar ese poder y, por tanto, nadie debería intentarlo. ¿Es normal que un grupo de personas se ponga unos capirotes en la cabeza y unas túnicas hasta los pies al tiempo que cargan una cruz al hombro? ¿Es normal que detrás de ellos vayan otras personas dándose latigazos en la espalda mientras caminan descalzos o de rodillas? ¿Es normal que un puñado de chavales borrachos corran delante de una manada de toros nerviosos? Repito, CHAVALES BORRACHOS CORRIENDO DELANTE DE TOROS (toros que tras esa carrera o en otras fiestas acabarán siendo torturados por un señor vestido con un traje lleno de brillos y cuyo pantalón le marca sus atributos sexules). Todo lo enumerado anteriormente es considerado “normal” por una turbamulta de heterosexuales exaltados que considera insulto y ofensa que otro grupo de personas salga UN DÍA AL AÑO a celebrar su homosexualidad, sus lesbianismo, su transexualidad o, simplemente, su sexualidad. Les agrede nuestra imagen, ya sea desnuda o vestida de calle, siendo felices y besando a quién nosotros queramos besar. Nos animan a volver al armario, a “practicar” nuestra desviación en la intimidad de nuestros hogares igual que hacen ellos con su heterosexualidad (claro, la parejita hetero que tenía detrás de mí en una fiesta el viernes pasado y que más que besarse, se succionaba, es algo que nunca pasa por la calle a la vista de esos niños que tanto dicen que hay que defender).

Otros intercalan todas sus frases con el “sí pero...”. Sí pero eso no son formas. Sí pero hay otros gays que no están de acuerdo con la cabalgata. Sí pero esos otros gays son más discretos. Sí pero que no lo hagan en mitad de la calle (como si nos pusiéramos a follar en mitad de la Gran Vía). Sí pero es que no es necesario montar ese espectáculo. "Sí pero..." hasta la saciedad. Estos personajes empiezan diciéndote que no están en contra de tu sexualidad y luego te dicen cómo tienes que vivirla en base a sus reglas y dictados porque, en el fondo, el hetero tiene demasiado interiorizado que lo suyo es lo correcto, el buen camino, lo que hay que hacer. Y a ti, pobrecito/a, no te queda más remedio porque naciste así, ya bastante tienes con lo tuyo. Pero, eso sí, no me saques los pies del tiesto.

Por supuesto, hay muchos gays y lesbianas que reniegan de estas fiestas. E incluso alguien puede pensar que yo también puesto que apenas las piso y me producen cierta apatía. La diferencia es que mi actitud viene derivada por la aglomeración humana más que por una cuestión política o de imagen. Yo no siento que me representen ni que me dejen de representar. Yo me represento a mí misma y punto. Al igual que el resto de las personas. Y cada persona tiene el derecho de representarse, reivindicarse o manifestarse como le venga en gana. La actitud de estos gays y lesbianas tan comedidos no deja de recordarme a la de la Sociedad Mattachine, una asociación gay creada en los cincuenta en EEUU y que se manifestaban con traje y corbata de un modo “discreto”. Si hay alguien a quien no le suene su nombre, ya se puede hacer una idea del éxito que tuvieron sus planteamientos...

Yo, que soy una iletrada sin carrera universitaria ni másters ni nada de eso sigo sorprendiéndome al ver cómo la gente es todavía tan ignorante de la historia y la condición humana. Un poquito de antropología y sociología de andar por casa enseñaría que este tipo de manifestaciones “ostentosas”, coloridas e histriónicas son inherentes al ser humano. Y ya no sólo en tradiciones que perviven hoy en día como la Semana Santa o los San Fermines (o la iniciada en la edad contemporánea de celebrar la victoria de un equipo de fútbol haciendo el borrego). Una lectura de la historia poco menos que superficial les enseñaría y demostraría que el género humano lleva milenios celebrando su sexualidad, su fe o su alegría de modos tan o más “ruidosos” que el colectivo LGTB. Las tribus del África negra, las antiguas tradiciones de Grecia y Roma, de China y Japón, de la India, de Europa... Da igual, en cualquier período histórico cualquier etnia, nacionalidad o tribu tiene demostraciones suficientes como para que no nos extrañara ahora ver a hombres y mujeres vestidos de forma llamativa sobre un puñado de carrozas.

Es más, el colectivo LGTB ha sido el único en crear una fiesta, una cultura, unos códigos y referentes y una estética reconocible sin necesidad de echar mano de la religión o el patriotismo. Un folklore (en el mejor sentido de una palabra que, con el paso del tiempo, se ha ido convirtiendo en peyorativa) que se alimenta y recicla continuamente. Y aunque algunos (heteros y gays) lo quieran ver como algo contraproducente yo considero que es un orgullo, no sólo vivir mi vida y mi sexualidad sin temores ni cortapisas, sino pertenecer a un colectivo, una comunidad, una “tribu” capaz de hacer historia.



martes 26 de mayo de 2009

Firmando

Como cada año acabo de recibir un potito mail de mi editorial con un archivo adjunto en el que se detallan los días de tort... digo de firmas para nosotros, sufridos autores de esa llamada "literatura gay".

Y yo, que además de escribir mis propios libros (lo de que tengo a una negra debajo de la cama que se encarga de hacerlo no es más que un malintencionada falacia) también soy mi propia directora de marketing, me veo de nuevo obligada a informaros de que el próximo
domingo 31 de mayo de 17.30 a 20.00 horas y el sábado 6 de junio de 12:00 a 14:00 horas estaré estampando gustosamente mi escueta rúbrica en los ejemplares de mis novelas que traigáis (o compréis en el acto). El lugar será la caseta de Odisea Editorial. Para más señas, la número 180.

Para más información acerca de otras firmas y otros autores podéis consultar el horario detallado aquí.